Los paisas y los trenes

Melisa resultó ser una buena compañera de viaje y una excelente amiga. Le hice caso y terminamos yendo a Medellín: 26 horas en colectivo desde Ipiales, el primer pueblo fronterizo del lado colombiano.

Viajar en colectivo desde Ipiales hasta Medellín es aventurarse hacia el norte y atravesar rutas y paisajes que van mucho más allá de lo que yo podría describir con palabras: no les haría justicia. Hacia ambos lados del camino se extienden colinas plantadas con café, bananas, plátanos, yuca, caña de azúcar, maíz, frijoles, tomates y más cultivos de los que podría enumerar (y recordar).

Varios ríos serpenteaban a ambos lados de la ruta. A veces la luz del sol se filtraba entre las nubes y se reflejaba sobre el agua, lo que me dejaba ciego por algunos segundos. Pintorescos pueblos de coloridas casas le añadían un toque místico al recorrido. Solo me limité a mirar por la ventana. Y a ser feliz.

«Estoy en Colombia», pensé. Estar en un nuevo país me produce un subidón de adrenalina, una descarga de serotonina. Con el tiempo, se volvió vicio.

Medellín. Una de mis ciudades favoritas de todo el continente.

A medida que ascendíamos por las montañas, el paisaje cambiaba. La vegetación se volvía más espesa, y la flora colombiana se dejaba ver en todo su esplendor. Más cerca de Medellín, otra vez el entorno cambió. Poco antes de llegar a la ciudad, la cordillera de los Andes hizo su entrada triunfal.

A pesar de la belleza del paisaje colombiano, durante el viaje nos topamos con una escena brutal. El cuerpo de un motociclista yacía bajo las ruedas de un camión. Junto al resto de los pasajeros del colectivo, vi lo que quedaba del hombre. Su espina dorsal sobresalía del cuerpo, como una rama seca y partida, abandonada en el asfalto. Algunas personas gritaron. Yo hubiera querido no haberlo visto. Días después, tuve un sueño horrible en el que sentí cómo mi espalda se quebraba por la mitad. Hacia atrás. Dejándome sin esperanza.

El viaje se me hizo eterno. Cualquiera que haya pasado más de veinte horas arriba de un bus entenderá de lo que hablo. Una señora habló durante todo el trayecto. A veces, a los gritos. Con Melisa nos reíamos. Después entendí que aquella señora era una típica mujer paisa. De a poco empezaba a captar el sentido real de aquella palabra.

Paisa se le dice a los colombianos del departamento de Antioquia. El gentilicio es tan importante y representativo como «cordobés».

La señora no paraba de gritar: «¡Tulia!» (vaya uno a saber por qué) y «¡Mono!». Mono en colombiano significa «rubio», o persona de piel clara.

Medellín. Parque Arví.
Medellín. Parque Arví.

Durante el viaje, Melisa me enseñó una interminable lista de colombianismos: un café es un tinto, una fiesta es un parche, el pimiento es pimentón, el rodete en el pelo es bollo, una mujer es una vieja, estar enamorado es estar tragado, el jabón es detergente, el detergente es jabón, un amigo es un parcero y si estás cansado, estás mamado. Un drogado es un trabado, un linyera es un gamín, un porro es un bareto. Para decir «qué tal» o «cómo estás» se usa el «qué más», algo que para mí carece de sentido. ¿Qué más qué?

Otro concepto que para mí no tiene sentido es el uso del «pues». Una vez le pedí a un colombiano que me explicara cuál era la diferencia entre «qué más» y «qué más pues». Su explicación no me satisfizo. Según él, añadirle el «pues» denota interés genuino. Es decir, si te preguntan «¿Qué más pues?», significa que realmente quieren saber cómo estás. No sé. Raro.

Sobre la forma de hablar de los colombianos, también me llamó la atención la pronunciación de la J. Dicen «hugo» en vez de «jugo», «aho» en vez de «ajo» o «vieho» en vez de «viejo». No suena como una h muda, sino como una j aspirada. En Cusco una vez, caminando con Luca, conocimos a un colombiano que nos dijo: «Tú tiene’ que i’ pa’ Colombia, papi».

Acá estoy, papi.

Ya en la terminal de ómnibus de Medellín nos dieron un mapa de la ciudad. Los trabajadores del lugar me cayeron muy simpáticos. Melisa se iría con unos amigos, yo debía conseguir alojamiento. Nos despedimos en el metro y volví a quedar solo en una ciudad.

Medallo.
Medallo.

Los guardias del metro me indicaron que si quería llegar hasta el hostel de la guía, lo mejor era bajarme en la estación Suramericana. Lo cierto es que era mi primera vez en un metro y no entendía cómo funcionaba. Otra vez estaba perdido.

Por eso, antes de seguir, quiero explicar cómo funciona un metro. Porque una vez que entendiste el sistema, es súper fácil. Por eso digo que este es el blog que me hubiera gustado leer a mí antes de salir a viajar 🙂

El metro es un sistema de transporte pensado para moverte rápido por la ciudad. Es un túnel gigante, como un tatetí subterráneo donde cada línea representa un trayecto. Hay que mirar el mapa que te dice hacia dónde va cada tren. Por lo general, ese mapa está dentro de la estación y de los trenes. Ahora hay internet y es mucho más fácil. Antes no había.

Qué viejo estoy.

Como sea, cada línea de ese tatetí subterráneo tiene su propio color y estaciones. Las estaciones son como las paradas de un colectivo. Los trenes pasan cada pocos minutos, así que no hace falta estar pendiente del horario. Vos te subís, viajás, y cuando llegás a tu estación, salís del tren y subís las escaleras hacia la ciudad.

A veces el lugar al que vas está cerca y podés ir en una sola línea. Pero si está más lejos, tenés que cambiar de línea, y no importa cuántos cambios hagas, porque pagás solo una vez.

Para usar el metro tenés que sacar un boleto, pase o tarjeta, dependiendo de la ciudad, y lo pasás por un molinete que te deja entrar. Una vez que cruzás el molinete, no podés volver atrás. Caés para siempre en la nada de la no existencia, sin principio ni final.

No, bueno, no puedo permitirme estas digresiones. ¿O sí?

Medellín
Medellín

Mi yo de 23 años no tenía idea de lo que era un metro. Años después entré a trabajar como periodista en un diario y escribí un artículo llamado «Por qué Córdoba debería tener un metro como el de Medellín». Uno de mis excompañeros de trabajo escribió en Twitter que Córdoba no se puede dar el lujo de tener un metro, que no es necesario, que no hay infraestructura y que tampoco dan las cuentas demográficas.

En fin, no sé. A mí me encantaría que en Córdoba se pudiera ir del Arco al Centro o a Ciudad Universitaria en 15 minutos, sin atravesar el tráfico de la Sabattini. Tal vez un día pueda ver a mi Córdoba con un metro tan imponente y limpio como el de Medellín.

Como sea, aquel Federico no entendió que debía cambiarse de línea y bajarse en Suramericana, por lo que salió en cualquier estación y caminó hacia el Palm Tree Hostal durante dos horas bajo el sol, mirando cada tanto el mapa de la guía Lonely Planet, que para ese entonces ya estaba un poco ajada.

De tanto preguntar y mirar la guía llegué a Palm Tree Hostal, el lugar más barato que pude hallar. La estación Suramericana quedaba a dos cuadras. Si no fuera por el peso de la mochila, podría decir que fue un gran paseo. Medellín empezaba a darme la bienvenida.

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