Luna salvadoreƱa

CrucĆ© la frontera entre Honduras y El Salvador con nueve dólares en el bolsillo. En el camino, varias personas se sorprendieron con mi aspecto de extranjero y me recomendaron que no siguiera adelante y que regresara a casa lo antes posible. 

—No vale la pena —me dijo un hondureƱo con el que crucĆ© algunas palabras. 

—No pasa nada —respondĆ­, tratando de demostrar seguridad y no entrar en una crisis nerviosa. SentĆ­ el subidón de adrenalina que provoca un peligro inminente.

Me sellaron el pasaporte en la frontera y le pregunté al funcionario si existía algún lugar donde podría dormir aquella noche sin pagar alojamiento. Me dijo que mÔs adelante había una iglesia, que preguntara allí.

TenĆ­a hambre. Aquel dĆ­a no habĆ­a comido, salvo una taza de cafĆ© poco despuĆ©s del amanecer. 

CaminƩ hacia el norte por la calle principal de El Amatillo, pues tal era el nombre del pueblo donde me encontraba. El sol estaba a punto de ocultarse.

Minutos después, divisé un curioso cartel ubicado al costado de la puerta principal de un edificio bajo y sin revocar. «Dormida gratis», podía leerse en la inscripción. Era una iglesia cristiana. No lo dudé, pues no tenía opción. La frase «Dormida gratis» me pareció graciosa, pero se entendía. Era ahí.

Golpeé las manos. Un hombre de unos cuarenta y pico de años salió a recibirme.

—Buenas noches, amigo —dijo el paisano con una sonrisa—. ĀæEn quĆ© puedo ayudarle?

—Necesito un lugar donde pasar la noche. 

—Claro que sĆ­. AquĆ­ hay dormida gratis. Entre.

No era gratis la dormida. El hombre me pidió cinco dólares, pero yo no estaba dispuesto a gastar mis últimas reservas. Al final, terminé dÔndole mi termo a cambio de tres días de alojamiento. Estuvimos de acuerdo en que era un trato justo.

Por esa noche podrĆ­a dormir en una cama, pero el resto de los dĆ­as debĆ­a descansar en una hamaca paraguaya. No me importó. Estaba tan cansado que hasta el piso me parecĆ­a una opción vĆ”lida. 

Una vez instalado, el estómago me rugió con furia. Necesitaba comer. Justo enfrente de la iglesia se encontraba una tienda que estaba por cerrar. Sin pensarlo, entré y hablé con la señora encargada.

—Buenas noches, seƱora. Tengo hambre. Deme lo que tenga por un dólar —roguĆ©.

—SiĆ©ntese, hijo —respondió.

En pocos minutos la seƱora puso delante de mis ojos un aguacate, algo de queso cuajado, plƔtano y arroz. La comida me supo a gloria. Algunas lƔgrimas cayeron por mi rostro. Tenƭa hambre. No la de quienes pasan aƱos sobreviviendo, sino la de no saber si vas a comer ese dƭa.

De esta experiencia aprendĆ­ a entender y valorar lo afortunados que somos cada vez que tenemos un plato de comida en la mesa.

Tres noches pasé en el Ministerio de las Águilas del Pentecostés, a cargo del pastor evangélico Dilber Blanco. Al día siguiente ayudé a pintar la iglesia de amarillo, y el pastor me recompensó con pescado y arroz.

En ese lugar conocĆ­ a Enoc, Javier y Yalmar, tres nicaragüenses que me llevaron a conocer su mundo: el rĆ­o, las calles, los barrios.Ā Eran vendedores ambulantes de helado. Me invitaron unas cervezas. La gente mĆ”s humilde suele ser la que mĆ”s comparte. Aquellas personas, que vivĆ­an en el segundo paĆ­s mĆ”s violento del mundo —despuĆ©s de Siria, segĆŗn cifras de la Ć©poca—, no dudaron en compartir lo poco que tenĆ­an con un viajero del camino que conocieron el dĆ­a anterior.

Enoc, yo, Javier y Yalmar.
Enoc, yo, Javier y Yalmar.

Es difĆ­cil hablar de pobreza para los argentinos, un paĆ­s donde la gente hace sus necesidades en agua limpia… y al terminar tira mĆ”s agua limpia. En El Salvador me baƱƩ con un balde y el agua de un piletón. El inodoro debĆ­a ser blanco, pero para ese entonces habĆ­a adquirido una tonalidad marrón, con decenas de papeles de diario desparramados alrededor.Ā 

Una tarde encontrƩ tirada una camiseta de Boca, al costado de la iglesia. Aquello parecƭa un basural. Habƭa chanchos y serpientes entre bolsas de plƔstico, paƱales y mierda.

Aquel lugar era realmente pobre. Pobre y peligroso. Pero yo estaba feliz. NadĆ© un rato en el rĆ­o. Encontramos una serpiente perdida entre la basura. 

Algo que me impactó fue que a las nueve de la noche el país entero se paraba para ver por televisión los resultados de un sorteo. Para muchos, la única posibilidad de ascenso social radica en ganarse la lotería.

Pintando la iglesia.

También me sorprendió el modo de dar culto. El pastor Dilber comenzaba el sermón a las seis de la mañana. Su voz era amplificada por parlantes que no estaban ubicados dentro de la iglesia, sino fuera. El pastor le hablaba a todo el pueblo en estos términos:

—Gloria a Dios y al seƱor JesĆŗs. Queremos agradecer a la seƱora Patricia que donó frazadas para que podamos atender a los huĆ©spedes de nuestra humilde iglesia. Que la bendición de Dios caiga sobre la seƱora Patricia, su esposo Roberto y toda la familia GonzĆ”lez.

—¿Dónde estarĆ” el seƱor Felipe Castro? Hace mucho tiempo que no viene a la iglesia. Que el EspĆ­ritu Santo bendiga al seƱor Castro para que deje el trago y vuelva a acercarse al SeƱor. Alabado sea Cristo.

Creo que quedó bastante bien.
Creo que quedó bastante bien. Como un recordatorio de que Ucrania me esperaba.

Quitando el hecho de que el pastor Dilber Blanco comenzaba a hablar a las seis de la maƱana, cuando yo reciƩn iba por el tercer sueƱo, opino que en general el mensaje era bastante positivo, cercano a los deseos y necesidades de la gente del lugar.

—Dios quiere verlos bien vestidos, con carro, con una casa linda. Dios quiere que ustedes trabajen, que vivan bien, que no caigan en las garras del maligno que se manifiesta a travĆ©s del vicio. Gloria a Dios.

Una de esas noches me recostƩ en una hamaca y mirƩ por la ventana. Tras los barrotes pude ver la luna llena, salvadoreƱa, que me sonreƭa desde el cielo con la sonrisa de mi hermana.

—Gracias, flaca —dije en voz alta antes de cerrar los ojos y caer en un sueƱo profundo.

Luna salvadoreƱa.

NdA: Lo de la camiseta de Boca no es chiste. Cuando la vi tirada, me di cuenta lo grande que es Boca. Y tambiĆ©n que los chanchos se sienten mĆ”s cómodos en los chiqueros. 

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