Hablar de San Juan del Sur me obliga a hablar de Josh.
Lo conocí en mi segundo día en la ciudad. Estaba sentado afuera del hostel, junto a otra persona cuyo rostro no recuerdo. Yo volvía de la playa, después de que la furia del Pacífico azotara mi cuerpo y me dejara exhausto. El que le puso Pacífico al océano debió haber sido un terrible psicópata.
Aquel hombre tenía la mirada perdida y una tonta sonrisa se le dibujaba en la cara. Le tendí la mano para saludarlo, casi por instinto. Josh (cuyo nombre aún yo no conocía) respondió con un débil apretón, casi inexistente. Es como si su mano hubiera perdido toda voluntad y fuese incapaz de ejercer ninguna fuerza. El hombre levantó su rostro, me miró con una expresión estúpida y se quedó mirando hacia el vacío.
Esa fue mi primera experiencia con él. Recuerdo advertir que estaba drogado, y la sensación de su torpe mano estrechándose con la mía quedó dando vueltas por mis pensamientos durante unos instantes.
Al día siguiente, Josh me preguntó si quería comprar marihuana. En aquel momento lo descarté al instante, como suelo hacer con las personas que intentan venderme drogas sin que yo les pida. No deseo que esa gente forme parte de mi vida, por lo general, solo traen problemas.
Más tarde volví a verlo. Yo estaba sentado en la sala principal del hostel junto a Gonzalo, el mochilero argentino, y otros huéspedes. Josh me saludó, se sentó junto a mí y comenzamos a hablar.
Me contó que era de Florida. Le pregunté si conocía el lugar «Cayo Hueso» y lo negó. Pero sí ubicaba Key West, el mismo sitio con nombre en inglés. Josh vivía en Nicaragua desde el año 2010 y casi no hablaba español. Podía decir cosas como “una cerveza, por favor”, “arroz” y “mantequilla”, pero no mucho más. Aquella noche tomamos algunas cervezas y le mostré mi lata de Brahma. Le comenté, al pasar, que aquella marca era de Brasil.
—Tómame una foto y envíamela al Facebook por favor. Mi novia es brasilera y voy a mandársela.
—Así que estás enamorado.
—Claro. Ella es mi chica.
Le tomé algunas fotos, me pasó su Facebook y se las envié.


Nuestra conversación no tuvo nada especial, fue apenas una charla habitual de hostel.
Lo vi un par de veces más. Josh nunca parecía estar consciente. Siempre inmerso en su mundo, con frecuencia no prestaba atención al entorno ni a la gente que lo rodeaba. Una vez lo vi en la cocina. Quería calentar su arroz con frijoles, pero a duras penas podía estar parado, mucho menos coordinar que tenía que abrir la hornalla y encender el fuego al mismo tiempo. En ese estado no solo era un peligro para sí mismo, sino para los que vivíamos con él. Lo ayudé a prender la hornalla y me agradeció. “Mantequilla”, dijo, y se quedó mirando al horizonte.
Poco tiempo después, tuvimos la siguiente charla.
—Hey Josh, quisiera saber qué droga estás usando para quedar así.
—Ketamina.
Pronunció «keramain». Me costó entenderlo. Josh casi no hablaba español.
—¿Y eso?
—Me gustaría tener heroína, pero lo único que puedo conseguir aquí es ketamina. Yo me fui de los Estados Unidos por mi adicción a la heroína.
—¿Y cómo se consume la ketamina?
—Mucha gente lo aspira, pero yo me lo inyecto intramuscular. Es más puro.
No volví a hablarle. Tal vez lo vi otra vez. No importa. Ya era un fantasma.
Josh murió de sobredosis de ketamina unos 20 días después, según escribieron en Facebook. Lo encontraron sin vida en su habitación, en el mismo hostel donde lo conocí. Incluso recuerdo su habitación: desordenada… abandonada.
Algunas personas escribieron publicaciones en su muro, del estilo: “Hermano, no puedo creerlo, te vamos a extrañar”. La noticia me impactó. Era muy triste.
Me hubiera gustado poder ayudarlo o intentar evitar su muerte de alguna forma. O quizás simplemente decirle: “Amigo, tenés que dejar de drogarte así, te vas a morir”. Tal vez no sirviera de nada, pero al menos no tendría este cargo de conciencia de saber que tal vez pude, al menos, decir algunas palabras. No lo hice.
Tras leer los comentarios de su muro, decidí subir las fotos que le saqué. Horas después, la madre de Josh comentó mi publicación:
Traduzco del inglés: «Muchísimas gracias por compartir esta foto y tus memorias positivas de mi hijo. Amo verlo tan feliz. Me encanta que haya sido bendecido con tantos amigos que lo quisieron y lo cuidaron. Ciertamente él fue un alma aventurera, que trajo un montón de felicidad donde quiera que haya ido. Gracias de nuevo por compartir. Siéntete libre de contactarnos, o a cualquiera de sus hermanos, en cualquier momento. Amor y bendiciones».
Me corre un escalofrío de pensar en mi propia madre escribiendo algo así. No, mamá, te juro que no. No de esa manera.
En Facebook, el hermano escribió que ‘sabía que este día iba a llegar’. Que Josh vivió para la aventura. Que en Centroamérica parecía haber encontrado algo de paz, hasta que ‘sus demonios lo alcanzaron’.
De Josh aprendí que las drogas te pueden matar. Y que no basta con compadecer a los demás. A veces, una palabra a tiempo puede hacer alguna diferencia. ¿O no? No lo sé. De verdad no lo sé. ¿Dónde estará Josh ahora? ¿En el cielo? ¿En el infierno? ¿En la nada de la no existencia? ¿Deambulará su fantasma por las habitaciones de un hostel nicaragüense de mala muerte?
Dios sabe. Yo tal vez nunca lo sepa, pero espero que, donde sea que esté, Josh haya encontrado una paz que no logró en esta vida. Aunque yo no estaría en paz sabiendo el dolor que eso le causó a mi madre.
Diez años después de la muerte de Josh, ya casi no hay nuevas publicaciones. Solo su mamá y sus hermanos lo recuerdan el día de su cumpleaños.
Descansa en paz, Josh.
