Potosí, vista desde el Cerro Rico. Qué malas fotos sacaba.

Hay que estar a la altura de la Villa Imperial

El viaje de Villazón hacia Potosí duraba unas siete horas y en el colectivo solo íbamos tres mujeres bolivianas y yo. Me preguntaron quién era, de dónde venía, hacia dónde iba. Hablamos un poco. Les resultaba curioso que yo hablara español. Ofrecí coca; dos aceptaron. Una de ellas se quedó con mi bolsa durante varios minutos y seleccionó el producto con cuidado, mirando y evaluando cada una de las hojas.

Una hora después de salir, Gendarmería detuvo el autobús para revisar los equipajes.

—Algunos llevan droga —me dijo la señora que se entretuvo con mi bolsa.

—Como en todos lados, señora —respondí, tratando de restarle importancia y de opinar como si supiera.

El trayecto fue incómodo. El camino subía, serpenteando entre montañas que formaban uno de los paisajes más áridos que vi en mi vida: solo piedras y algún cactus ocasional. El sol caía sobre una u otra ventanilla según el lado del cerro que pasáramos. Me cambié varias veces de asiento para esquivar el azote del Astro Rey. Las altas temperaturas me obligaron a desprenderme de la parte de abajo de mi pantalón cargo de mochilero.

Kilómetros después llegamos a Tupiza, una ciudad rodeada por un paisaje inhóspito. Los pocos cursos de agua que cruzamos estaban secos como lengua de loro. El “río” Tupiza atravesaba el valle con apenas un hilo de agua.

Una familia boliviana subió a nuestro colectivo.

—Voy a extrañar Tupiza, ma —escuché decir a un niño.

Y yo supuse que uno está condenado a amar al lugar donde nació, porque me parecía absurdo que alguien pudiera extrañar aquel lugar donde parecía no haber llovido jamás.

Dormí un rato y me desperté cuando llegamos a otra ciudad llamada Cotagaita. El ómnibus se detuvo y los pasajeros bajaron a comprar en los puestos de la terminal. Y aquí cometí otro grave error: no ir al baño. Lo intenté, pero un fétido arroyo se escurría por debajo de la puerta del sanitario hacia la calle. Me contuve de ingresar: el olor era insoportable. Hubiera podido comprar comida en algunos puestos emplazados a orillas del arroyo hediondo, pero el hedor acabó por quitarme el hambre. Pensé que el colectivo haría otra parada antes de llegar a Potosí: eran las cinco de la tarde y no llegaríamos antes de las nueve. 

Sin comer y sin ir al baño, continué el ascenso entre montañas, dejando atrás pueblo tras pueblo.

La tarde dio paso al ocaso y éste a la noche, pero las luces de Potosí no se divisaban en el horizonte. No ir al baño durante varias horas es una mala idea. La botella de agua que compré en Villazón pedía salir. Mis ganas de orinar pasaron de leves a moderadas, de moderadas a urgentes, y de urgentes a «me voy a mear encima». 

No recuerdo haber tenido tantas ganas de ir al baño en mi vida. Ya era de noche y el bus no amagaba a parar ni por casualidad.

Lo cierto es que me aguanté como un campeón, sin que mis riñones explotaran. Logré evacuar antes de llegar a Potosí. No diré dónde, pero el lector se lo puede imaginar. Es difícil de explicar con palabras la sonrisa de mi rostro después del trámite. Puesto en palabras, parece muy simple y trivial, pero lo cierto es que aquellas ganas de ir al baño me hicieron sufrir tanto que se ganaron un lugar en este texto. 

Llegamos a la Villa Imperial minutos antes de que el reloj marcara las diez de la noche. Pero no a la terminal, ya que el colectivo se averió en un barrio de las afueras. Todos abajo. La señora que se entretuvo con mi coca (y que me dijo que algunos llevaban droga), me ofreció compartir un taxi. Acepté. Suele ser peligroso compartir taxi con desconocidos, sobre todo con mi cara de gringo, pero no tuve alternativa. Me parecía más peligroso quedarme allí, solo y de noche, en un barrio periférico.

El taxista que nos llevó colocó mi mochila en el techo del vehículo, así como estaba, sin amarrarla. Temí que la robaran o se cayera, así abrí la ventanilla y la sujeté con la mano derecha durante todo el trayecto.

Era domingo. Las calles estrechas de la ciudad rebosaban de gente. 

Por el viaje en taxi me cobraron cinco bolivianos. Me despedí de la señora y descendí en el Mercado de Uyuni, el lugar que me recomendó el salteño de Villazón por el precio. Pregunté en un hostal, pero estaba lleno. En otro lugar me quisieron cobrar diez bolivianos (poco más de un dólar, una verdadera ganga), pero era para dormir en el piso. Por eso era tan barato. Lo pensé, pero otro sospechoso charco en el suelo de la recepción me hizo declinar la oferta. 

Años después, debo reconocer que dormí en lugares mucho peores que aquel alojamiento en Potosí, bastante razonable si se lo compara con pasar la noche en la calle. Pero yo era un pichón recién salido del cascarón, sin experiencia y sin idea de la vida.

El barrio no me pareció seguro, así que pregunté por el centro y enfilé hacia allá. Ahora los celulares tienen GPS y mapas, pero en aquel momento yo no tenía nada de eso: todos mis problemas de aquel entonces se resolverían con la tecnología actual.

Lo cierto es que el caos de la realidad se me vino encima. Aquella ciudad era una confusión total. ¡Era mi primer día de viaje! Todos los caminos parecían cuesta arriba. Mi guía de papel indicaba que el alojamiento más conveniente (y barato) se encontraba en la calle Serrudo. Estaba oscuro. Traté de pedir indicaciones a los locales, pero no sabían, no sabían cómo explicar, o estaban borrachos. Recuerdo que abordé a un local para preguntarle por la calle Serrudo, pero el hombre solo atinó a agachar la cabeza y quedarse en silencio. 

Fue un momento incómodo. Aquel tipo no quiso hablarme. ¿Por qué? Vaya uno a saber. Seguí con la búsqueda.

Potosí estaba llena de gente que paseaba, bebía o compraba en decenas de puestos de venta de comida, alcohol, ropa y juguetes. ¿Les hablé de la altura? La ciudad está a más de 4000 metros sobre el nivel del mar, casi mil más que La Quiaca. Caminar una cuadra con la mochila a cuestas era un suplicio. La ciudad se volvió un laberinto. Perdí el norte. Las piernas me dolían, me costaba respirar y temía que me robaran.

Poco antes de las once encontré la calle Serrudo. Ahora me faltaba llegar al número 150.

No hubo forma de hallar el lugar. No lo encontré. Resignado, tomé aire y consulté por una habitación en un hotel cualquiera. Acepté el precio sin regatear. Me pareció caro, pero al fin pude ducharme y descansar. 

Después de dejar mis cosas, salí a comprar comida. Conseguí una coca cola en botella de plástico y una hamburguesa en un puesto callejero. La hamburguesa estaba muy picante y me ardió tanto al entrar como al salir, horas después.

Primera lección aprendida: nunca llegues a una ciudad de noche, sobre todo si está a 4000 metros sobre el nivel del mar y no conocés a nadie. Debí quedarme todo el día en Villazón y viajar de noche a Potosí. De esta manera, hubiera podido dormir en el colectivo, ahorrar en el alojamiento y llegar temprano por la mañana para buscar un hostal con más tranquilidad. 

Lo bueno de ser mochilero y de estar solo es que las lecciones se aprenden de una vez y para siempre. Ahora bien, ¿por qué cuento todos mis errores? Por varios motivos. El primero es para que vean que cualquier tonto puede viajar, incluso yo. El segundo es porque este relato es sincero: no me creé un blog para mentirle a la gente. Y el tercero es para demostrar que nadie nació sabiendo. Ahora soy un experto y me tomo una conexión de avión, tren y ferry sin despeinarme, pero cuando empecé no sabía nada de nada y tuve que hacerme a los golpes.

Potosí me lo dejó claro desde el primer día: a más de cuatro mil metros, la ciudad no baja a tu nivel. Sos vos el que tiene que estar a la altura de la Villa Imperial.

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