La Policía le pegaba a un borracho en la terminal cuando llegué. Los vi pasar, a las trompadas. Bienvenido a la Ciudad de México.
Tenía una sensación de triunfo en el pecho. El primer gran objetivo del viaje estaba cumplido: desde Córdoba hasta México por tierra, salvo aquel tramo de avión entre Medellín y Cartagena, que casi ni cuenta. «A esto lo soñé desde chico», escribí en redes. «Hoy me siento más viejo. Más maduro. Más hombre».
Bueno, en rigor de verdad, tan maduro no era. 24 añitos. Un crío.
Le escribí a Luis, el amigo mexicano que me había prometido trabajo. Me pidió que lo esperara dentro de la estación del Metro. Tardó cuatro horas en aparecer, pero no me importó. Caminé por la terminal, hojeé algunas revistas y vi un cartel que me hizo reír:
“Bienvenido a la Ciudad de México. Llévate un chilango cuando te vayas.”
Un chilango es alguien nacido acá. Me pareció simpático.
Luis llegó con su primo Edgar, el dueño de una empresa que organiza fiestas electrónicas. Esa noche había que montar una. Sin bañarme, sin dormir, sin haber comido bien, me metí en la tarea: cargar y descargar vallas, colocar parlantes y luces, armar las estructuras. Lo que hiciera falta.
En pocos minutos tomé confianza con los mexicanos, que me dijeron güero, güera, rubio, rubia, pinche argentino, mamón, pendejo, wey, carnal y hasta uno me llamó Justin Bieber. Al principio no entendí la forma de relacionarse de ellos, pero después descubrí que están todo el tiempo viendo qué es lo que hacés para criticarte delante de todo el mundo. Es normal. Ellos esperan que hagas lo mismo. Es como si la forma de vincularse de estos chilangos se basara en el bullying.

Llegamos al galpón donde tenían las cosas guardadas como a las siete de la tarde. Empezamos a armar la fiesta como a las once de la noche. Hacía frío.
El trabajo era duro, y los mexicanos laburan como animales. Yo no estaba muy acostumbrado, pero le metí huevos. Creo que la labor llevada a cabo fue bastante digna, sobre todo si consideramos que llevaba varios días sin bañarme, sin dormir en una cama y sin comer bien.
Dos cosas no faltaron: comida y marihuana. Edgar traía mucha comida, y de buena calidad. Y todos tenían mucha mota. Era como si la hierba les diera poderes sobrenaturales.

Pasaron veinte horas de trabajo de burro. Uno de los pibes quiso enseñarme a crimpar los cables, ponerles las puntas metálicas con una prensa especial. Pero yo no tengo pulso para eso. Probé un par de veces, me salió como el orto, y volví a cargar cosas.
Cuando casi estaba todo terminado, llegó la Policía. Escuché la conversación entre Edgar y el oficial. La fiesta se suspendió. Había que desarmar todo. Yo todavía estaba sin dormir.
Bueno, ahora sí estoy cansado.
De nuevo nos pusimos a cargar con las vallas, que era lo más pesado.

A uno de los trabajadores le decían Bruto. Era un mexicano enorme, con bigotes, que cargaba dos vallas en los hombros al mismo tiempo. A mí me costaba con una sola.
Juntamos los soportes, la pantalla, los equipos de sonido. Cuando terminamos, era más de medianoche.
Mientras cenaba con mis compañeros de trabajo, Edgar me dijo que le sorprendió mi actitud de trabajador comprometido y me invitó a otra fiesta electrónica «para que conociera la noche de México». La entrada costaba más de cincuenta dólares, pero él me la regaló. También iríamos a comer mole, uno de sus platos favoritos.
Como a la una de la madrugada, tras varios días de ruta y trabajo, por fin logré bañarme. Usé un balde con agua calentada por un cable enchufado de un lado y pelado del otro. Aquello era una de las cosas más inseguras que vi en mi vida.
La fiesta estaba llena de luces, cervezas XX y oportunidades para conocer gente. Pero yo estaba raro. No podía relajarme. Algo me faltaba. Me costaba disfrutar.

Hasta que me di cuenta cuando desbloqueé el celular y vi aquel fondo electrónico. Eran rayos blancos, negros y violetas que hacían juego con la fiesta.
Me quedé mirando el celular. Pensando.
Recordé qué tenía antes: una foto de mi hermana.
La había reemplazado por ese fondo electrónico cuando dormía debajo del camión, en Guatemala.
Y ahora estoy acá. En una fiesta electrónica.
Sentí como si mi hermana me hablara del más allá: ¿Es esto lo que querés? Puedo hacer que vivas lo que yo quiero. ¿Es esto? ¿Por esto me cambiaste?

Sé que mi hermana no hubiese sido así de egoísta, pero de cualquier modo sentí culpa y comencé a llorar. No a gritos, sino en silencio, con tristeza.
Faltaban pocos días para que se cumpliera un año de su muerte. Un año sin verla.
¡La extrañaba tanto!
La fiesta pasó a un tercer plano y lloré en esa pista, lloré con dolor, y los mexicanos me observaban como bicho raro. No importaba.
Importaba ella.
