Mi vida en Medellín transcurrió con cierta estabilidad durante algunos meses, si es que se le puede llamar estabilidad a ser mozo, convivir con los vicios y enamorarse siempre de quien no corresponde.
Para Navidad vinieron mi hermano y dos amigos: Lucas y el Ruso. Dejaron unas cuantas noches inolvidables. En una de ellas soñé que todos los sabores de Argentina bailaban juntos en una fiesta delirante: costillas, vacío, matambre, marucha, entrecot, chinchulines, mollejas. Los bifes de lomo, el peceto y las costeletas se movían al ritmo del puré, la polenta con bolognesa y el queso rallado. Las milanesas entraban al trencito conducido por empanadas dulces y saladas, lomitos, bagna cauda, vitel toné, ravioles, sorrentinos, agnolottis, ñoquis.
El jamón, los quesos, la bondiola, la mortadela y el salchichón se mezclaban con tortilla de papas, locro, lasaña, hamburguesas, tostados. De postre: alfajores, Brownie Águila, Bon o Bon, Milka, Terrabusi, tortas, helados. El tiramisú hacía de director de orquesta. Y el número final quedó a cargo del café, el mate, los panqueques con dulce de leche y el dulce de membrillo. Ríos de cerveza, vino tinto y fernet envolvían la pista hasta que cayó el telón.
Desperté con hambre. No tanto por la comida, sino por lo que representaba. Ese festín era mi casa. Eran ganas de volver.

La visita de mis amigos me hizo dar cuenta de lo mucho que necesitaba estar con compatriotas. Hablar sin pensar, tomar fernet, jugar al truco, putearnos con cariño, hacer chistes que no hay que explicar. Pensaba que no extrañaba tanto la Argentina. Me equivoqué. Además me di cuenta de que llevaba demasiado tiempo viajando solo. No una soledad triste, sino esa otra, la del que vive rodeado de gente y nunca está con nadie.
Cuando uno viaja solo, piensa mucho. Eso puede ser bueno: te conocés. Pero también puede ser una trampa: no hay nadie que te diga “hermano, estás flasheando, volvé”. A veces se necesita ese cachetazo.
Necesitaba hablar de mujeres con argentinos. Porque no importa si vivís en Jujuy o en Ushuaia, todos compartimos el mismo manual de instrucciones. Los hombres argentinos tenemos una forma muy nuestra de mirar, de pensar, de desear. Puede parecer arrogante decirlo, pero es cierto. Es cultural.
Felipe se encargó de mantenernos bien regados. Su frase de cabecera fue: “Estamos hablando mucho y bebiendo poco”.

Una noche, en un boliche de Medellín, bailábamos reggaetón con tres chicas. Para el que no lo sabe, el reggaetón en Colombia se baila con las nalgas de la mujer pegadas a la bragueta del hombre y meneando. Ojo: tal vez bailes así y después no pase nada. Pero aquella vez, con copas en la mano, el humo en el aire, y luces rojas alrededor, el Ruso me miró. Miró a la chica, sonrió, y me volvió a mirar. Como si revelara una profecía, gritó:
—¡Esto parece una película, boludo!
Tenía razón. Y en ese momento me reí como no me había reído en todo el viaje.
Gracias, hermanos, por traerme un pedacito de patria. Por recordarme quién soy cuando lo olvido. Por devolverme la carcajada.
Nos vemos en Argentina. Donde el asado se consigue en cada esquina, los taxis paran cuando levantás la mano, los shoppings abren feriados y las mujeres bailan distinto. Cuídense. No den papaya. Y si se pierden, pregúntenle a sus señoras.
Y sí. Hay veces que la vida se parece a una película.
