Asà estamos: terminó la fiesta electrónica que me hizo llorar. Mis párpados pesan. Necesito una cama decente. Llevo cuarenta y ocho horas sin dormir, y dos semanas sin acostarme en un colchón cómodo.
Vamos en el auto de mi jefe —el mismo que me alimentó, me pagó bien, me regaló una mochila y me habló como a un hermano— rumbo a otro barrio en las afueras de la enorme Ciudad de México. Ya es de dÃa. Desayunamos y a laburar, todavÃa no se puede dormir. Tenemos que armar un cumpleaños de 15: pantalla, luces, sonido, escenario, sillas, mesas, decoración y todo lo que hace falta para una fiesta de este calibre. La agasajada es la sobrina de mi jefe, que cumple quince años y espera un dÃa inolvidable.
Son las siete de la mañana.

Vaya si fue duro ese trabajo, pero de algún lado saqué las fuerzas para hacerlo bien. También gracias a la marihuana, que en México sale de abajo de las piedras. Nunca fui gran fumador, pero estoy seguro de que el secreto del equipo estaba en la planta. La rutina era clara: trabajar, fumar, seguir trabajando, comer algo, fumar y seguir.
Llegó la gran noche. Todo estaba en su sitio. El cumpleaños me pareció impresionante, más lujoso y más artÃstico de lo que jamás vi en Argentina. La cumpleañera participaba en un número musical tras otro, junto a bailarines que ejecutaban coreografÃas sofisticadas. La joven se cambiaba de ropa cada tanto y se notaba que todos ensayaron durante semanas. Me pareció demasiado para una fiesta de 15: yo hubiera preferido relajarme y que bailen los demás. Pero quién soy yo para juzgar cumpleaños ajenos.

Los mexicanos eran buena onda. Al principio no me lo parecieron tanto, pero algo cambió.
Uno incluso llegó a decirme que no le caÃan bien los argentinos. Según él, trabajó un tiempo con Los Caligaris y le cayeron arrogantes. Temas de sonido. «Hablan más de lo que saben», opinó.
Pero lidiar con la gente es una habilidad que desarrollé con el tiempo. No me quedé con la mala impresión. Preferà tratar de entenderlos y les saqué la ficha. Estos mexicanos jodÃan. Miraban todo el tiempo qué hacés, qué comés y cómo actuás para joderte con eso. No lo hacen de mala leche: es su forma de ser. La clave es jugarles el mismo juego. ReÃrse del que no le sale barba, del que está gordo, del que es vago. Burlarse de ellos como se burlan de vos. Nadie se va a ofender. Una vez que descifré ese código, me los metà en el bolsillo.
Después de cenar mole, nos pusimos a tomar pulque y mezcal. El pulque es una bebida alcohólica muy popular. Parece leche: espesa, blanca y se hace fermentando el aguamiel del maguey.
En un momento, me vi rodeado de mexicanos. Se acercó uno, se frotó las manos. Crujió los nudillos. Se relamió. Y, con un extraño brillo en los ojos, lanzó:
—Oye, argentino, te reto a una competencia de comidas.
—¿Cómo es eso?
—Cada uno dice un platillo, y el que se trabe o repita, pierde.
—Bueno, dale.
—Empieza tú.
—Asado.
—Muy bien. Chiles en nogada, rellenos de picadillo y frutas, con crema de nuez, perejil y granada.
Me mareé. Al ver que se reÃan, me reà también. Pensé un instante:
—Lomito.
—Cochinita pibil adobada en achiote, envuelta en hoja de plátano con cebolla morada en naranja agria y chile habanero.
Me miraban, esperando el próximo. Estaban en llamas.
—Eh… ¿ravioles?
—Tacos al pastor con salsa de chile de árbol y guajillo, molcajeteada con tejolote.
—Suena bien. A ver… locro.
—Chilaquiles con huevo estrellado, chile guajillo, queso fresco y cebolla.
—Empanadas. Salteñas.
—Tlayuda oaxaqueña con frijoles negros, tasajo, cecina, chorizo, chicharrón de puerco, carne seca, quesillo y salsa de chile amarillo.
¡Cómo se reÃan esos mexicanos! Me imaginaba que después de quedar tantas veces eliminados por Argentina en los mundiales, querÃan una revancha. Y vaya si la consiguieron. Asà como nosotros los cagamos a goles, ellos esa noche me cagaron a platos.
Al final, reconocà la derrota y brindamos con más pulque, entre carcajadas y en estado de ebriedad. Después me fui a bailar en la fiesta, a pesar de no ser un invitado, siguiendo con la lÃnea de impresentabilidad e inimputabilidad que me caracterizó a lo largo de estos años.
En tantas ocasiones en las que fui al baño, encontré a una pareja de cincuentones que se escabulló para entregarse a las garras del amor.
El pulque y el mezcal, sumados al baile y al cansancio acumulado por semanas, terminaron por mandarme a la lona. En cierto momento de la noche, mi cuerpo de mochilero argentino tocó fondo y se apagó. El sistema operativo de mi cerebro se reinició y no volvió a encenderse.

Desperté en el asiento delantero de una camioneta, sin saber dónde estaba ni cómo llegué ahÃ. No es algo de lo que uno se enorgullezca, pero asà fue. Nadie me robó nada. Nadie se aprovechó. Me dijeron después que Luis me llevó a dormir porque ya no respondÃa a los estÃmulos. Mi cabeza bajó el telón por su cuenta.
Y en ese apagón entendà algo. Argentinos, mexicanos, colombianos, peruanos… tenemos más en común entre nosotros que con cualquier europeo. Podemos hablar de comida, de cultura y de historia. En la calle, en la mesa y en las fiestas, somos lo mismo. Compartimos hasta la forma de putearnos.
Nuestros pueblos están marcados por las mismas cicatrices: la pobreza, la viveza, la alegrÃa. Y también por la generosidad. No somos tan distintos. En vez de pelearnos por pavadas, deberÃamos entendernos. Valorarnos. ReÃrnos juntos. Aprender unos de otros. Pensamos en el mismo idioma, compartimos raÃces. Somos hijos de la misma madre. Mientras algunos se llenan la boca hablando de primer mundo, yo prefiero brindar con pulque y que me caguen a platos en una fiesta de 15. Porque en esos gestos —comer, reÃrnos, beber juntos— me sentà más acompañado que en cualquier ciudad europea.
Yo no me siento europeo, por más que tenga la ciudadanÃa italiana. Me siento americano, loco. Qué querés que te diga. Tengo muchas más cosas en común con un chileno, con un colombiano o con un brasilero que con un francés, con un alemán o con un holandés.
No somos lo mismo.
Las peleas en Internet por el fútbol —que en muchas ocasiones llegan al racismo y a la discriminación— son solo un ejemplo de cómo a menudo nos aferramos a disputas insignificantes, por no decir idiotas.
En vez de seguir dividiéndonos por estupideces, podrÃamos hacer lo contrario: abrazarnos más. Celebrar lo que nos une. Y disfrutar las diferencias, que son las que hacen interesante este viaje. A mà me gusta pensar que lo distinto no divide, y que la verdadera grandeza se encuentra en la unión de los pueblos. Más en compartir que en ganar.
Tal vez esta historia no diga mucho. Pero a mà me recuerda algo que no quiero olvidar: que no importa cuántas banderas nos separen. Acá, en esta parte del mundo, somos hermanos.
