Para esa época, el francés Antoine llegó a Medellín. Salí con él y sus amigos. Una noche estábamos pelotudeando en la calle y cayó la Policía. Tuvimos que coimearlos para que nos dejaran en paz.
Los franceses vieron la realidad latinoamericana bien de cerca: por poca plata se sacaron el problema de encima.

Yo pasaba los días escribiendo, conociendo gente y saliendo con Felipe o Antoine. Una anécdota de aquellos tiempos ilustra la amabilidad a la que pueden llegar los paisas. Una tarde, por cuestiones de la vida, tenía que desplazarme a unos 7 kilómetros desde mi habitación, pero a esas alturas ya no podía gastar más dinero en nada que no fuera esencial. Las distancias no me asustan, por lo que decidí ir caminando. Salí del edificio donde alquilaba y se me acercó Jairo, el joven que cuidaba autos en la calle.
—¿Pa ónde va, parcero?
—Para el parque de La Milagrosa.
—¿En qué?
—Caminando.
—Pero eso es en la puta mierda y un poco más allá.
—No tengo plata, hermano.
—¿Cómo así que no tiene dinero? Haberlo dicho antes.
Sin dudarlo, Jairo sacó dos mil pesos de su bolsillo. Son sesenta y seis centavos de dólar, que me alcanzaría para tomar el metro y ahorrar la mitad del viaje. Gracias, Jairo. Gracias de corazón, hermano. El cuidacoches dándome dinero. No aceptarlo hubiera sido faltarle el respeto. Más adelante tendría la oportunidad de devolvérselo de alguna forma.

Luego de que Jairo me diera el billete, un coche de la Policía se detuvo junto a nosotros. Dos oficiales se bajaron y me abordaron de inmediato.
—Saque todo lo que tiene en los bolsillos —me ordenaron.
Sin ánimos de discutir, ya que justo en ese momento no estaba haciendo nada ilegal, procedí a retirar mi billetera, el celular, las llaves, la caja de cigarrillos y otras chucherías que guardaba en mis pantalones. Me palparon. Nada. No encontraron nada.
—Ustedes no tienen el poder para hacer esto —les dije, mientras el oficial más viejo revisaba cada compartimiento de la billetera. Estaban seguros de que le estaba comprando droga al naranjita, pero no encontraron nada.
Tras la incómoda situación con los uniformados, me dirigí hacia la estación de metro más cercana. Le pregunté al tipo de la estación cómo debía hacer para llegar hasta el parque.
—Tiene que tomar el transporte hasta la estación Exposiciones, bajarse y montar el integrado 402 que lo deja en todo el parque —respondió.
—Solo tengo dinero para el primer transporte, señor. ¿Sería tan amable de explicarme cómo llegar hasta el parque caminando desde Exposiciones?
—¿Cómo así que no tiene dinero? Haberlo dicho antes.
Me pidió los dos mil pesos, pasó su tarjeta por el lector, sacó otra y me la dio.
—Con esto toma el integrado. Dígale al chofer que lo baje allí.
De esta forma, podría ir gratis hasta el parque gracias a Jairo y al empleado del metro. Gracias, Colombia. Qué país maravilloso. Y no es de rata, no es porque no quisiera gastar lo poco que tenía. Pero gracias a ellos estoy escribiendo sobre la generosidad de los hermanos colombianos.
Pensando en la suerte, me subí al autobús integrado, pero la tarjeta que me dieron no pasaba por la máquina. Le pregunté al chofer del bus cómo podía llegar caminando hasta el parque.
—¿Caminando hasta el parque? Hagamos así, joven. Se va corriendo hasta la próxima parada y lo llevo gratis —ofreció.
Cuando digo que estoy enamorado de Medellín, su gente tiene todo que ver. Que tres personas aleatorias te regalen dinero y pasajes por pura cortesía en un mismo día no sucede en cualquier lugar del mundo.
Cuando me bajé del último colectivo, ya cerca del parque, otra vez la Policía me paró y me revisó todos los bolsillos. Nada. Solo una situación incómoda y evitable.
Y como si Medellín no me hubiera dado ya suficientes sorpresas, al día siguiente visité la Feria de las Flores. Era agosto, y la ciudad estaba llena de colores. La Feria de las Flores es, tal vez, el evento más emblemático de la ciudad. La atracción principal del evento es el desfile de silleteros: señores que cargan grandes arreglos florales en sus espaldas y caminan por las calles de la feria, cerradas por vallas, rodeadas por el público. Según me contaron, cada arreglo floral representa la tradición y la cultura de un barrio o zona en particular. A veces son tan pesados que parece imposible que un viejito pueda cargarlos en la espalda. Mientras caminan, la gente los empuja con gritos: ¡Sí se puede!
Recuerdo estar detrás de una de las vallas, rodeado de gente, y prestar atención a los silleteros que desfilaban. Me fijé en un señor, que debía tener entre 60 y 70 años. Gotas de sudor caían por su frente y brillaban a la luz del sol. Llevaba el ceño fruncido, respiraba con dificultad y se veía forzado a arquear la espalda para soportar el peso del arreglo, que debía tener más de 30 kilos. Aquello parecía difícil. Pero los espectadores parecían darle al amigo silletero una fuerza mística, especial, que despertaba el fuego sagrado que todos llevamos dentro. Me imaginé la mente de ese tipo: «No me puedo caer. No me puedo fallar. El final está cerca. No voy a desplomarme en medio de la gente».

El hombre siguió su camino con la espalda arqueada y dando fuertes resoplidos. Mientras yo estuve allí, ninguno se cayó.
—Vaya —pensé—. Esto es la Feria de las Flores.
En ese lugar conocí a unas personas que me soplaron un dato: una empresa estaba buscando extranjeros o colombianos con pinta de extranjeros para el rodaje de una película internacional. A ellos se les ocurrió que mi cara podría servirle a la producción. Ávido de dinero, no lo dudé: ese mismo día mandé un email con mis datos y algunas fotos de mi Facebook.
Pocos días después, mientras dormía en mi humilde habitación de Calasanz, alguien golpeó la puerta. Venían a sacarme del anonimato.