Una de las primeras cosas que hice al llegar al hostel de MedellÃn fue comprar plátanos y hacer un licuado. ¡Cómo se rieron los colombianos cuando vieron aquello! El plátano, aunque se parezca a la banana, no es lo mismo. Existen más variedades de las que uno puede imaginar (adjunto foto), y por lo general se comen como guarnición, fritos, con sal o con azúcar, pero nunca, jamás, en un batido con leche. Aquel «licuado» (que no sabÃa del todo mal) provocó carcajadas durante un buen rato. Por suerte, para esta altura del viaje, yo ya era bastante inimputable, algo que siempre me caracterizó.
Ese dÃa jugaba un equipo argentino por Copa Libertadores. Al primer tiempo lo vi en el hostel. En el entretiempo fui al supermercado a comprar comida, pero a la vuelta me perdÃ. Caminé durante casi dos horas, desconcertado y nervioso. ¿Dónde me metÃ? Cuando logré encontrar el hostel, la puerta estaba cerrada con llave: el partido ya habÃa terminado y todos dormÃan. Tuve que tocar el timbre para que me abrieran. Lo peor de todo es que a la mañana siguiente me di cuenta de que el supermercado quedaba a dos cuadras. Hasta hoy no entiendo qué hice o en qué pensaba para extraviarme asÃ. Mi sentido de la orientación, como era evidente, no estaba mejorando.

A la mañana siguiente, desayunando en el hostel, conocà a Felipe, un paisa. Salimos y nos emborrachamos esa misma noche. Era miércoles. También el jueves y el viernes, cuando me levanté sintiendo culpa por el dinero gastado. Al enterarse, Felipe decidió pagarme el alcohol del sábado y del domingo. Poca gente en este mundo me invitó a tanto ron y a tantas cervezas como Felipe, a quien realmente parecÃa molestarle verme sin una botella en la mano. En pocos dÃas, Felipe se convirtió en mi compañero: él pagaba el alcohol y yo tenÃa que abordar a grupos de personas para sacar conversación, sobre todo con chicas.
Pasé mi cumpleaños en MedellÃn. Melisa llevó una torta con frutillas y velas. Gracias, Meli. No me cabe la gratitud en el pecho. Esa mujer hizo que yo no pasara solo mi cumpleaños número 24 y se lo voy a agradecer toda la vida.
Esa misma tarde, después de la mini fiesta, salimos a caminar por la ciudad y decidimos visitar un cerro conocido como El Volador. Contra todos nuestros pronósticos, nos robaron. Bueno, en realidad le robaron a Melisa. Mientras caminábamos, un tipo se metió entre nosotros y le pidió el celular. Sin pensarlo, lo golpeé en la cara. El tipo se cayó y rodó unos metros. Salà corriendo, pero cuando giré la cabeza vi que Melisa estaba paralizada, incapaz de moverse. El tipo se levantó, sacó un cuchillo de su bolsillo y se lo puso en el cuello. Ella le entregó el celular y el delincuente se fue.

Se notaba que el ladrón tenÃa más miedo que nosotros. Cuando ya tuvo el teléfono de Melisa en la mano, nos amenazó desde lejos con el cuchillo, diciendo: «Déjenme solo, váyanse».
Todo eso pasó el dÃa de mi cumpleaños. Melisa lloraba. En estado de shock, dijimos que nos irÃamos de la ciudad. Pero al final nos quedamos. Más allá de ese hecho aislado, MedellÃn es una ciudad encantadora.
El clima es perfecto. Le dicen «la ciudad de la eterna primavera» porque la temperatura se mantiene todo el año entre 18 y 30 grados. MedellÃn es verde. Todo tipo de árboles adornan sus calles y la llenan de vida. Las mujeres son atractivas. Los hombres, amables. El agua es potable y se puede tomar del grifo.
El sistema de transporte es una maravilla. A pesar de que MedellÃn tiene el doble de habitantes que Córdoba en casi la mitad de superficie que mi ciudad, el metro, el tranvÃa y el metrocable hacen que todo fluya. Además, los precios son mucho más accesibles que en otros lugares del continente. Podés almorzar por unos pocos dólares y tomarte una cerveza en cualquiera de los parques del centro.

Por debajo de todo eso, la ciudad también tiene su lado oscuro. Como en toda América del Sur, hay problemas estructurales. El salario mÃnimo en Colombia es bajo comparado con otros paÃses y la indigencia está a la vista. Es muy común que gente de todo tipo te aborde para pedirte monedas. La cocaÃna, barata y pura —unos 5 dólares el gramo—, arrastra a miles de personas a vivir en las calles: adictos a la sustancia, terminan cayendo en el basuco. Como en toda América, el fantasma de la droga es uno de los protagonistas principales en la novela de la realidad.
Decidà quedarme un tiempo en MedellÃn. No sé bien por qué, supongo que por seguir mi intuición. De cualquier modo, entendà aquella frase trillada: «MedellÃn es una mujer linda, pero peligrosa». Es verdad.

No podÃa quedarme en el hostel: 10 dólares diarios excedÃan mi presupuesto. Asà que publiqué un aviso en un grupo de Facebook de alquiler de departamentos en MedellÃn. Esperaba que alguien me ofreciera una habitación a buen precio.
Y apareció. Una mujer me ofreció un cuarto por poco más de cien dólares mensuales. No era caro. Mucho más accesible que el hostel. Lo que no sabÃa era que esa mujer tenÃa una gata completamente loca.
Tan loca que merece su propia historia.