Amor y mosquitos en la parada del colectivo

Salí de Chetumal bien temprano y llegué a la frontera entre México y Belice poco después. Los oficiales de Migraciones me dejaron bien en claro que no iba a pasar si no pagaba los treinta dólares obligatorios. Lloré, grité y pataleé, pero no hubo caso. No hicieron una excepción por mí. Después de insistir por más de una hora, entregué el dinero y acepté mi realidad: otra vez estaba seco como tampón de travesti.

Aquello significaba pasar casi tres días a la intemperie. No es que hubiera tenido dinero para un hotel, pero en ese punto del viaje, los treinta dólares hacían la diferencia. Solo me quedaba una opción: ir hasta el aeropuerto y quedarme allí hasta la hora de mi vuelo.

Dicen que en Belice se habla inglés, pero yo no entendí casi nada. Lo que hablan es creole, un idioma nacido de la mezcla entre distintas lenguas, típico de contextos de colonización, esclavitud y migración. Belice tiene su propio creole, como Jamaica, Haití o Guyana.

En el aeropuerto pregunté si era posible adelantar mi vuelo. Me quisieron cobrar 100 dólares. No señor, si yo tuviera cien dólares para gastar en esto estaría en un hotel y no durmiendo en la parada de colectivos. Intenté decir algo más, pero cuando el empleado de la aerolínea me respondió: «That’s not what I asked»., decidí callarme.

Qué frustrante es no poder hacerse entender cuando uno no tiene dinero.

Resignado a mi suerte, traté de hablar con algunos beliceños. Casi todos eran de ascendencia africana. Hablaban raro, pero eran cálidos y amables. Le pregunté a un lustrabotas si me dejaba ganar unos dólares para comer, y dijo que sí. Estuve trabajando un par de horas ahí.

Caminando por los alrededores del aeropuerto, no me quedaron dudas: aquello era una selva tropical húmeda. Vegetación densa, humedad brutal y una variedad de plantas alucinante. Supuse que también debía haber muchos animales, aunque no los vi.

Ya con bastante hambre y bajo el sol de la siesta, conseguí que un beliceño me llevara gratis hasta un supermercado chino. Allí charlé un rato con algunos locales. Uno me preguntó de dónde era:

—Argentina.

—¿Argentina? Messi.

Una sonrisa me iluminó el rostro. Claro, amigo. Claro que Argentina, Messi. Los beliceños hablan raro, pero conocen a Messi, así que tampoco son tan raros.

Comí un sándwich de pan con queso y mortadela, compré una botella de agua de dos litros y volví caminando al aeropuerto. No podía andar mucho con la mochila a cuestas, y el sol me castigó sin piedad. Como siempre. El sol es bastante democrático: no te pregunta. Quema.

Los guardias me vieron volver solo. Lejos de echarme, me recibieron como a un hermano.

—This is Belize, man. This is love.

Me ofrecieron café, repelente y hasta me pasaron la clave del WiFi. También me explicaron que los baños eran gratis. Para ser justos, los baños estaban bastante limpios.

También me enseñaron un truco para ahuyentar a los mosquitos: buscar un papel y retorcerlo, luego colocarlo en el pico de una botella de vidrio y encender una llama en el extremo. Apagar la llama con un soplido hará que el papel se consuma con lentitud y genere humo repelente.

—Cuidate de los mosquitos —advirtieron.

Al caer la tarde, bajó la temperatura. Cada tanto lloviznaba. Me senté junto a la parada de colectivo y miré las estrellas. Hace un año estaba en el hospital esperando que mi hermana muriera. Y ahora estoy acá.

Ayer dormí tirado en una terminal, solo y sin ganas de nada. Hoy, en esta parada con WiFi, café y estrellas, algo me hizo sonreír. Tal vez la vida no cambió. Tal vez fui yo.

Antes de dormir, miré a las estrellas y pensé.

—Esta es la vida que quiero hacer. Lo que siempre soñé. No tengo una cama, pero las estrellas son mías. No necesito más. Tal vez bañarme más seguido, pero sin dudas soy afortunado.

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