Dormí en casa de mi amigo mexicano como si no hubiera mañana. Fue ahí cuando me di cuenta de que, no importa lo que haga, jamás voy a tener una vida normal. Siempre me pasa algo increíble, improbable o inexplicable.
Mi amigo me invitó a quedarme «el tiempo que hiciera falta». Aún estaba en Costa Rica cuando recibí su mensaje. Como México era mi objetivo desde el principio —y además me ofrecía trabajo—, acepté sin dudar.
Fue luego de trabajar en ambas fiestas (y cobrar bien) que me enteré de algo que hasta entonces no sabía: mi amigo estuvo preso en Colombia por tráfico de drogas. Cuando lo conocí en Panamá, estaba escapando de la Justicia. Le habían dado libertad condicional hasta el juicio. Sucedió que en el aeropuerto de Bogotá le encontraron dos kilos y medio de pasta de cocaína en su equipaje. Allí lo detuvieron y lo guardaron durante diez meses. Pero esto no es lo curioso.

Lo insólito es que la requisa y posterior detención quedaron registradas por las cámaras de un programa de televisión de un conocido canal de documentales. Desde que le detectaron la sustancia hasta que lo esposaron y lo llevaron detenido.
Intentar pasar droga de esa manera en el aeropuerto de Bogotá es una misión suicida. No digo que sea imposible pasar droga, digo que el método es absurdo. En el programa se ve claro: el escáner detectó clorhidrato de cocaína en el interior del equipaje, por lo que lo trasladaron a la sala de reconciliación. Allí encontraron el producto y lo detuvieron. Coser y cantar. En ningún momento tuvo una oportunidad.
Yo me enteré por sus amigos. Él jamás me lo contó. Todos sus familiares y conocidos lo vieron por la tele. Y ahí estaba yo, en la casa de un ex convicto, comiendo tortillas con su mamá y su abuela.

Una vez conté parte de esta historia en un programa de radio. Tiempo después me escribió por Facebook. «Sapo hijueputa», me dijo. «Si sale de su país lo chuzo». Le pedí disculpas. Más calmado, me confesó que había gente detrás: «Los que me mandaron a esa locura». Según él, habría ganado diez mil dólares por ese viaje. En cambio, estuvo diez meses en cana.
Después hablé con él y quedó todo bien. No creo que me acuchille si me cruza. Tiene más o menos mi edad. Nadie puede juzgarlo porque diez meses de cárcel es suficiente precio que pagar por los errores cometidos. Creo que está en paz con el mundo. Recuerdo ver a su madre, acariciándole la cara y diciéndole con ternura: «él es el sobrinito del Chapo». Inentendible. Me quedé mirándola sin saber si reírme, llorar o salir corriendo. Para muchos, ser narcotraficante es sinónimo de orgullo.

La ciudad
La Ciudad de México me resultaba inabarcable. Veinte millones de personas. Para mí, que vengo de pueblo, era un monstruo. Caótico. Ir del centro hasta la casa de mi amigo me tomaba tres horas y media. Dos colectivos, varias estaciones de metro. La gente vivía pendiente del tráfico. Todo giraba en torno a eso.
Me sorprendió ver la cantidad de parejas tomadas de la mano. Era como si todo el mundo estuviera enamorado en esa ciudad inmensa y caótica.

Luis fumaba marihuana todo el día. A veces me despertaba con el olor. Se armaba un porro a media mañana, otro después de comer, otro a la tarde y dos más a la noche. Decía que le bajaba la ansiedad. A mí me pareció que más bien lo dejaba quieto. Íbamos a comprar juntos, y por cincuenta pesos le daban un puñado de hierba más que generoso. Una vez fuimos a comprar a la Universidad. Ahí estaba lleno de dealers. Se ve que los estudiantes son buenos clientes.
Los amigos de Luis hacían ejercicio en los parques. Calistenia, flexiones, dominadas… al principio me costaba seguirles el ritmo, pero con los días me fui soltando y terminé poniéndome más en forma. Fue una buena rutina.

La ciudad estaba sucia. Muy sucia. Había basura por todos lados y el aire era denso, contaminado, espeso.
Una tarde encontré 200 pesos tirados en la calle. Se los di a la mamá de Luis. Se los ganó.
La comida mexicana, aunque sabrosa, desborda grasa por donde se la mire. Un día me broté y hablé con la mamá de mi amigo. «Hágame una sopita, señora, que me siento mal y necesito desintoxicarme».

Con mucha amabilidad, la señora me preparó una sopa tan grasosa que dos centímetros de aceite se podían distinguir a simple vista en la superficie del plato. Con esa alimentación, no me extraña que más del 70% de los adultos mexicanos tengan sobrepeso u obesidad.
También debo mencionar las drogas como elemento recurrente durante mi estadía en México. Una noche salimos de fiesta y en un lugar no se aguantaba el olor a thinner, es decir, diluyente de pintura. El thinner es una droga muy utilizada y constituye una de las principales causas de muerte entre jóvenes mexicanos. También era ubicuo el consumo de marihuana, por apenas cuatro dólares uno puede conseguir cinco o seis gramos de flores de buena calidad. Lo mismo sucede con la cocaína, el éxtasis, el cristal y otras sustancias. Te ofrecen en la calle. «Tengo de la chida». Es fácil. Es barato.

Una de las cosas que me llamó la atención es lo que dicen los mismos mexicanos de su ciudad: «¿Has visto que en el mundo hay asesinatos, violaciones, tráfico de drogas, tráfico de armas, robos, secuestros, prostitución, trata de blancas, tráfico de órganos, abuso sexual infantil, torturas y demás cosas malas? Bueno, en el DF hay todo eso y más». La Ciudad de México no es sino un espejo que refleja la oscuridad que habita en los corazones de cada humano.
Estuve casi un mes. Al irme, la pareja de la mamá de mi amigo me regaló cincuenta pesos mexicanos. Solo siento gratitud hacia todos ellos. No todo fue perfecto, claro. A veces se armaban discusiones familiares. Una tarde, mientras yo estaba en la cocina, escuché a la abuela decir: «¿Y este muchacho cuándo se va?». Me hice el boludo, pero ya me sentía de más. Me quedé dos días más y me fui sin hacer ruido.
Pude haber seguido hacia Estados Unidos, pero decidí volver. Me quedaba el Golfo, el Caribe mexicano, Belice… y un pasaje a Medellín, ese lugar donde creí ser feliz.
Pero esa ya es otra historia.
