Una llamada
Era el hijo de Jaime, el dueño del edificio, que me traía el teléfono. Como yo no tenía número colombiano, escribí el del casero cuando mandé por e-mail mis datos para el casting del «filme internacional».
«Te buscan de una película», me dijo el hombre. Eran las ocho de la mañana. Una voz a través del aparato me dijo que, efectivamente, aparecería en una producción internacional, y que ese mismo día debía estar a las cuatro de la tarde para hacer la prueba de vestuario.
Me presenté en dicho lugar a la hora señalada. Los encargados de la ropa contaban con un salón lleno de prendas, etiquetadas al detalle y diferenciadas por año. ¿Quiere camisas? Bueno, tenían todos los tipos de camisas que te puedas imaginar, de los colores y formas más diversas, cada una con una etiqueta que indicaba año y talle. A mí me tocó una camisa color pastel del año 84, un pantalón de vestir gris del 87 y unos zapatos del 83 con su cinturón al tono del 81. A mi entender estaba algo mal vestido, porque la ropa me quedaba demasiado holgada, pero debo reconocer que todo era muy ochentoso.
La perfección se basa en los detalles: en la película, toda la gente vestía ropa de la época, así la cámara no los tomara y nunca salieran en ningún lado. ¿Así que usted se sienta en la última mesa y solo aplaude? No importa, igual tiene que usar cinturón y zapatos de los años 80. Todo debe ser perfecto.
Unos días más tarde, me citaron en un lugar llamado Premium Plaza. Allí tomaríamos el bus que nos llevaría al campo de rodaje.
¿Dónde estoy?
Siempre soy perezoso al despertar, y aquella mañana no fue la excepción. Me tomé mi tiempo para bañarme, vestirme, desayunar y lavarme los dientes. Salí tranquilo y llegué media hora tarde. No hubo problemas: de todos modos, esperamos una hora más antes de partir. Antes, nos informaron que nos llevarían en bus a una finca ubicada en las afueras de Medellín. Me senté junto a un tipo que parecía Jon Snow, de Juego de Tronos.
Hablando con Jon Snow me enteré de que el «filme internacional» no era sino Hecho en América (American Made), una película protagonizada por Tom Cruise. Según los rumores, tal vez Tom Cruise estuviera hoy con nosotros y podríamos conocerlo.
Durante el viaje atravesamos una zona de Medellín donde un puente gigantesco servía de techo para cientos de personas sin hogar, la mayoría con problemas de adicciones. Vi algunas carpas y seres humanos que parecían zombies, arruinados por las drogas. El lugar me pareció espeluznante, una muestra gratis de lo que puede llegar a producir la sociedad contemporánea.
El resto del día fue como un sueño. Luz y oscuridad, las dos caras de una misma moneda.
Avanzamos con el bus por la ciudad y salimos por una típica carretera antioqueña, sinuosa de principio a fin. Por el camino observé infinidad de colinas verdes y casas desparramadas entre el paisaje colombiano.
Los actores que viajaban conmigo conversaban sobre sus apariciones en publicidades, películas o series. A todos los escuché con una sonrisa y todo el mundo derrochaba amabilidad, pero de algún modo seguí pensando en ese siniestro lugar debajo del puente.
Llegamos al set de filmación y nos dieron el almuerzo. Lo curioso era que los estadounidenses comían en un lugar y nosotros en otro, y los mejores platos eran para ellos. Todos se quejaron, yo reí. Bienvenidos al mundo real donde los de arriba comen mejor que los de abajo.
De postre nos dieron granadilla, una fruta que no había probado nunca y que me resultó deliciosa. Jon Snow me dijo que comer una granadilla era como hacerle sexo oral a una mujer. Pedagógico, el lord Comandante de la Guardia Nocturna.
Salí a pasear por el lugar y me fijé en los autos estacionados fuera de la finca. Todos de los años ochenta, algunos descapotables, una coupé, bien lustrados, inmaculados. Daba gusto ver esos autos, esa finca, esa gente, esa ropa, ese lugar. Observé, complacido, algunos caballos que pastaban apacibles por el campo.

Realidad o ficción
Pasan las horas: son las cuatro de la tarde. Trato de ser consciente de que estoy en una finca de Colombia, peinado, maquillado y vestido con ropa de los años ochenta. Es una fiesta del cartel, en una mansión: el patio está en el centro y las habitaciones alrededor. Tomo jugo de manzana en un vaso de whisky. Hay música, tragos, mujeres casi desnudas que sirven frutas y más jugo. Pienso que para los yanquis, todo de México para abajo es narcotráfico. Es curioso, dado que los principales consumidores son ellos.
Jon Snow es ahora mi amigo.
Hay un tipo que se parece a Pablo Escobar. Es Mauricio Mejía, el actor que hizo de Pablo joven en la serie El Patrón del Mal. Está fumando un habano. Se acerca y me lo ofrece. Es un Montecristo, de primera calidad. Gracias, Pablo.
Fumo.
De repente, apareció Tom Cruise. Noté al instante que era un poco más bajo que yo, con ojos color cielo y su sonrisa perfecta. Ni una arruga en la cara. El tipo es real, un ser humano común, corriente y bastante amable. Se tomó el tiempo para saludar a todos los colombianos que fueron a hablarle y dijo «nice to meet you» unas setenta y cinco veces. Jamás dejó de sonreír. La verdad, me pareció muy paciente. Al igual que Sara Wright, la actriz de la película que lo acompañaba. Los dos me cayeron muy bien.
Comenzamos a rodar una y otra vez la misma escena: Tom Cruise y Sara Wright caminan desde la puerta principal de la mansión, pasan por el salón y se dirigen al centro del patio. Ambos pasan delante de mí, seguidos por una cámara que debe costar decenas de miles de dólares. Los actores saludan a unos sacerdotes y a otros mafiosos. Yo soy mafioso también, pero uno de poca monta que ni siquiera tiene nombre, solo apellido: Ochoa. Yo soy un Ochoa.
Aquel día conocí a Tom Cruise. Pocos días antes estaba haciendo dedo en Perú.
Sigue la fiesta, la música suena suave. Niños corren a mi alrededor, mujeres semidesnudas sirven tragos, frutas y cigarrillos. La gente charla entre sí. Era una fiesta del cartel. Mi compañero de charla es Jon Snow. ¿Es esto real? Por enésima vez, Tom y Sara entran a la casa por la puerta principal y atraviesan el salón. Luego saludan a unos sacerdotes, le dan la mano a Pablo Escobar y a sus cómplices. Todo se repite.
No puedo creer lo que estoy viendo, disfruto a cada segundo. Una señora de unos cincuenta años me sonríe y me pregunta en voz baja de dónde soy. Tiene un collar de perlas de fantasía y un vestido floreado. La gente camina sin rumbo, el murmullo es constante.
Siento que una brisa me despeina y el aroma de los caballos recién cepillados me envuelve otra vez. Una yegua baya, un potro negro, otro overo. Quisiera montar a los tres. Me pregunto quiénes serán los dueños de la finca, de los autos y de los caballos. Estoy en los años ochenta, una época que jamás viví salvo en ese momento. Esto es un viaje en el tiempo, aunque las horas parecen haberse detenido. El paisaje es surreal. ¿Por qué me hicieron dejar el celular? Quiero fotografiar todo. Recuerdo a mis amigos, a mis padres y al pueblo donde nací. ¿Yo, en una producción de Hollywood?
Me pellizco para descartar la posibilidad de estar soñando. Duele. Estoy en la realidad, no caben dudas. Miro a Tom Cruise a los ojos, unos ojos hermosos, celestes, llenos de vida. Debe tener más de cincuenta años y está hecho una pinturita, el señor Misión Imposible. Pasa por mi lado y me roza el brazo. Vuelvo a pellizcarme: no hay duda, esta es la realidad.
Volver
Todo ese día me pareció un sueño. Años después, cuando me vi en la pantalla, supe que no lo había imaginado. Que yo también estuve ahí, en esa película de narcos, en esa mansión de las afueras de Medellín, junto a Tom Cruise, un tipo que se parecía a Jon Snow y una señora con un collar de perlas de fantasía.
A las once de la noche se terminó. Devolvimos la ropa y regresamos a Medellín. En el camino, los actores se quejaban por la paga: 20 dólares por un día de trabajo. Aquello no era vida.
Yo lo hubiera hecho gratis. Hubiera pagado por vivir esa experiencia.
Al día siguiente grabamos de nuevo, esta vez sin Tom Cruise. Otra vez Pablo Escobar, otra vez la cultura narco. Para los yanquis, lo único que sabemos hacer los hispanos es venderles droga a ellos, los superconsumidores.
Y aquí termina mi breve participación —pero no por ello carente de emociones— en películas de mafia con estrellas de Hollywood.

Después del rodaje, mi viaje por Colombia llegó a su fin. Era momento de seguir avanzando. Dejar Medellín me produjo nostalgia. Felipe me hizo escuchar una canción de Los Visconti, que dice así:
Soñando entre esas flores que cultivan
Colombia quiero amarte y no partir
no en vano al Medellín de tus orquídeas
Gardel mi hermano, vino a morir
En Medellín se escucha mucho tango, tal vez más que en Argentina. Y el departamento de Celeste quedaba a pocas cuadras del aeropuerto donde murió el legendario Carlos Gardel.
Mi padre vino desde Argentina. Le encantó Medellín. Fuimos a Cartagena y por primera vez en mi vida me subí a un avión. En Cartagena pasaron dos cosas: 1) el calor era sofocante al punto de que no se podía respirar y 2) conocí el mar Caribe y me bañé en las mejores playas que conocí en mi vida.
Mi viejo miraba el mar como un adolescente. Yo lo miraba a él. Diez días después, regresó a su país. Yo debía seguir mi viaje hacia el norte.
Me quedaban 150 dólares, el 10% de mi presupuesto inicial. En algún punto, necesitaba quedarme sin dinero. Sabía que allí comenzaría la verdadera aventura.
Cuando ya no queda nada es cuando de verdad empieza lo que uno viene a buscar.
N. de A.: Para el lector que quiera comprobar si no estoy chamuyando: salgo dos veces en American Made. En una escena estoy parado al costado, con camisa pastel. En otra aparezco afuera de una cárcel, esperando por otro falso narco, mezclado entre «familiares» y extras. Dos días de rodaje, dos escenas, cuarenta dólares en el bolsillo. Y repito: lo hubiera hecho gratis. Habría pagado por vivir esos dos días en Colombia.
