Mascarón de Potosí.

Amigos del segundo día

Me desperté con dolor de cabeza. Eran las ocho de la mañana. Quise desayunar, pero llegué demasiado temprano al comedor y todavía estaba cerrado. Mi reloj tenía la hora correcta, pero el teléfono no. Dormí un poco más y volví a las nueve y media. Desayuné café con leche, yogur, jugo de naranja, galletas saladas y dulces, manteca, torta y mermelada. El mal de altura no me impidió devorar todo lo que me pusieron al frente: el desayuno estaba incluido y ser gordo es un estilo de vida.

Debía encontrar un hostal económico antes de hacer el check out al mediodía. A través de internet vi un lugar que parecía prometedor, por lo que dejé mis cosas en la habitación y enfilé hacia allá. Tardé como una hora en hallarlo y descubrí que mi sentido de la orientación era pésimo: me perdí varias veces, olvidé el nombre de las calles y a menudo sentí que estaba girando en círculos. 

Potosí resultó ser una ciudad desconcertante.

Al final encontré el hostel. Me gustó, era barato, así que regresé para recoger mis cosas y hacer el check-in.

Minutos después de dejar mis cosas y tras la fatigosa caminata, dos jóvenes me abordaron: uno era rubio y alto; el otro, pelirrojo. Se llamaban Tim y Philip, oriundos de Suiza y de Alemania, respectivamente. Me invitaron a almorzar y acepté. En el camino encontramos a una pareja de argentinos, oriundos de un pueblo cerca de Bahía Blanca, y fuimos todos a comer. De entrada nos sirvieron sopa de verduras. De plato fuerte, bife con arroz, papas fritas y ensalada. El postre fue crema de naranjas. En Bolivia la comida es muy barata. Además de restaurantes, las calles están llenas de puestos que venden hamburguesas, churros, helados, jugos, frutas, carnes, verduras y otros alimentos.

Ese día visitamos la Casa de la Moneda, el sitio histórico donde se acuñaban monedas de plata. La experiencia resultó ser muy interesante y la recomiendo. Observamos la evolución de las maquinarias para el corte y el sellado de monedas. El techo y las paredes de una de las habitaciones aún está manchados con el hollín de las fraguas. Vi monedas, lingotes, armaduras, vestidos, carteras, herraduras, utensilios, cucharas -con un cartel enorme que dice “cucharas”, por si había algún desprevenido- y muchas cosas más, todo de plata. Me impresionó el nivel de explotación del Cerro Rico. 

Lo que más recuerdo de aquel día fue el mascarón de la Casa de la Moneda. Es una cara extraña, casi maligna, que parece burlarse de los visitantes del lugar. Según nos comentaron los guías, la figura fue tallada a mediados del siglo XIX y no hay consenso sobre su significado. Algunos creen que es Baco, una deidad de los indígenas de la zona. Otros consideran que es la imagen de Diego Huallpa, el americano que descubrió las famosas minas de plata. También existen quienes opinan que el rostro representa a la codicia y es una burla hacia los españoles, que en Potosí estuvieron «lejos de la religiosidad espiritual que predicaban», según dicen.

Hay que tomar todo con pinzas. Que cada uno piense lo que quiera. 

Me sentía muy cansado. La altura me afectaba demasiado, por lo que regresé al hostel y me recosté. Más tarde, Tim me preguntó si quería comer, y por 3 bolivianos -7 si tomabas vino- comimos pasta con vegetales. La comida fue un asco, un pegote uniforme de masa mal cocida con verduras sin sabor. 

Mayúscula fue mi sorpresa cuando un español me preguntó si podía comer las sobras de mi plato. ¿Un europeo comiéndose las sobras de un argentino? La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida.

En total éramos doce personas. Tras la cena, quedamos seis o siete. Me quedé conversando con Luca, el “español” que resultó ser italiano. El joven me contó que estudió en España, y por eso su acento. Viajaba con dos argentinos, José de Venado Tuerto y Julián de Gualeguaychú. Irían a Sucre, igual que yo. Les pregunté si podía sumarme a su grupo y aceptaron. 

En menos de 48 horas de viaje conocí a las personas que me acompañarían por los próximos 30 días. 

El dueño del hostel resultó ser oriundo de Tarija: conocía a una compañera boliviana que tuve en la facultad de periodismo. El mundo es un pañuelo, señores. Tomamos unas cervezas más y nos fuimos a dormir. 

La cabeza nunca me dejó de doler. 

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