Me despedà de la familia mexicana con la sensación de haber conectado con ellos a nivel emocional, al menos un poco. El dÃa anterior visité por última vez el bosque de Tláhuac, es decir, el parque que me cobijó durante las tardes que pasé en la Ciudad de México.
Antes del saludo final, comà un sándwich. En México a los sándwiches les dicen torta, como las tortas del jamón del Chavo. TenÃa milanesa de res y de pollo, chorizo, salchicha, quesillo, queso oaxaca, queso amarillo, pierna, jamón, huevo, aguacate, jitomate y cebolla. Fue lo mejor y peor que probé jamás. Me costó cuatro dólares.

Pasé por una panaderÃa y leà lo que ofrecÃan: conchas, moños, cuernos, orejas, bigote y pan canela. Pedà una concha, porque cuernos ya tenÃa.

En una estación de servicio vi cómo se le caÃa la moto a un hombre que estaba cargando combustible. Tomé un Dr. Pepper. Me pareció espantosa.
Tal vez nunca regrese a este lugar. Quizás nunca regrese a ninguno de los lugares donde fui. Llevaba seis meses de viaje, seis meses que para mà significaron años. Era necesario continuar, pero ya no hacia el norte, sino hacia otro paÃs hasta entonces desconocido: Belice.
¿Por qué Belice? Bueno, era el único paÃs de América Central que aún no conocÃa. Además, habÃa encontrado un vuelo barato que me llevarÃa desde la ciudad de Belice hasta El Salvador, luego a Bogotá y por último a MedellÃn, el lugar que se me quedó grabado a fuego en el corazón. SentÃa deseos de estar en MedellÃn, y compré un vuelo con lo que habÃa ahorrado en CDMX.

Aun asÃ, el dinero ganado apenas alcanzó para el vuelo y poco más. Esto significaba volver a la ruta para llegar a Belice, sabiendo que apenas me alcanzarÃa para pagar algunas noches de hotel.
Viajé en metro y en bus hasta la terminal. Compré un boleto hasta Coatzacoalcos, una ciudad costera del estado de Veracruz. A partir de allÃ, pensaba en hacer dedo hasta Yucatán, visitar el mar durante uno o dos dÃas y luego cruzar a Belice.
El viaje desde la Ciudad de México hasta Coatzacoalcos significó transitar por el paisaje urbano de la capital mexicana hasta las montañas y colinas del área central del paÃs. Atravesé pueblos y zonas agrÃcolas tÃpicas de la geografÃa mexicana. A medida que me acercaba a la costa, comencé a percibir cambios en la vegetación, que cada vez se hacÃa más tupida. «Vaya», pensé. «Otra vez estoy en la selva».

El término Coatzacoalcos me pareció casi tan gracioso como Quetzaltenango. VolvÃa al mar después de unos meses. Pero en aquella ciudad, el agua no era cristalina como el Caribe, sino gris. No era el Caribe. Era el Golfo de México, según me explicó un amigo mexicano. Coatzacoalcos me pareció algo extraño. Mientras caminaba con la mochila, un joven sentado junto a su grupo de amigos me agarró del brazo. «¡No me toqués!», le dije.
Me regalé un cóctel de camarones con chile habanero porque tenÃa hambre, y ya no me hacÃa tanto daño la comida picante. Era la primera vez que probaba camarones. Me parecieron buenÃsimos. Lástima el cilantro, que arruina todo. Pensé en Yucatán y en Belice y sentà que regresaban el calor, la humedad y el no bañarse a mi vida.
Haciendo dedo y tomando algún que otro colectivo llegué a Akumal, ya en la parte turÃstica del paÃs. Estaba solo. HabÃa algunos argentinos y otros turistas, pero no tuve deseos de hablar con ellos. Todo me parecÃa caro.

No tengo dinero. Me miro en una vidriera. Estoy flaco, más flaco de lo que fui jamás.
Vi un casamiento en la playa. Todos están vestidos de blanco. Algún dÃa me gustarÃa casarme asÃ, en la playa y vestido de blanco. Yo estoy como siempre: musculosa verde, pantalón cargo gris.

Me senté en la arena y me quedé mirando el mar. Y aunque nunca habÃa estado allÃ, habÃa algo familiar en aquella escena. Como si todos los mares fueran el mar. Recordé un poema de Borges, uno de los primeros que escribió en su vida.
Oh, mar! ¡oh, mito! ¡oh, largo lecho!
Y sé por qué te amo. Sé que somos muy viejos.
Que ambos nos conocemos desde siglos.
Sé que en tus aguas venerandas y rientes ardió la aurora de la Vida.
(En la ceniza de una tarde terciaria vibré por primera vez en tu seno).
Oh, proteico, yo he salido de ti.
¡Ambos encadenados y nómadas!
Ambos con una sed intensa de estrellas;
ambos con esperanzas y desengaños;
ambos, aire, luz, fuerza, oscuridades;
ambos con nuestro vasto deseo y ambos con nuestra grande miseria.
Dormà una noche en Akumal y tomé un colectivo hacia otra ciudad llamada Tulum. Nada especial. Más argentinos. Nada. No tengo ganas de nada. Sigo camino hacia Chetumal, ya muy cerca de la frontera con Belice. No tenÃa dinero para un hotel, por lo que me metà dentro de la bolsa de dormir y pasé la noche tirado en la terminal. Solo. Soy el único.
Ya no me importa. Ya pertenezco al camino.
Es lo único que me queda.
Estoy cambiando y no sé en qué me estoy convirtiendo.
Eso también es viajar. Nuestro vasto deseo, nuestra grande miseria. Y esta bolsa de dormir en una terminal olvidada.
Esa noche dormà sin sueños.
