Macchu Picchu. La foto típica

El precio de llegar a Machu Picchu

Machu Picchu era el primer gran objetivo que ansiaba conquistar cuando, desde Argentina, soñaba con recorrer el mundo. Ahora estaba al alcance de la mano, a un día de distancia. Lo que nunca imaginé fue que la montaña también me conquistaría a mí, exigiendo más de lo que creía estar dispuesto a dar.

Las formas tradicionales de llegar son muy caras: cientos de dólares —en el mejor de los casos—, e incluso la guía Lonely Planet mencionaba un camino dedicado a los turistas, el «gringo trail». Aquello no era para mí.

Lo cierto es que Luca conoció en la calle a un tipo que vendía drogas y se hicieron amigos. Punto. No voy a dar más detalles sobre el tema.

Este tipo —al que llamaremos Willy— se ofreció para llevarnos a la Montaña Sagrada por el módico precio de veinticinco dólares por persona. A cambio veríamos paisajes increíbles, comeríamos frutas de la naturaleza y conoceríamos un sendero mágico, lleno de aventuras, desconocido para los turistas. «Un cuento de hadas», aseguró. En total, debíamos recorrer entre 30 y 40 kilómetros a pie.

El truco (que no es tan secreto, mucha gente lo sabe) consistía en tomar un bus hasta Ollantaytambo y desde allí otro transporte, hasta un lugar conocido como KM 82. Allí teníamos que bajar para buscar las vías del tren, emplazadas algunos cientos de metros hacia el oeste. Según nos dijo Willy —cuyo perro se llamaba Kraken—, no está permitido andar por ese lugar, y si alguien nos llamaba la atención, debíamos correr.

Así empieza el camino hacia Machu Picchu.
Así empieza el camino hacia Machu Picchu.

La mañana del 22 de junio nos levantamos temprano, recogimos a Willy y compramos comida: jamón, tomate, lechuga, atún, queso y pan. El guía nos pidió que también compráramos comida para él, lo que no estaba incluido en el precio original. Tal como planificamos, tomamos un bus, luego la trafic, llegamos a las vías y cruzamos caminando. Ambos vehículos viajaban plagados de locales, sin turistas, lo que nos permitió inferir que el camino no era muy concurrido.

Nadie nos llamó la atención, por lo que no hubo necesidad de correr.

El paisaje era increíble. El sendero transcurría entre las montañas junto al río Vilcanota (que luego se transforma en Urubamba) y las vías del tren. Con frecuencia debíamos deternos para que pasaran el PeruRail y el Inca Rail, trenes atestados de gringos que llevaban el dinero que a mí me faltaba. Divisamos algunas ruinas y nos detuvimos para fotografiarlas. Tras dos horas de caminata, paramos para comer. Fumamos y seguimos.

Entre las grises montañas que se erguían a nuestro alrededor, me sentí feliz.

El camino que va a Machu Picchu.
El camino a la Ciudad Perdida.

Los pobladores me resultaron en extremo amables, y con frecuencia nos cruzamos con vacas o con cerdos que pastaban libres. En un momento (y esto lo recuerdo con claridad, porque mi abuelo se apareció en mi memoria) vimos a un hombre que labraba la tierra con un arado tirado por dos bueyes. Yo no pensé que todavía existiera esa tecnología, pero me acordé de mi nono y me emocioné. Me sentí cerca de él. «¿A este lugar tan lindo me trajiste?», pensé. Aquellas montañas eran un puente entre mi pasado y el presente.

Perú nos regalaba una postal con cada paso que dábamos. Pasaron otras dos horas de caminata en las que nos reímos bastante. Descansamos un poco, sacamos más fotos y continuamos.

Al cabo de un rato me empezaron a doler los pies. Yo no tenía zapatillas para caminar, sino unas Adidas urbanas compradas en Córdoba por ochocientos veinte pesos. Aquel calzado no estaba de ningún modo preparado para caminar más de treinta kilómetros entre las piedras y montañas de Perú. Y esto no es broma: andar más de cuatro o cinco horas con suela fina, y encima con pie plano, no es una actividad placentera. Mis pies comenzaron a molestar.

Willy y Luca. Por acá perdí los lentes.
Willy y Luca. Por acá perdí los lentes.

Para colmo de males, en uno de los descansos me di cuenta de que me faltaban los lentes y el sombrero. «Debo haberlos perdido cerca del hombre del arado con bueyes», pensé.

Como alma que lleva el diablo, corrí a buscarlos.

En menos de diez minutos llegué al lugar, pero el viento era demasiado intenso y no los encontré. Además —qué ironía— no veía bien. Necesitaba mis lentes para encontrar mis lentes. Pareciera que, para permitirme llegar a Machu Picchu, la montaña reclamó mis anteojos y mi sombrero como parte de pago.

Qué pedazo de boludo.

Regresé con la mala noticia. A partir de ese momento solo tengo vagos recuerdos del paisaje (claro, si no veía) y de lo que hablamos. De a poco, pero cada vez con más intensidad, otro pensamiento comenzó a ocupar mi mente hasta invadirla por completo: el dolor de mis pies.

Con cada paso que daba sentía como clavos que se hundían en la carne. Lo que debía ser una experiencia agradable se convirtió en un suplicio. Solo podía caminar e intentar no pensar en ello, observando la punta de mis zapatillas, que de blanco hueso mutaron a gris percudido.

Luca y un chanchito, ya cerca de Aguas  Calientes.
Luca y un chanchito, ya cerca de Aguas Calientes.

El sol se perdió entre las montañas y la noche nos cubrió con su manto oscuro. Ahora tenía que lidiar con el dolor de mis pies y con la falta de luz.

Comencé a odiar a Willy: se notaba que mentía respecto a quién era, se contradecía con detalles de la travesía o lo que haríamos a continuación. Tampoco podía precisar cuánto faltaba para llegar a nuestro destino.

Un paso tras otro, una aguja tras otra. En total, más de siete horas de caminata que se volvieron un infierno. No de cansancio —los cerros bolivianos me habían puesto un poco en forma—, pero sí de dolor. Mis pies nunca olvidarán lo que sintieron entre aquellas montañas peruanas. Era como si el lugar se vengara de mí, el pibe que no quiso pagar los dólares para subir por los métodos tradicionales.

Después de algún tiempo, que para mí fueron años, divisamos las primeras luces de una zona urbanizada. La alegría duró poco: esa ciudad no era Aguas Calientes. Willy nos dijo que estábamos cerca, pero que aún faltaba. El «guía» —y transa— era como un padre que les miente a sus hijos para que no molesten. «Cuarenta y cinco minutos», había dicho hacía dos horas. Grandísimo hijo de puta.

Sin anteojos y de noche, a duras penas podía ver un metro más allá de mis narices. Luca llevó una linterna, y eso me salvó la vida: decidí seguirle los pies desde atrás (en tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu), sabiendo que un paso en falso significaría una muerte segura. El paso era estrecho, y caerse no era opción: a la izquierda, el precipicio; a la derecha, el oscuro río.

Más del camino a Machu Picchu.
Más del camino a Machu Picchu.

Por fin llegamos a Aguas Calientes, bien entrada la noche. Mis pies se retorcían. No recuerdo en mi vida haberme sentido tan agotado como aquel día. Paramos en un hotel donde pude bañarme y descansar. Mi último pensamiento se lo dediqué a la mañana siguiente: seguro que el dolor desaparecería y podría subir sin inconvenientes los más de dos mil escalones que nos separaban de Machu Picchu.

Al despertar, el dolor en los pies se agravó de tortura a «mátenme ya». Caminar era un suplicio, y sentí como si me estuvieran apretando las heridas con tenazas incandescentes y con la fuerza de una prensa hidráulica. Me vestí como pude, desayuné y me dirigí hacia el centro de la ciudad.

Con Luca hicimos fila para comprar la entrada a Machu Picchu. Willy nos dijo que no subiría, que nos esperaría allí abajo y que luego volveríamos por Hidroeléctrica. Con el ticket en la mano, mi amigo italiano y yo nos dispusimos a subir esos famosos escalones, que no fueron tan desafiantes si los comparamos con la caminata del día anterior. Aun así, mis pies se quejaron con cada paso. Mis pulmones también. Hacía calor y sudé bastante. Cada tanto nos cruzamos con gente que bajaba y nos indicaba cuánto faltaba para la cima. «You almost got it, congratulations», nos dijo un gringo cinco minutos antes de llegar.

No hay mal que dure cien años. La sensación de llegar fue increíble: no sé cuánto tiempo estuve soñando con ese momento, pero estaba ahí, por mis propios medios, sucio, sudado, cansado en extremo y con un dolor en los pies difícil de soportar… pero feliz. El primer objetivo de mi viaje estaba cumplido. Ya podía descansar tranquilo.

Machu Picchu estaba lleno de gente, todos sonrientes y limpios. Recuerdo que al llegar me senté contra una pared y me quité las zapatillas: quería que mis adoloridos pies respiraran un poco del aire puro de montaña. Me sentía mugriento y estúpido del dolor. Lo grotesco de la escena se completaba con unas ridículas medias con dibujos de llama que «por las dudas» compré en Ollantaytambo. Eran algo gruesas, pero el tormento hubiera sido mayor sin ellas.

No disfruté Machu Picchu como pensaba, y poco me importaron las ruinas. Caminé unos pasos, miré las construcciones, escuché a guías que hablaban con la gente y explicaban la historia del lugar. Visité lo que había que visitar. Eso fue todo. Había muchos turistas y me dolían los pies. No tenía ánimos para estar allí. Me consolé pensando que lo importante no es llegar, lo importante es el camino. Tonto irrecuperable.

No es lo mismo, las ruinas de Machu Picchu...
No es lo mismo ir a las ruinas de Machu Picchu…
...a que venga un Macchu y te deje el pichu en ruinas.
Vale la pena ir a Machu Picchu. Si tenés la oportunidad, no lo pienses. Con guía, mucho mejor.
La única foto que me saqué en Macchu Pichu. Salgo abrazado con otro guaso.
La única foto que me saqué en Machu Picchu. Salgo con una remera de Don Ramón y abrazado con otro guaso.

La montaña me dio una gran lección que aún no terminaba: todavía nos quedaba bajar dos mil quinientos escalones y caminar otros doce kilómetros hasta Hidroeléctrica, donde tomaríamos el autobús que nos llevaría de regreso a Cusco. Allí podría descansar tranquilo.

Una vez bajamos de Machu Picchu, el guía Willy nos cobró los veinticinco dólares. Luego decidió fingir dolor de estómago y tomar el tren de vuelta, señalando con el dedo en dirección hacia Hidroeléctrica.

Pienso que a algunos la montaña nos cobra un precio demasiado caro. Y así debe ser: yo sí me la gané. Podía haber tomado el tren de ida y vuelta, almorzar en un restaurante y volver silbando bajito. Pero algunos nacimos para desafíos, por más dolores en los pies que nos causen. Además, de otra forma, ¿qué historia hubiera escrito?

Gracias, Machu Picchu, por enseñarme que las zapatillas para caminar siempre deben tener suela gruesa y que nunca hay que confiar en un vendedor de drogas de poca monta que tu amigo conoció en la calle. Al castigarme de esa manera, me enseñaste respeto y humildad.

...a que venga un Machu y te deje el Picchu en ruinas.
…a que venga un Machu y te deje el picchu en ruinas.

Nada hubiera aprendido si me limitaba a quejarme por el dolor en los pies. Por lo general trato de preguntarme para qué y no por qué.

Después de visitar la Ciudad Perdida de los Incas me quedé unos días más en Cusco, haciendo poco y nada: salir, tomar, boludear con mis «amigos». No estoy orgulloso de eso, pero no hice un blog para mentirle a la gente.

Hasta que una noche, después de otra ronda de excesos, me cayó la ficha. No había dejado a mi familia y a mis amigos en otro país para ir de adolescente por el mundo. Me sentía un imbécil. «Estoy desperdiciando mi tiempo», pensé.

Vuelta por Hidroeléctrica. Ya parezco feliz.

Entonces hice algo raro para mí: en vez de prometer que al otro día iba a cambiar, me fui. Borracho y todo, esa misma madrugada hice el check out, agarré mis cosas y me despedí de mis amigos. Caminé hacia la terminal de Cusco y compré un pasaje en bus hacia Lima.

Me despedí de Cusco con la certeza de que, esta vez, no volvería a desviarme.

Qué iluso.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

¿Una monedita, loco?

Viajo y Escribo es un proyecto personal e independiente.
Si te gusta lo que leés y querés apoyar, podés colaborar
desde cualquier parte del mundo.
El blog es gratis (y lo seguirá siendo).