El novato​ en Villazón

El primer acontecimiento extraordinario ocurrió ahí mismo. Unos perros que dormían en el puente fronterizo se incorporaron y comenzaron a aullar. Suena inverosímil, pero sentí que esos perros me aullaban a mí. No había otras personas alrededor. 

Pensé en mi hermana y en mi abuelo. Quizás esos perros aullaran porque yo no les gustaba o por otro motivo, pero en aquel momento me invadió un sentimiento de paz que me hizo creer que ellos estaban ahí. Mis seres queridos estaban conmigo, cuidándome.

Tras unos segundos de estupefacción, me dispuse a cruzar la frontera. No encontraba los papeles. Todas mis cosas estaban desordenadas. Después de algunos minutos, hallé el DNI y me coloqué en la ventanilla de migraciones. Una mujer me pidió los datos sin mirarme a la cara. Se los entregué, esperé a que chequeara la información y en cinco minutos me entregó un papel con letras viejas impresas en la parte de atrás. Increíble. Aquí empezó mi lucha eterna y sin cuartel contra los oficiales de Migraciones. 

Paisaje árido boliviano. Pocos kilómetros después de Villazón.
Paisaje árido boliviano. Pocos kilómetros después de Villazón.

¿Quieren escuchar el colmo de la incompetencia? Aquí cometí un error de novato. Primero, por presentar DNI y no pasaporte, con lo lindo que es tener los sellos de cada país. Segundo, porque solo quedó registrada mi salida de Argentina, pero no la entrada a Bolivia. Era necesario pasar por otra ventanilla y solicitar el ingreso a ese país. Nadie me lo dijo y no lo sabía. Para muchos es obvio, y ahora para mí también. Ese simple error me costó casi 50 dólares cuando, días después, quise cruzar la frontera entre Bolivia y Perú. Jamás volví a olvidarme de poner un sello en toda mi vida.

La mancha urbana no se detiene, y nada más al cruzar la frontera uno está en Villazón, la primera ciudad de Bolivia viniendo de Argentina. Caminé por la calle principal que corre hacia el norte y atravesé decenas de negocios en fila. Allí venden las cosas más diversas que uno pueda imaginarse, como alimentos, ropa y productos electrónicos. Y esto se repetirá en toda Bolivia: un puesto de venta al lado del otro durante calles sin fin. 

Lo primero que me llamó la atención de Bolivia es la organización de la economía doméstica. En el país andino, todo el mundo parece ser dueño de su propia “empresa”: desde mujeres jóvenes que venden gelatinas en colectivos hasta adultos mayores que ofrecen flores a los enamorados en los parques. Como argentino, me sorprendió ver que en la nación vecina parece que todo el mundo trabaja por su cuenta. Señoras y señores de cualquier edad cargando un costal de verduras es una imagen común en el altiplano, y un excelente ejemplo de la visión del trabajo que tienen los hermanos bolivianos. 

La moneda en Bolivia es el boliviano: un pantalón cuesta 50 bolivianos, para usar el baño hay que pagar 1 boliviano, por un café con torta en la terminal de La Paz pagué 10 bolivianos. ¿Una manzana? Tres bolivianos. 

Necesitaba dinero del país. Caminé por la calle central buscando casas de cambio. Hay muchas, tanto en Bolivia como en Perú, y en una de ellas leí a cuánto estaba el billete: 0,52 y 6,92 con respecto al peso argentino y al dólar. Es decir, por 100 pesos argentinos te daban 52 bolivianos; por 1 dólar, 6 bolivianos con 90.

Años después, un dólar seguía valiendo casi lo mismo en bolivianos, pero 100 pesos argentinos ya no alcanzaban ni para un boliviano.

Para cambiar dinero, lo recomendable es ir a lugares donde haya fila. Por lo general, esperar significa que el cambio es mejor que en otros lugares. Algunos intentan estafarte, por lo que lo mejor es hacer las cuentas antes, chequear bien el dinero y, en lo posible, tratar de verificar que no te encajen un billete falso. Intentaron hacerlo conmigo, varias veces, por eso el consejo. Una vez casi cago a trompadas al loco de la casa de cambio.

Pero no nos vayamos tan lejos. En ese entonces estaba en Villazón, me dolía la cabeza, me costaba respirar y sentía las piernas cansadas. La mochila era pesada.

Lo primero que compré con mi dinero boliviano fue una bolsa de coca, a ver si aflojaba el dolor de cabeza. Me costó 10 bolivianos, y al final usé menos de la mitad y regalé el resto en Potosí. Me da asco el olor a coca. No lo soporto. Debe ser como el que no fuma y debe aguantarse el humo del cigarrillo.

Una fotografía mal tomada de un paisaje árido. Primer día de Federico en Bolivia.
Mi primer día solo en Bolivia. Prometo que después aprendí a sacar mejores fotos.

Seguí mi camino por las calles de Villazón, siempre hacia el norte. Durante el trayecto me acompañó aquel taladrante dolor en la parte derecha de la cabeza. Llegué al mercado y caminé por la plaza principal. Me vi obligado a sentarme para calmar las piernas y acomodar la mochila, como ya dije, mal armada y desbalanceada. 

En la terminal de Villazón me llevé otra sorpresa: todo el mundo grita el nombre de diferentes ciudades. Así se venden los pasajes de ómnibus en Bolivia. Y eso se repite en todo el país: las estaciones están llenas de gente que ofrece viajes a viva voz, compitiendo con los que están al lado. Incluso cada ciudad tiene su ritmo según la fonética del nombre: «¡Tupiza, Tupiza!», “¡Coooochabambaaaaa!”, «¡Potosíiiiiii, Potosíiiiiii!», «Orurooo, Orurooo». 

Sin lugar a dudas, mi favorito es «¡Alapazalapazalapazalapaaaaaaaaaaz!», solo porque debieron incorporar una preposición para que el canto tenga ritmo.

Pensé que las minas de Potosí podrían ser un buen lugar para conocer, así que solo tuve que seguir la voz de los que gritaban: “¡Potosíiii, Potosíiiiiii!”. Fácil. El pasaje a dicha ciudad me costó 30 bolivianos, unos 4 dólares. El bus partiría a las 13. Me fijé en un mapa: Potosí estaba a 343 kilómetros de Villazón y el viaje duraría siete horas, por lo que el precio me pareció una ganga. En Bolivia, y en casi toda Sudamérica, el transporte público es barato, y casi siempre se puede negociar el precio con los vendedores. 

Urgido por la naturaleza, le pregunté al vendedor de pasajes dónde estaba el baño. El hombre me explicó que podía dar la vuelta a la terminal o subir unas escaleras, pero que fuese al de la vuelta porque al de arriba “no me lo recomendaba”.

Así que di la vuelta, encontré el baño recomendado y no me quiero imaginar cómo habrá sido el de arriba, porque este fue uno de los baños más sucios y pequeños que he visto en mi vida. Tuve que hacer malabares para no apoyar la mochila en el suelo (había orines por todos lados) y limpiarme fue una verdadera odisea. El lugar era demasiado pequeño para mi contextura física. No pude dejar de pensar quién carajo me mandaría a mí a meterme en ese lugar. 

Me cobraron un boliviano. 

Luego del trámite, seguí caminando por las calles de la ciudad, esquivando puestos de comida y vendedores de viaje que gritan. Como debía esperar el colectivo, tomé asiento en la plaza principal. Aún tenía señal en el celular, así que le escribí a mi madre para avisarle que estaba bien. Minutos después, escuché un grito detrás de mí: eran los mochileros uruguayos y franceses que recogimos haciendo dedo el día anterior. 

Los mochileros me contaron que pasaron la noche en una iglesia y que casi mueren de frío. Me convidaron de su mate, y en mi mente se quebró el mito de que los uruguayos toman cada uno con su propio mate y termo. Al menos éstos tomaban de un solo mate. 

El plan de ellos consistía en ir en tren hacia Oruro y trabajar como voluntarios en un refugio de animales. Uno de los uruguayos vestía una bermuda por encima de un pantalón largo y era evidente que el baño no era lo suyo, ya que estaba bastante sucio. Una de las uruguayas hubiese sido hermosa si no fuera por las capas de mugre que se amontonaban en su cara, su ropa y su cuerpo en general. 

Los uruguayos se fueron y me quedé hablando con los franceses. Eran una pareja de novios que se conocían desde hace 10 años, pero llevaban saliendo solo cuatro meses. Él era ingeniero civil y ella periodista, y ambos tenían alrededor de veinticinco años. Me cayeron muy simpáticos. Él se fue a buscar WiFi y con ella nos quedamos hablando de historia, de Napoleón, de la Campaña del Desierto, de la Segunda Guerra Mundial, de África y de Canadá, de la radio, de la tele y de los diarios. De Sarkozy, de Hollande y de Marine Le Pen. Del Estado y de la educación en Argentina y en Francia. De la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. De la gente del norte argentino y de Bolivia.

Una fotografía de Villazón, Bolivia.
Una de las primeras fotografías que tomé al cruzar la frontera entre Argentina y Bolivia.

Me cayeron muy bien estos franceses. Parecían tan fuera de lugar como yo, pero había algo reconfortante en nuestra conversación, como si en el aire reinara la sensación de que estábamos buscando lo mismo, aunque no supiéramos bien qué.

Ella me pareció muy inteligente, él me regaló una banana. Ambos dijeron que en Bolivia había una hora menos que en Argentina, por lo que retrasé mi reloj.

Un salteño de unos 50 años que andaba por el lugar me preguntó dónde iba y me comentó que en Potosí podía encontrar alojamiento barato en la zona del mercado de Uyuni. Le di las gracias y me despedí de todos. Los franceses partirían hacia Cochabamba en pocas horas.

Mi primer encuentro con viajeros me pareció muy agradable.

Antes de partir, compré tres pastillas para el mal de altura. Me salieron cuatro bolivianos cada una, mucho más barato que en La Quiaca. También compré una botella de agua de dos litros y dos empanadas a tres bolivianos cada una. A las dos de la tarde subí al colectivo que me llevaría a la Villa Imperial, listo para la siguiente etapa. No sabía que acababa de cometer otro error. Ser novato tiene su precio… y lo descubriría muy pronto.

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