Aquella noche dormí muy mal. Me dolió muchísimo la cabeza, mi nariz sangró y al despertarme sentí que no había descansado en lo absoluto. Me levanté de la cama poco después del amanecer, desayuné té de coca con los argentinos y conocí a Toño, un guía que organizaba excursiones a las minas de plata. Toño me cobró 80 bolivianos por la excursión, unos 11.56 dólares. En total seríamos seis: un francés, dos danesas, una española, una argentina y yo.
Antes de entrar a las minas pasamos por un kiosco potosino donde compramos dinamita y otros objetos necesarios para la excursión. No es broma, compramos dinamita en un kiosco como quien compra tabaco o pastillas de menta.

Las minas del cerro de Potosí (conocido como el Cerro Rico) son emblemáticas en la historia de Bolivia, de América y de Occidente. Durante la época del virreinato, los españoles extrajeron una enorme cantidad de plata de estas minas, y Potosí se convirtió en una de las ciudades más ricas del mundo. Dicen que incluso los caballos tenían herraduras de plata. Los mineros, en su mayoría indígenas y esclavos africanos, enfrentaban condiciones extremas y eran sometidos a un trabajo forzado que provocó un gran número de muertes.
Es importante recordar que estos eventos ocurrieron en un contexto histórico diferente al actual, y cualquier juicio moral debe tener en cuenta las circunstancias de la época. No podemos juzgar a los españoles del pasado con los parámetros morales del presente.
Dicho esto, las minas de Potosí son el lugar más oscuro, polvoriento, incómodo, peligroso, cerrado y horrible que visité en mi vida. Pienso en las minas del Cerro Rico y tiemblo.
Entramos primero por un agujero en la tierra y luego por unas escaleras. Apenas bajamos algunos peldaños, nos rodeó la oscuridad más absoluta, por lo que debimos encender las linternas de nuestros cascos.

Guiados por Toño, caminamos por un estrecho pasadizo cuyas paredes se achicaban conforme avanzábamos. Me sentí como un conejo dentro de una madriguera. Al principio, dentro de aquel túnel cabía un hombre de pie. Luego debimos ponernos en cuclillas, y al final tuvimos que arrastrarnos entre el polvo y las piedras como soldados cuerpo a tierra.
Si me dejaba el tapabocas, se empañaban mis lentes. Si no lo usaba, el polvo no me dejaba respirar. Decidí prescindir de él cuando tropecé por falta de visión, así que todo el tiempo estuve sonándome la nariz en ese lugar condenado. Cada tanto, el casco golpeaba contra el techo o una piedra saliente. Me alegré de tenerlo puesto.
Nos cruzamos con gente que aún trabaja allí. Hablamos con chicos, que no habrán tenido más de 18 o 19 años, que pasaron empujando un carrito cargado con minerales a través de rieles subterráneos. También conocimos a un señor de 73 años que, según nos dijeron, trabajaba en las minas desde 1980.
Durante la excursión de las minas de Potosí, una parada obligatoria consiste en visitar a los “tíos”, figuras religiosas construidas por los mineros. Según la versión del guía, adorar a aquellas figuras constituía un modo de rebeldía hacia la dominación española, ya que los europeos no solían adentrarse en las minas. Los trabajadores, entonces, eran católicos fuera de las minas y paganos dentro de ella como forma de rebelarse contra la cultura impuesta por los europeos.
Lo cierto es que la realidad es un poco más compleja. Es cierto que la adoración de los «tíos» tiene raíces en las creencias precolombinas de la región, pero es arriesgado decir que los mineros lo utilizaban para rebelarse. El catolicismo se mezcló con estas creencias andinas, lo que resultó en un sincretismo religioso que prevalece hasta nuestros días. Como sea, todo es parte de la rica historia y herencia cultural de estos pueblos.
Para que el lector tenga una idea, podemos decir que los tíos se parecen a una figura diabólica. El ritual de adoración consiste en apagar las luces, rezar, tomar un licor de más del 90% de graduación alcohólica y arrojar el licor y hojas de coca en el tío y en su enorme pene que sobresale hacia los visitantes. Las plegarias incluyen pedidos de salud, trabajo, prosperidad, buena vida y buen sexo. Y claro: que encuentren plata y que la montaña no se les caiga encima.

No quise tomarle fotos a esa pobre gente que trabaja allí dentro, ¿saben? En ese lugar tuve mucho miedo. Muchísimo miedo. No solo por tener que arrastrarme -literalmente, arrastrarme mientras el casco chocaba con las paredes y el techo- entre el polvo y la oscuridad, sino porque a veces se escuchaban explosiones de dinamita, y pequeñas piedras caían sobre nuestras cabezas. No fui el único que tuvo miedo: recuerdo a una de las danesas agarrarme bien fuerte del hombro tras una explosión particularmente ruidosa. En otro momento miré hacia atrás y pude ver al francés mirándome con unos ojos aterrados. Noté que tenía más miedo que yo, y me sentí valiente. Al pedo, pero valiente.
De acuerdo con Toño, al menos dos mineros mueren por mes debido a los derrumbes, y muchos más por enfermedades pulmonares derivadas de la inhalación de químicos. En Bolivia, ser viejo y minero es casi imposible, una contradicción. El guía boliviano aseguró que están pidiendo «por favor» que en Potosí se instale un hospital especializado en enfermedades pulmonares.
Los mineros de Potosí siguen extrayendo minerales del Cerro Rico a pesar de las duras condiciones de trabajo porque los salarios son más altos que en otras profesiones. Muchos trabajadores optan por poner en riesgo su vida en la búsqueda de más dinero para ellos, lo que puede traducirse en un mejor futuro para sus familias.
El promedio de vida de un minero es de cuarenta y cinco años. Un precio altísimo, pagado por perseguir la esperanza de una vida mejor para los suyos.
Seguimos adelante, caminando, agachados o arrastrándonos. Pilar, la española, dijo desde el principio que era claustrofóbica y que tenía miedo. En un momento avisó que no seguiría más y pidió que continuáramos nosotros. La chica argentina se quedó a acompañarla.
El resto de los visitantes continuamos el descenso hacia otras áreas donde aún pueden verse algunas vetas de plata. La mina, explicó Toño, funciona como un “banco”: en total hay diecisiete niveles. Cuando los de abajo se agoten, comenzarán a dinamitar todo para cerrar la mina y recogerán los últimos vestigios del mineral que aún permanece.
Me pareció increíble que este lugar siga escupiendo plata después de cuatrocientos años de extracción.
En total estuvimos casi dos horas dentro de la mina, lo que me parecieron siglos. Sólo bajamos hasta el quinto nivel, pero ya en ese lugar el aire estaba viciado, el calor era insoportable y a duras penas se podía respirar.
No quise ni imaginar los siguientes niveles. Solo necesitaba salir de allí.
Tras subir por la escalera final, la luz del sol me dio de lleno en el rostro. Pocas veces en mi vida me alegró tanto ver al Astro Rey. Aquellos que estuvimos en ese lugar realizamos un juramento: jamás volveríamos a pisar una mina por dentro. Fue una de las experiencias más extremas e interesantes de mi vida, pero deberían pagarme mucho dinero para convencerme de entrar de nuevo en ese maldito lugar.
Me sentía sucio de polvo, había estornudado cientos de veces y me dolía muchísimo la cabeza. Vaya si me dolía. Era como si un taladro invisible se hubiera empeñado en perforar la parte derecha de mi cráneo. Necesitaba salir de esa ciudad.

Regresé al hostel y realicé el check out. Philip, el alemán, me dijo que él también se iba y me ofreció la posibilidad de compartir un taxi hasta la terminal. Perfecto: cargar con el peso de mi mochila en la altura y en subida no es algo que me llenara de alegría. Me senté a esperar a que acabara de ordenar sus cosas. Solo podía pensar en lo que había visto dentro de la mina y soportar el terrible dolor de cabeza que me atormentaba y que jamás cesó.
Una vez en la terminal, me despedí del alemán y por 40 bolivianos conseguí un auto compartido que me llevaría hasta Sucre.
Aquel viaje fue divertidísimo: me senté atrás, entre dos señoras bolivianas bastante voluptuosas, que masticaban coca y hablaban entre ellas. Me preguntaron de todo y se sorprendieron por mi nivel de español.
Claro señora, el español es mi lengua materna.
Por fortuna, el dolor de cabeza fue disminuyendo a medida que nos dirigíamos hacia el norte. Por primera vez en varios días, el taladro detuvo su repiqueteo.
Viajé embelesado por el brutal paisaje que ofrecen las montañas bolivianas mientras el eco de las minas seguía resonando en mi cabeza. Casi no tuve tiempo de imaginar cómo sería la siguiente ciudad de esta aventura.