Esperamos quince minutos a un costado de la autopista hasta que un colombiano frenó y dio la vuelta para llevarnos. Nos compró comida y nos dijo que iba hasta David, ciudad ubicada en el extremo norte del paĆs. Aquello era fantĆ”stico. ĀæSe puede ser tan genial en la vida? SĆ se puede, si no, miren al colombiano.
Viajamos escuchando Soda Stereo, una banda mĆ”s que famosa en todo el continente. Aquel trayecto fue divertido, y nosotros no podĆamos creer nuestra suerte. El colombiano nos dijo que su mujer era abogada y muy hermosa, pero que todo estaba mal porque ella le habĆa descubierto una infidelidad. AƱadió que se arrepentĆa y que le sorprendĆa que ella aĆŗn no lo hubiese dejado. Ā«Me descubrió un mensaje que decĆa Ā«Vos solo querĆ©s culiar»». Madre mĆa, cómo nos reĆmos a carcajadas con ese rolo.
Llegamos a David casi de noche, despuĆ©s de viajar todo el dĆa. El seƱor Blanco āasĆ se llamaba el amabilĆsimo colombiano-panameƱoā nos explicó que podrĆamos dormir en la casa de un amigo suyo que no estaba.

Pero al llegar, un olor nauseabundo invadĆa cada rincón de la casa. No tardamos en descubrir la fuente del hedor: un gato quedó encerrado en una de las habitaciones y murió allĆ. Aquel animal tuvo un final espantoso. Imagino cuĆ”nto tiempo pasó en esa habitación, desesperado de sed y de hambre, hasta que le llegó la muerte, cuando ya no quedaba nada que arrebatarle.
Atención: contenido sensible

Eduardo bautizó al pobre animal como Bigotes, y asĆ lo recordamos. ĀæSabĆa el seƱor Blanco lo del gato y por eso nos recogió? ĀæPara que lo ayudĆ”ramos a limpiar? No lo sĆ©. No puedo asegurarlo ni desmentirlo. Pero esto es responsabilidad de un ser humano, por acción u omisión.
Limpiamos el desastre entre arcadas y gestos de desaprobación. Aún se notaba el cuero del lomo del animal, el resto era una masa casi homogénea, verde y putrefacta. Aquel olor a muerte nunca se fue del todo, por mÔs desinfectante de limón que utilizÔramos.
Poco mÔs sucedió en David. Esa noche salà a pasear por la ciudad. La temperatura, la humedad, el viento: todo era excelente. Algunas casas se alumbraban con tenues luces. Allà se respiraba tranquilidad. Me senté a fumar en una plaza y me crucé con una señora china que caminaba por las calles desiertas de aquella ciudad panameña. Caminaba sola por una ciudad perdida. Yo también.

Como Bigotes. Como todos.
MirĆ© a la seƱora china. Ella me miró. Nuestros ojos se cruzaron por un segundo. Y todo terminó. JamĆ”s volvĆ a verla. Es curioso: la gran mayorĆa de las interacciones que los seres humanos tienen entre sĆ son idĆ©nticas a la que yo tuve aquel dĆa de fines de septiembre en PanamĆ”. Como con una seƱora china, que jamĆ”s conocerĆ© ni me conocerĆ”.
Me invadió una sensación de tristeza. No lloré, pero estuve cerca. La vida es cruel. No a veces: con frecuencia.

Me fui a dormir.
Al dĆa siguiente nos levantamos temprano. El seƱor Blanco nos llevó hasta la frontera, aunque no tenĆa necesidad de hacerlo.
Mientras cruzĆ”bamos el lĆmite entre paĆses, no pude evitar pensar en aquel pobre gato. Nosotros nos alejamos de David, pero Bigotes siguió ahĆ, encerrado en nuestra memoria. Algunas puertas se abren tarde. Otras, nunca. Imagino a aquel gato atrapado en aquella habitación, luchando hasta el Ćŗltimo aliento.
Tal vez la vida sea eso. En aquel momento pensƩ que todos somos un poco como Bigotes, atrapados sin salida. Algunos entre cuatro paredes, otros dentro de nuestras cabezas. Solo queda esperar que, cuando estemos en nuestro peor momento, tengamos la fortaleza de liberarnos. O que alguien nos abra la puerta.
Cruzamos la frontera por Paso Canoas āque tambiĆ©n estaba llena de cubanosā y continuamos la aventura, esta vez rumbo a Costa Rica.
Adiós, Bigotes. DescansÔ en paz, pobre bestia.