La ciudad de Tecún Umán me cayó bien de entrada. No sé si fue porque estaba cerca de México, porque tenía algo de plata para dormir en una cama, o porque me compré unos tacos al pastor y los comí en la plaza como si fueran manjares. Me enchastré entero con las salsas. El chile voló, el jugo se me chorreó por los dedos, y al suelo fueron cayendo pedazos de cebolla, cilantro y carne.
Ahí estaba yo: sucio, feliz, con una Coca en la mano y el estómago lleno. El colmo del derroche. El colmo de la opulencia.
A la mañana siguiente crucé la frontera a pie. Leí el cartel de “Bienvenidos a México” y sonreí. Ya eran palabras mayores.
Me puse a hacer dedo sin perder tiempo. Un tipo me gritó “¡güero!” desde una moto. Buena señal.

Ese día rompí tres récords personales: más autos que me levantaron (cinco), menor tiempo de espera (treinta segundos), y mayor distancia recorrida en un día: casi 700 kilómetros.
Viajé en la caja de una camioneta, en el asiento de acompañante y en otros lugares aleatorios. Uno de los conductores me dejó al rayo del sol, parado en un cruce sin sombra. Me cociné vivo hasta que otro se apiadó y me levantó. Creo que quería algo, porque antes de arrancar me tocó el hombro con ternura para decirme que el sol hacía mal. Es verdad, me ardía, pero no había necesidad de tocarme. Fue algo muy íntimo que prefiero no repetir. Por suerte no pasó nada.
Más tarde, dos tipos que manejaban una camioneta verde me dijeron que podía dormir en su taller. Que ahí vivía más gente, pero que nadie me iba a joder. Accedí. Una vez en el lugar, fui hasta un supermercado que estaba cerca a ver qué había. Compré un Submarino, un Chocorrol y un Gansito. Tres porquerías que conocía por Molotov. Cerdo, no me llames cerdo.
Esa noche comí con la gente del taller y tomé algunos vasos de coca.

A la mañana siguiente, en ese lugar, me pasó algo asqueroso. Tenía ganas de hacer lo segundo antes de retomar el camino, y encontré un baño en pésimo estado. No había papel, pero sí una canilla de agua. Podría hacer lo mío y luego lavarme.
El inodoro tampoco tenía agua, lo que en principio debió desincentivarme, pero quién soy yo para contradecir a la biología.
Decenas de hojas de diario arrugadas decoraban ambos costados del inodoro. Estaban usadas. Aquello no pintaba bien: el baño ya tenía 2 de 5 estrellas en mi escala higiénica. Rendido, tuve que ceder ante el llamado de la naturaleza. Sin subirme el pantalón, caminé hasta la canilla con el objetivo de terminar aquel trámite y salir de allí.

Pero de la canilla no salió una sola gota. Estaba más seca que vaso de talco. Entré en pánico. Otra vez sin papel. Otra vez las medias en peligro.
—Qué asco, Federico, qué asco. No sé por qué te ponés a vos mismo en esta situación, cagado y sin nada para limpiarte, otra vez vas a sacrificar las medias. Te quedan pocas medias, Federico. ¿Qué vas a hacer? Fijate si encontrás algo para limpiarte, gordo sucio.
Después de revolver unos tachos de la basura, encontré unas cajas de pizza. Volví al baño, me limpié con los cartones y me tomé el palo, asqueado de todo. Seguía sucio. Tras caminar algunos kilómetros, encontré una canilla con agua que me ayudó a limpiarme, pero las fosas nasales aun continuaban en posición de asco.

Para entonces, hacía semanas que mi pelo no sabía lo que era un champú, y a mi manera de ver, esto tenía algunas ventajas: nadie me quería robar. Nadie me ofrecía cosas. No necesitaba fijador para el pelo. Contribuí al ahorro del agua y a la preservación del medio ambiente. La ropa estaba tan sucia que la musculosa verde y el pantalón cargo beige podían sostenerse sin mí. Me podía limpiar y secar las manos en la remera. Mi olor espantaba a los insectos, por lo que estaba vacunado naturalmente contra el dengue, la chikungunya y otras yerbas.
Seguí haciendo dedo. Crucé Chiapas y Oaxaca. No tuve que esperar mucho.
Uno de los conductores era chofer de un auto escolta, de esos que van adelante de los camiones para avisar su presencia y prevenir accidentes. En México, por tantas muertes en la ruta, hay una ley que obliga a que los camiones vayan acompañados por un vehículo guía.
Estos autos escolta son lentísimos: rara vez pasan de los 60 o 70 kilómetros por hora. El viaje fue una experiencia única, moviéndonos en cada curva con una calma exasperante. Dormí un poco.

A veces miraba el irregular paisaje por la ventanilla. Según me dijo el chofer, el relieve de Oaxaca se asemeja al de una hoja arrugada. Como los diarios en aquel baño sin agua. La referencia me pareció precisa: en el horizonte se extendía ante mí como un paisaje que recordaba la textura caprichosa de una hoja hecha bollo que alguien quiso alisar y no pudo. Aquella belleza rugosa y única definió Oaxaca para mí.
Finalmente llegué a la ciudad de Oaxaca, donde algunas prostitutas callejeras intentaron convencerme de que contratara su servicio. Hola, guapo.
Se agradece el buen gusto, pero qué ingenuas. Casi no me quedaba dinero, apenas para el pasaje a la Ciudad de México.

Compré un boleto esa tarde con la satisfacción de que mi objetivo estaba al alcance de la mano. Me salió 200 pesos. Estuve casi una hora buscándolo hasta que lo encontré tirado, debajo de una silla, arrugado. Hecho un bollo, como el paisaje de Oaxaca. Como me estaba arrugando yo. Aquella noche, en la terminal de colectivos, viví un día más.
Estos son los días de tu vida, Federico.
Estoy a pocas horas de donde quería llegar cuando salí de Argentina. A pesar del cansancio, me sentí pleno.