Tres días sin cama

Dos suecos que estaban de vacaciones en Belice llegaron a la tarde siguiente y no tuve más remedio que hacerme amigo de ellos. Charlamos un rato sobre la historia de aquel país, que estuvo habitado por los mayas hasta que fue ocupado por los británicos. Ingleses y españoles se disputaron ese territorio durante mucho tiempo, hasta que en el siglo XVIII pasó formalmente al Reino Unido tras la firma de algunos tratados.

Con los ingleses al mando, la población de Belice se diversificó. Llegaron miles de esclavos africanos y mestizos. La economía del país giraba en torno a la madera y a otros cultivos menores.

Aunque la esclavitud fue abolida en el siglo XIX, Belice siguió siendo colonia británica hasta 1981. Hoy el país sigue en vías de desarrollo y el turismo es una de sus principales fuentes de ingreso. Según leí, también lograron encauzar de forma pacífica un conflicto territorial con Guatemala.

Así estaban las cosas: hablando de Belice con mis nuevos amigos suecos, bien bronceados después de surfear por estas costas. Esa noche dormirían conmigo en la parada de colectivo. A la mañana siguiente nos despedimos y nunca más los volví a ver.

Finalmente, mi vuelo partió. Llevaba tres días sin bañarme bajo el calor tropical, pero eso no me impidió pedirle a la azafata un whisky con hielo. El tintineo me sonaba a gloria después de tantos días sin una cama. Mientras saboreaba la bebida, miré por la ventanilla: las nubes se extendían debajo de nosotros. Sentí alivio. Dejaba atrás el calor, la humedad y los mosquitos. Cuánto añoraba dormir otra vez en una cama.

Belice – El Salvador, El Salvador – Bogotá, y Bogotá – Medellín. Claro que era barato y largo aquel vuelo.

Llegué a Medallo de noche y fui directo al único lugar donde quería estar: el hostel Palm Tree, que ya no existe.

Al día siguiente conocí a alguien que me ofrecería un alojamiento barato: David. Un tipo raro. Hablaba más de seis idiomas, pero jamás supe bien de dónde era. Él decía que era inglés, pero su inglés no era británico. También hablaba español, farsi y ruso. Pero no “más o menos”: hablaba bien. En Medellín viví con tres rusos que lo escucharon hablar, y uno de ellos me dijo:

—El ruso de David es mejor que mi inglés.

David fue uno de los tantos personajes que conocería en esa ciudad.

En pocos días logré asentarme en una habitación de Medallo y conseguí trabajo en un restaurante argentino: Malevo.

No lo sabía entonces, pero Medellín me tenía reservado mucho más que un trabajo y una cama.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

¿Una monedita, loco?

Viajo y Escribo es un proyecto personal e independiente.
Si te gusta lo que leés y querés apoyar, podés colaborar
desde cualquier parte del mundo.
El blog es gratis (y lo seguirá siendo).