Este lugar es sombrío. Espeluznante. Una oscura sombra parece cubrir cada rincón de la ciudad y no puedo evitar sentir que también se oscurece un poco mi alma. Son las 7 de la tarde y escribo desde la barra del Happy House Hostel, el último lugar que recomendaría en el universo.
A mi lado hay dos canadienses hablando en inglés. Son los únicos que, hasta ahora, me caen bien. Uno me vio fumando mientras comía naranjas y me tiró la obviedad más amable del mundo: las naranjas me hacen bien, el tabaco no. Gracias, amigo. Se agradece el gesto.
El resto de la gente no parece tener amor por la vida. Por ejemplo, un norteamericano de mirada perdida que hoy por la tarde intentó venderme marihuana. La gente que quiere venderme drogas sin conocerme entra directo en mi categoría de “indeseable”.
Otro personaje nefasto es Alberto, el administrador del hostel. Acabo de preguntarle su nombre. Está a dos metros de mí, cargando agua del bidón. Es un gordo que vende porro y fuma todo el día. Tiene tan grabado el dinero en la cabeza que su actitud termina siendo contraproducente, incluso en términos económicos. Como decía Facundo Cabral: «Si los malos supieran qué buen negocio es ser bueno, serían buenos, aunque fuera por negocio».
En el hostel hay una biblioteca pequeña. Le pregunté al gordo desagradable si podía intercambiar un libro, como se hace en cualquier lugar decente. Me quiso cobrar por hacerlo. Dos dólares. ¡Gordo hijo de puta! Por llevarme un libro viejo en inglés y dejar uno casi nuevo en español. Me dio bronca. Me dio asco. Me dieron ganas de irme.
Mi amigo Pablo está acá, el porteño. Iba a quedarse varios días en el hostel, pero se irá porque Alberto lo presiona todo el tiempo con la guita. Para hacerse unos mangos, vende empanadas que él mismo cocina. Yo no le compro, pero lo acompaño a repartir. Algunos gringos sí le compran, e incluso lo reconocen como el «vendedor de empanadas».

En San Juan del Sur también conocí a Gonzalo, un mochilero argentino que se dio la vuelta al mundo haciendo dedo. En el hostel donde duerme Gonzalo, la dueña toma cocaína frente a los clientes. Dos chicas fueron a pedir alojamiento, y la mujer les dijo que si tenían sexo con ella, no les cobraba la habitación. Las chicas dijeron que no y se fueron, según me comentó el simpático mochilero.
Me causa gracia la forma en que Gonzalo viaja. Es capaz de tomarse dos Coca-Colas de un dólar cada una, pero después hace dedo para recorrer distancias cortas, como veinte kilómetros. El pasaje en autobús para ese trayecto cuesta menos que las gaseosas. No tiene sentido, según mi punto de vista, gastar en gaseosas para después estar parado en la ruta, con todas tus cosas, al rayo del sol. Pero yo no soy nadie para decirle a Gonzalo qué tiene que hacer con su vida, por lo que me trago mis palabras. En esta vida aprendí a no dar consejos cuando no son pedidos. También me gustaría decir que aprendí a no opinar donde no me piden opinión, pero aún estoy perfeccionando esta habilidad.
En el hostel hay una pareja de mexicanos que viaja en bici. Mientras él duerme en la habitación, ella quiere serle infiel con alguno de los huéspedes. La miro con desaprobación, pero no digo nada. No corresponde. Son ellos los que arrastran su relación a pedal. No es asunto mío.
Hoy fui a la playa, y al menos cinco personas distintas me ofrecieron drogas. Después me metí en el mar, y debo reconocer que el océano Pacífico me dio una paliza. Tras nadar durante media hora, salí del agua cansado y adolorido. Aquellas olas no son broma.

En las tiendas, la gente no sonríe. En un negocio pregunté el precio de un jugo de piña, y sin querer, lo dejé caer al suelo. No pasó nada, ni se rompió, pero los empleados quisieron cobrármelo igual. Les dije que no solo no lo iba a pagar: tampoco iba a comprarles nada, por tratarme así.
Esta ciudad tiene una energía pesada, apenas neutralizada por la presencia eterna del océano. Como si un monstruo sin correa acampara a sus anchas en San Juan del Sur. Me siento atrapado en un lugar que parece sacado de una pesadilla. Tengo que quedarme aquí porque ya pagué hasta el domingo, pero si pudiera, me iría mañana mismo. Nadie me cae bien.
Mal comienzo en Nicaragua. Intento no dejar que me afecte, pero es difícil. Al menos tengo el mar. En los lugares más oscuros, siempre hay algo que te arrastra desde el fondo y te obliga a seguir adelante.
