Los nicaragüenses no querían que me fuera. Eran vendedores de helado y me insistían en que me quedara trabajando con ellos. Pero yo debía seguir. México era mi meta. Allí me esperaba Luis, el amigo que conocí en Panamá, que prometió ayudarme con trabajo. Además, tenía que demostrarme que podía llegar hasta allí, incluso sin dinero.
Recordando a los nicaragüenses, me viene a la mente una anécdota que explica por qué nos hicimos amigos.
Apenas llegué, cuando los conocí, sentí un poco de desconfianza. No por nada, sino porque con frecuencia Enoc y Yalmar decían que Javier era «culero», es decir, le gustaba que lo penetraran. Aquello era algo peligroso, por lo que era mejor andar con cuidado.
—Este es culero —decía Enoc, señalando a Yalmar y haciendo un gesto que consiste en introducir el dedo índice de una mano en un círculo formado por el pulgar y el índice de la otra. —Le gusta que se la metan.

Lo dijo varias veces, con una sonrisa en la boca, y elegí no responder a tamañas declaraciones. Pero más tarde, me invitaron a conocer el lugar donde dormían. Dudé, pero entré. Había algunas hamacas colgadas y poco más. Con mucha seriedad, los miré a los ojos y pregunté:
—¿Acá es donde se culean entre ustedes?
Madre mía, cómo se rieron aquellos nicaragüenses. Me los metí en el bolsillo. Nunca supe si Yalmar de verdad era culero, pero no importaba. Aquellos hombres se convirtieron en mis amigos durante el tiempo que estuve en la Iglesia de las Águilas del Pentecostés.
Una tarde, luego de arreglar algunos muebles que estaban en mal estado, nos sentamos con Javier a la orilla de la Ruta Panamericana, que pasa frente a la iglesia. Minutos después vimos cómo la mala maniobra de un camionero provocó que el acoplado de su vehículo impactara contra la copa de un árbol y que algunas ramas quedaran desperdigadas por el asfalto.
Sin pensarlo, dimos un salto y corrimos para ayudar al camionero a retirar las ramas.

El camionero se llamaba Rolando Ángel. Era guatemalteco y se dirigía a la capital de su país. Una vez que la ruta quedó otra vez despejada, el hombre compró dos botellas de Coca-Cola para Javier y para mí. El dulce sabor del trabajo. Mientras bebíamos nuestros refrescos, le pregunté con amabilidad:
—Señor Ángel, yo soy argentino y me dirijo hacia la Ciudad de México. Disculpe el atrevimiento, pero quería preguntarle si usted sería tan amable de acercarme un poco más a mi destino. Prometo que no seré una molestia.
Sin pensárselo mucho, el camionero accedió con una condición:
—Esta noche dormiré aquí, y mañana partiré a las 7. Si estás a esa hora, te llevo. Más tarde no.
La ciudad de Guatemala quedaba a casi 500 kilómetros de El Amatillo. Aquello era excelente.
Esa noche me despedí de mis amigos y nos dimos un abrazo como si los conociera de toda la vida. Gente que no tenía nada, solo ganas de trabajar y progresar para alimentar a sus familias y tener una vida mejor.
Al día siguiente partimos bien temprano con Ángel, que me contó su historia de vida. Un detalle que recuerdo es el trágico final de su nieto, secuestrado por la Mara Salvatrucha.
—Tenía 17 años. Lo secuestraron cuando salía de la escuela. Pidieron un rescate, lo pagamos e igual lo mataron. Lo ahorcaron con su propia corbata —añadió el camionero.
No supe qué decir.

De acuerdo con sus palabras, los asesinos fueron capturados y él tuvo la oportunidad de hacer lo que quisiera con ellos.
—Los agarraron, los metieron en una celda y nos llamaron. Nos dijeron que hiciéramos lo que quisiéramos, que los matáramos si queríamos. No les hice nada. No podía mirarlos a la cara. Nada de lo que yo les hiciera me devolvería la vida de mi nieto, y tampoco me quise arruinar la vida —lamentó.
Esa noche dormí debajo del camión, en una hamaca paraguaya atada al paragolpes. En Argentina mi abuela se preocupaba porque mi somier tuviera cubrecolchón y mi mamá lavaba las sábanas con suavizante. En Guatemala dormí colgado debajo del chasis de un camión. ¿Adiviná dónde tenía insomnio?
Uno aprende rápido lo poco que se necesita para estar en paz. Basta con tener un sueño y estar en camino.

Como no tenía Internet, decidí ver un poco el celular antes de dormir y descubrí que podía configurar el fondo de pantalla. Elegí un tema electrónico. Ahora cada vez que desbloqueara el dispositivo aparecerían imágenes de rayos que me parecieron bastante piolas. No me acordaba qué imagen tenía de fondo de pantalla, pero no importaba. Configuré el fondo nuevo y me acosté a dormir, con cigarras como banda sonora.
Al día siguiente, Ángel se encontró con un amigo en un puesto de camioneros y decidió ponerse a beber cervezas con él. Yo no me sumé al grupo porque no tenía dinero, pero no me importó. Estaba feliz. Una vez en Ciudad de Guatemala, ayudé a descargar el camión de Rolando y a cambiar algunas cubiertas. Con ello me gané un almuerzo y algunos quetzales, la moneda de Guatemala.

Parece que le caí bien al señor camionero, porque incluso me llevó hasta la terminal de Guatemala y me compró un pasaje a Tecún Umán, el último pueblo antes de la frontera con México. Le di un abrazo antes de despedirme.
—Gracias Rolando. Usted de verdad fue un ángel en mi camino.

Dormí como un tronco camino a la frontera. Mi sueño solo se vio interrumpido al atravesar una ciudad cuyo nombre es de lo más gracioso: Quetzaltenango. México estaba al alcance de la mano. Ya casi, loco.
