Trabajando en el restaurante Malevo, casi me voy a las piñas con uno de los cocineros. Fue durante la primera semana de trabajo, como al cuarto o al quinto dÃa.
Era el único cordobés, además de mÃ. TendrÃa unos 50 años. Era medio raro, callado, sin sonrisas y de pocas pulgas.
Yo era mozo. Aquel dÃa me dieron ganas de ir al baño. El lugar estaba lleno de gente y todos corrÃamos. Me aguanté como pude durante unas dos horas, desde las ocho de la noche hasta las diez. De verdad tenÃa ganas, pero hice el esfuerzo por el equipo. Soporté los escalofrÃos de la nuca y la pesadez en el vientre con estoicismo.
Cuando el ambiente se calmó y pude descansar, me dirigà hacia el baño del servicio. Todos saben lo que se siente al ir al baño tras aguantar un largo perÃodo de tiempo: paz y alivio.
Pero aquella paz no duró ni dos minutos: se vio interrumpida por los golpes en la puerta: «¡Toc, toc, toc, toc, toc, toc!».
Fueron seis golpes secos, duros, impacientes. Y casi al mismo tiempo, una voz indignada: «¿Quién está en el baño? ¡Apurate!».
Me molestó la falta de respeto, sobre todo después de sufrir una necesidad como aquella y soportarla en pos del bien común. No habÃan pasado ni tres minutos desde que entré al baño hasta que este señor golpeó la puerta.

Mi molestia creció hasta llegar al borde de la violencia cuando, menos de un minuto después, el tipo (llamémoslo Germán) golpeó de nuevo la puerta, esta vez con insolencia. «¡Hace dos horas que estás, pelotudo! ¡Yo me quiero ir a la mierda! ¿Te pensás que te voy a esperar a vos?».
¿Alguna vez sintieron un golpe de frÃo en la nuca y una descarga de sangre que empieza en el cerebro, baja por la cara y termina en el corazón, donde se convierte en furia? Casi podÃa escuchar los latidos. Asà me sentà en ese momento. Tuve un impulso animal violento. «Voy a pegarle», pensé.
Salà del baño en silencio, pero enojado. Muy enojado. Este tipo me iba a conocer. Y era evidente que aún no me conocÃa porque lejos de disculparse, al verme, exclamó: «¿Te parece que podés estar dos horas en el baño, pelotudo?»
Yo soy una persona muy pacÃfica, pero no es imposible hacerme reaccionar si presionás los interruptores correctos. Aun asÃ, pensé en el trabajo (que necesitaba), en el deber, la convivencia, la responsabilidad, mis ganas de ir al baño, el tiempo de espera, el sacrificio por el equipo, el modo en que este tipo me estaba tratando, la falta de respeto y la reincidencia en la falta. El tipo no medÃa más de un metro sesenta y cinco, con toda la furia.
—Estuve menos de cinco minutos, la concha de tu madre, ¡te voy a matar a trompadas! —amenacé.
—¿A quién le vas a pegar vos? —respondió, con sorna.
—A vos, viejo de mierda, hijo de mil puta —respondà con una mirada asesina.
El que nos separó fue Pipe, el colombiano que atendÃa la barra. Estuve muy cerca de pegarle. La bronca me duró varios dÃas, pero no nos fuimos a los golpes. En cierto modo, me arrepiento: le cabÃa una trompada. Pero la violencia nunca es la solución, a veces basta con la amenaza.
Tras aquella pelea, jamás volvió a gritarme o a faltarme el respeto de ningún modo. Por un tiempo no nos hablamos; después comenzamos a tener una relación diplomática de mozo/cocinero. Al final, el trato se hizo más cordial. El tipo trabajaba bien. Es evidente que le faltaba el sentido común en su caja de herramientas, pero al final demostró ser inteligente: sabÃa con quién meterse y con quién no. Y además, nobleza obliga, era buen cocinero.
Tiempo después, otro mesero me confió que ya habÃa tenido problemas más o menos graves con otro empleado.
Asà concluyó mi breve pero intenso episodio de peleas en el restaurante Malevo. A veces las amenazas son suficientes para mantener la paz en la cocina. Que vivan los dramas gastronómicos.