A medida que subía por el continente, muchos me hablaron de Honduras y de El Salvador. Que eran países pobres y difíciles de transitar. Que ni se me ocurriera pisar. Siempre me decían lo mismo: para allá no, es peligroso.
Pero estando en San Juan del Sur, solo tenía la certeza de que debía seguir mi viaje hacia el norte. Con mis manos, mi mente y mis magros bolsillos decidí encarar para El Salvador, atravesando algunos kilómetros de Honduras, siempre del lado del Pacífico.
Más pequeño que Tucumán y con más gente que Córdoba y Santa Fe juntas, El Salvador es una de las naciones con más densidad de población de todo el continente americano.

En el año 2015, esta república era uno de los lugares más violentos del mundo, con una tasa mayor a 100 homicidios cada 100.000 habitantes según cifras de la época. En Argentina el promedio anual es de 5,5 homicidios cada 100.000, y eso que Argentina no es precisamente un capítulo de Heidi.
Se calcula que de 20 a 30 personas morían asesinadas por día en El Salvador durante ese año. ¿Cómo se explica tanta violencia?
En los años 70, en tiempos de Guerra Fría, el enfrentamiento entre capitalismo y comunismo llegó a Centroamérica. El método argentino de represión fue tan «eficaz» que los Estados Unidos pidió que lo exportáramos. Especialmente en lo referido a ‘tácticas de inteligencia’ y ‘combate contrainsurgente’. Eso significaba: secuestro, tortura y desaparición de personas con el objetivo de erradicar al marxismo del continente. El triunfo sandinista en Nicaragua, en 1979, encendió las alarmas del bloque occidental.
Los marxistas también usaron métodos terroristas para hacerse con el poder, incluso contra gobiernos democráticos. Fue una guerra sucia de todos lados, sin buenos ni malos absolutos. La historia del siglo XX, hermanos, no voy a contar nada nuevo acá. No es el lugar ni mi intención.

Fue entonces que empezaron a llegar denuncias internacionales contra militares argentinos operando en Centroamérica.
Roberto Eduardo Viola encabezó las operaciones en la zona. Hubo cerca de cincuenta oficiales nuestros entrenando tropas salvadoreñas y hondureñas. Vernon Walters, jefe de la CIA, se reunió con Viola. En una carta de 1981 escribió: “El ejército argentino claramente emprendió una importante actividad y haría más. Pidió intercambio regular de información sobre la zona y mantener reuniones para definir exactamente qué es lo que quisiéramos que haga. Todo lo que tenemos que hacer es decirle qué hacer”.
También exportamos combatientes del ERP y Montoneros: Gorriarán Merlo, Firmenich y Vaca Narvaja, entre otros, operaron sobre todo en Nicaragua.
Las consecuencias de esa guerra aún se sentían en el país cuando mis pies de mochilero lo pisaron en el año 2015. En El Salvador, más de setenta y cinco mil personas fueron asesinadas durante la guerra. Decenas de miles resultaron heridas, algunas incapacitadas de por vida. Miles quedaron con graves secuelas psicológicas, producto de las violaciones, torturas, tormentos y vejaciones a los que fueron sometidos. También se destruyó la poca infraestructura que había: cayeron puentes, rutas, torres de transmisión eléctrica. Se fugaron capitales y centenares de empresas quebraron.
Un desastre.
También se pagó un precio muy alto desde el punto de vista social. Miles de armas de guerra, como granadas de mano y rifles automáticos, quedaron en manos de la población civil de forma descontrolada.

Esta situación de violencia y extrema pobreza derivó en que muchos salvadoreños, hondureños y guatemaltecos decidieran emigrar a los Estados Unidos en busca de una vida mejor. Muchos cayeron en la droga y el delito. Es entonces cuando surgen las “pandillas” o “maras”. Las actividades de estos grupos criminales van desde la venta de drogas y de armas hasta el secuestro, la extorsión, los robos y asesinatos por encargo.
Cuando esa violencia apareció en las calles, Estados Unidos respondió con redadas y deportaciones masivas. Miles de pandilleros con antecedentes fueron devueltos a sus países.
¿El resultado?
Uno abre un diario en El Salvador y los titulares son muertos, muertos y más muertos. Casi todos jóvenes de entre 15 y 25 años. La gente vive con miedo. Las balas perdidas no distinguen hora ni lugar. A las seis de la tarde, cuando oscurece, todo el mundo se encierra.
Muchas veces da la sensación de que no hay voluntad política para frenar el crimen. Porque el delito también es negocio: seguridad privada, secuestros, tráfico de armas, drogas. La clase dirigente se enriquece sin consecuencias. Sin instituciones sólidas ni estabilidad económica, nadie invierte. Y entonces las pandillas matan, la policía mata, el ejército mata, la economía no arranca y la gente tiene miedo.

¿Creen que exagero? Buscá en Google “Violencia en el Salvador” y mirá los resultados. Es difícil de creer que haya gente en este mundo que viva y muera de esa manera. Uno va a un bar cualquiera en El Salvador y en la puerta hay dos tipos con chaleco antibalas y fusiles M-16 en la mano.
En ese marco aparezco yo: un argentino con la cara y el cuerpo quemados por el sol, sucio, barbudo, hambriento, y con nueve dólares en el bolsillo. Crucé caminando la frontera a las seis de la tarde, cuando el sol se derrumbaba detrás de los cerros de El Amatillo, el pueblo limítrofe entre Honduras y El Salvador.
Y otra vez, como siempre, yo iba hacia ese lugar del que todos huían.
NdA: La situación de El Salvador cambió drásticamente desde la llegada de Nayib Bukele a la presidencia. Sin ánimos de hacer política en este blog, mis amigos salvadoreños tienen una opinión positiva del mandatario. Como sea, la situación era bastante grave cuando yo llegué al país en 2015. Entiendo que ahora está mucho mejor.
