Problemas en la cocina

Trabajando en el restaurante Malevo, casi me voy a las piñas con uno de los cocineros. Fue durante la primera semana de trabajo, como al cuarto o al quinto día.

Era el único cordobés, además de mí. Tendría unos 50 años. Era medio raro, callado, sin sonrisas y de pocas pulgas.

Yo era mozo. Aquel día me dieron ganas de ir al baño. El lugar estaba lleno de gente y todos corríamos. Me aguanté como pude durante unas dos horas, desde las ocho de la noche hasta las diez. De verdad tenía ganas, pero hice el esfuerzo por el equipo. Soporté los escalofríos de la nuca y la pesadez en el vientre con estoicismo.

Cuando el ambiente se calmó y pude descansar, me dirigí hacia el baño del servicio. Todos saben lo que se siente al ir al baño tras aguantar un largo período de tiempo: paz y alivio.

Pero aquella paz no duró ni dos minutos: se vio interrumpida por los golpes en la puerta: «¡Toc, toc, toc, toc, toc, toc!».

Fueron seis golpes secos, duros, impacientes. Y casi al mismo tiempo, una voz indignada: «¿Quién está en el baño? ¡Apurate!».

Me molestó la falta de respeto, sobre todo después de sufrir una necesidad como aquella y soportarla en pos del bien común. No habían pasado ni tres minutos desde que entré al baño hasta que este señor golpeó la puerta. 

Junto a Jorge y Fernanda, dos compañeros de Malevo.
Junto a Jorge y Fernanda, dos compañeros de Malevo.

Mi molestia creció hasta llegar al borde de la violencia cuando, menos de un minuto después, el tipo (llamémoslo Germán) golpeó de nuevo la puerta, esta vez con insolencia. «¡Hace dos horas que estás, pelotudo! ¡Yo me quiero ir a la mierda! ¿Te pensás que te voy a esperar a vos?».

¿Alguna vez sintieron un golpe de frío en la nuca y una descarga de sangre que empieza en el cerebro, baja por la cara y termina en el corazón, donde se convierte en furia? Casi podía escuchar los latidos. Así me sentí en ese momento. Tuve un impulso animal violento. «Voy a pegarle», pensé. 

Salí del baño en silencio, pero enojado. Muy enojado. Este tipo me iba a conocer. Y era evidente que aún no me conocía porque lejos de disculparse, al verme, exclamó: «¿Te parece que podés estar dos horas en el baño, pelotudo?»

Yo soy una persona muy pacífica, pero no es imposible hacerme reaccionar si presionás los interruptores correctos. Aun así, pensé en el trabajo (que necesitaba), en el deber, la convivencia, la responsabilidad, mis ganas de ir al baño, el tiempo de espera, el sacrificio por el equipo, el modo en que este tipo me estaba tratando, la falta de respeto y la reincidencia en la falta. El tipo no medía más de un metro sesenta y cinco, con toda la furia.

—Estuve menos de cinco minutos, la concha de tu madre, ¡te voy a matar a trompadas! —amenacé.

—¿A quién le vas a pegar vos? —respondió, con sorna.

—A vos, viejo de mierda, hijo de mil puta —respondí con una mirada asesina.  

El que nos separó fue Pipe, el colombiano que atendía la barra. Estuve muy cerca de pegarle. La bronca me duró varios días, pero no nos fuimos a los golpes. En cierto modo, me arrepiento: le cabía una trompada. Pero la violencia nunca es la solución, a veces basta con la amenaza.

Tras aquella pelea, jamás volvió a gritarme o a faltarme el respeto de ningún modo. Por un tiempo no nos hablamos; después comenzamos a tener una relación diplomática de mozo/cocinero. Al final, el trato se hizo más cordial. El tipo trabajaba bien. Es evidente que le faltaba el sentido común en su caja de herramientas, pero al final demostró ser inteligente: sabía con quién meterse y con quién no. Y además, nobleza obliga, era buen cocinero. 

Tiempo después, otro mesero me confió que ya había tenido problemas más o menos graves con otro empleado. 

Así concluyó mi breve pero intenso episodio de peleas en el restaurante Malevo. A veces las amenazas son suficientes para mantener la paz en la cocina. Que vivan los dramas gastronómicos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

¿Una monedita, loco?

Viajo y Escribo es un proyecto personal e independiente.
Si te gusta lo que leés y querés apoyar, podés colaborar
desde cualquier parte del mundo.
El blog es gratis (y lo seguirá siendo).