Papá, mamá: me voy de viaje

Meses después de la muerte de mi hermana, decidí emprender un viaje en soledad, sin destino cierto ni fecha de retorno.

En su momento hubiera dicho que quería cumplir el sueño que tuve desde chico: conocer el mundo. Lo cierto es que, tras la partida de Ángeles, no era feliz y no tenía ganas de vivir. Y tenía miedo. No miedo de que me robaran, de que me mataran o de que me pasaran cosas malas, sino miedo de no cumplir el sueño de mi vida, de no ser “alguien”, de arrepentirme por no haber hecho lo que desde siempre me dictaba el corazón: viajar.

Cuando les dije a mis padres que me iba de casa sin rumbo cierto, me miraron como si estuviera loco. Al principio no me creyeron, después intentaron persuadirme y al final entendieron que, con 23 años, ya era un adulto responsable de mis decisiones y que nada me haría cambiar de opinión.

Corría el año 2015. Mi vida transcurría en Luque, un pequeño pueblo de la provincia de Córdoba, Argentina. En un lugar así no era común que alguien decidiera irse “a conocer el mundo”. No digo que fuera imposible, pero sí una rareza.

Al final, mi papá se ofreció a llevarme hasta La Quiaca, la última ciudad del norte del país, en la frontera con Bolivia. Mi hermano mayor nos acompañaría y de ese modo podríamos turnarnos para manejar los tres.

Antes de partir, abracé a mi madre y a mi abuela y me despedí.

Llovía.

Salimos nomás, sin tantos preparativos, como a las seis de la tarde. Paramos a comer unos sándwiches cerca de San José de la Dormida y a cargar combustible en Santiago del Estero. Conduje varias horas de noche hasta la ciudad salteña de Rosario de la Frontera. Después entregué el volante y me dormí en el asiento de atrás.

En ese momento lo supe: mi sueño estaba en marcha.

Me desperté en Salta, donde paramos unos minutos para tomar fotos y recorrer el centro. No nos entretuvimos demasiado: no estábamos de paseo, queríamos llegar a destino lo antes posible.

Tomamos el camino de cornisa —porque es mucho más emocionante que la autopista— y llegamos a la provincia de Jujuy sin mayores contratiempos. Deambulamos unas horas por Purmamarca y seguimos hacia el norte. Cerca de Tres Cruces levantamos a unos mochileros que, según nos dijeron, hacía cuatro horas que esperaban que alguien los llevara hasta la frontera.

Eran seis: dos franceses y cuatro uruguayos, sucios y cansados. Hacía cuatro días que no se bañaban y dos que no comían bien. Sería un anticipo de lo que me esperaba. La emoción y la adrenalina corrían por mis venas. Yo también quería ser como ellos. Sucios, no: aventureros.

Llegamos a La Quiaca a las cinco de la tarde del 7 de junio de 2015. Nos dolía la cabeza. Viniendo del llano, los 3442 metros sobre el nivel del mar cayeron sin piedad sobre nuestros cuerpos. Encontramos un hotel y decidimos pasar la noche allí. A la mañana siguiente, mi padre y mi hermano regresarían a casa y yo me quedaría solo.

El dueño del hotel nos vendió una píldora para el soroche (o mal de altura) por un dólar, pero no sirvió de mucho. Tampoco ayudó el té de coca. La altura causa dolor de cabeza, sangrado de nariz, cansancio en las piernas y fatiga general. Respirar se vuelve difícil. Si conseguís dormir, al despertar sentís que no descansaste nada.

Cenamos en un restaurante y probé el churrasco de llama. A mí me pareció carne común, sin nada de especial, un poco más seca que la carne de vaca. Tomamos una cerveza local, lo que hizo que mi dolor de cabeza pasara de «insoportable» a «mátenme ya». 

Regresamos al hotel. Aquella fue una noche pésima y casi no dormí. Sentía que una murga candombera golpeaba sus tambores en mi frente. Por algún motivo, el dolor parecía intensificarse al cerrar la boca. Así, con la boca abierta, pude conciliar el sueño cerca de las cuatro. Mi último pensamiento fue sobre el cansancio que seguro arrastraría al día siguiente.

Tres horas después, mi padre nos despertó a los gritos. La puerta de la habitación tenía llave del lado de afuera. Estábamos encerrados. Durante la próxima hora mi hermano y yo escuchamos a mi viejo soltar toda clase de improperios contra el dueño del lugar. No lo culpo: el dolor de cabeza en el altiplano es inaguantable. Además, ¿cómo nos va a encerrar? ¿Y si hubiera un incendio? ¿Si teníamos una urgencia?

Fue entonces cuando mi papá trató de convencerme por todos los medios para que abandonara el viaje y regresara a casa.

—Es peligroso, ¿qué vas a hacer solo? ¡En este lugar no se puede respirar! —me dijo, con el dolor de cabeza que sin duda intensificaba su frustración—. Te van a robar… o algo peor. ¡Es una completa y absoluta locura! ¡Nunca debí permitirte llegar hasta acá!

Pero la decisión estaba tomada: lo siento mucho, viejo. Gracias por todo, pero no había ninguna posibilidad de que abandonara el sueño de toda mi vida por tus miedos de padre preocupado.

Así que cargué mis cosas en la parte de atrás de la camioneta, desayunamos un café con leche con criollos y recorrimos el trayecto de pocas cuadras que nos separaban de la frontera. Corría un aire frío y seco. El humor de mi papá era pésimo.

—No aguanto ni un segundo más en este lugar —dijo, exasperado, poco antes de partir. Tanto él como mi hermano me desearon suerte. Nos dimos un gran abrazo y se marcharon. 

Desde el puente fronterizo, observé la camioneta alejarse como en cámara lenta. Aquel era un momento canónico de mi vida. Y yo lo sabía.

Y por primera vez, me vi solo. Con anteojos y sobrepeso, sin la ropa adecuada ni experiencia y a las puertas de un país desconocido. Hasta la mochila era deficiente: estaba desbalanceada, mal atada y cargada con cosas inútiles, lo que la hacía demasiado pesada. Como si fuera poco, llevaba una notebook en un bolso aparte que chocaba con mis piernas y me molestaba para caminar. 

Todo era incómodo y ridículo. Mi imagen debía ser de lo más burda. 

Me gustaría encontrarme hoy con ese Federico joven y regordete, de pie en la frontera entre Argentina y Bolivia, mirando hacia el norte. Querría darle un abrazo, sacudirle el polvo de los hombros y decirle que aquel sería el primer paso hacia la mejor aventura de su vida.

Ese primer paso suele ser el más difícil, pero también el más necesario.

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¿Una monedita, loco?

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