Llevé mis cosas al apartamento de Cleo. Era una chocoana de 25 años, estudiante de abogacÃa. Al principio todo fue genial. La mujer era amable y generosa. Cocinábamos juntos y el trato era cordial. Las reglas de convivencia eran básicas: nada de tablas mojadas en el baño, platos sucios, desorden ni ruidos molestos.
El único problema del lugar era Celeste: una gata obesa y de mal genio. En todo el tiempo que vivà ahÃ, Celeste jamás se dejó acariciar por mÃ. Ni pensarlo. Cada vez que intenté hacerle un cariño, me respondió con arañazos en las manos o en los pies. A los pocos dÃas dejé de insistir, pero la convivencia no mejoró.
La primera noche que dormà en el departamento de Cleo, escribà una nota: «Aquà te dejo el dinero del alquiler». Apenas terminé de escribir la nota y dejarla sobre la mesa, Celeste se trepó, olisqueó la hoja y la tiró al suelo con una pata. Se quedó mirándome con aires de soberbia, tÃpica de aquellos que se saben impunes. No tiró el dinero ni ninguna de las otras cosas que estaban arriba de la mesa, solo mi nota. Empecé a sospechar del animal.

Con el paso de los dÃas, el comportamiento de Celeste empeoró. DormÃa sobre mi ropa o en mi bolsa de dormir y llenaba todo de pelos. Yo soy alérgico. Afilaba las uñas en mis zapatos. De algún modo, se las arreglaba para abrir la heladera y tirar mi comida al piso. No tengo idea cómo podÃa saber la gata que ese pollo era mÃo, que ese era mi queso o que aquellas eran mis frutas. Pero cada vez que volvÃa a la casa encontraba mis cosas desparramadas en el suelo. No las cosas de Cleo: ella jamás tocó algo de su dueña. El odio era personal. Tampoco era hambre, porque no comÃa la carne que caÃa de la heladera (lo que explicarÃa su accionar), sino que parecÃa hacerlo con el único objeto de molestarme.
Empecé a dejar un balde lleno de agua en la puerta de la heladera cada vez que salÃa, pero a veces me olvidaba y al volver tenÃa que limpiar el desastre.
Esa gata tampoco comió jamás algo que yo le di. Quise que nos lleváramos bien: le ofrecà corazones de pollo, jamón, carne e incluso atún, que se supone a los gatos les encanta. Nada. Se limitaba a olerlos, mirarme con desprecio e irse. Celeste pasaba horas sentada en un rincón, observándome, afilándose las uñas. A veces se desaparecÃa un rato, perdida por otros balcones. Pero jamás me dio una muestra de cariño.
De a poco las cosas se empezaron a desvirtuar, primero, y a ir al carajo después. Cleo fumaba mucha marihuana, todos los dÃas. Yo no soy un santo, pero ella iba a la universidad muy temprano: la primera clase comenzaba a las seis de la mañana, algo habitual en Colombia. Sentir olor a creepy a las cinco de la mañana puede molestar a cualquiera que quiera descansar.
La convivencia empezó a desgastarse. Su ritmo de vida era muy diferente del mÃo. Yo querÃa escribir y descansar después de largas caminatas por la ciudad. Ella se dedicaba a fumar porro y molestar. No sé si era el creepy o mi falta de paciencia, pero empezamos a discutir.
Con Celeste era peor. La gata no solo mantenÃa su cruzada personal contra mis cosas, sino que sumó una nueva estrategia: maullidos interminables a altas horas de la madrugada, justo antes de dormir. Cleo decÃa que era normal, que asà son los gatos, pero yo empecé a creer que Celeste tenÃa un plan para sabotear mi estadÃa allà y que me fuera.
Para distraerme, empecé a pasar más tiempo en la calle. En una de esas tardes conocà a Jairo, el loco que cuidaba autos en la esquina. Me contó que llevaba años en ese barrio y que, si algo sabÃa, era cómo sobrevivir en Medallo.

—Parcero, los gatos siempre mandan en la casa —dijo, riéndose cuando le conté lo de Celeste—. Pero aquà hay que aprender a vivir con ellos, asà sean unas hijueputas como la suya.
Una noche, mientras todavÃa vivÃa con Celeste, regresé al departamento desde el hostel y un borracho me abordó en la calle para invitarme «ir a las putas», con tanta insistencia que al final le dije que sÃ. Me prestó su camiseta de Brasil —no recuerdo para qué— y yo le dije que me acompañara al edificio, que buscarÃa dinero y después irÃamos «a las putas». SubÃ, me acosté y me dormà al instante. Desperté al dÃa siguiente con una camiseta nueva, que le regalé a Jairo antes de irme, por su amistad. ¡Gracias, Jairo!
Con Cleo todo se empezó a pudrir por celos y doble vara: ella metió un tipo a la casa, yo hice silencio. El dÃa que hice lo mismo, armó un escándalo de proporciones bÃblicas. Hubo gritos, whisky caro y escenas que no vienen al caso. El clima se volvió irrespirable.
Terminé armando la carpa en el living y durmiendo ahÃ, mientras Celeste44444 —asà se llamaba la dueña en Instagram, como la gata, un claro ejemplo de hasta qué punto el animal controlaba al ser humano— me miraba desde el pasillo como si el intruso fuera yo.

Una noche llegué con una chica y la escondà en la carpa del living. Celeste la olfateó en dos segundos. Se puso adelante, empezó a saltar contra la lona y a maullar como loca… como si quisiera expulsarla de su territorio. Desde adentro de la carpa, la piba no entendÃa nada: ni por qué habÃa una carpa armada en el living ni por qué un gato querÃa echarla de ese lugar. Yo fingà demencia, pero me costaba creer que una gata fuese tan patovica de departamento. En esa casa mandaba ella, no nosotros.

Esa noche, cuando todo se calmó, entendà que Celeste habÃa ganado la guerra. Yo ya estaba de más en esa casa. TodavÃa me quedaban trece dÃas en el contrato, pero prioricé mi paz mental.
Dos dÃas después, me fui de la casa y renté otra habitación en barrio Calasanz. Cleo se enojó, pero no me importaba. La cosa no era con ella, sino con su gata. Jamás volvà a sentir que un animal pudiera tener adentro el alma de un ser humano, atrapada allÃ, pagando el precio por una mala vida.