Hacia el Sur

Los meses pasaron. Llevaba casi un año fuera del país y sentí que era hora de volver a ver a mi familia. Para ahorrar unos pesos, compré un vuelo desde Medellín hasta Santiago de Chile. Era mucho más barato que volar directo a Córdoba, con lo que me ahorré 300 dólares. No era poco, después de varios meses trabajando como mozo.

Me fui de Colombia, pero una parte de mí se quedó ahí para siempre. No en vano al Medellín de tus orquídeas, Gardel mi hermano, vino a morir.

Pero no había tiempo para la nostalgia: tenía que ir a Chile. Nunca había estado allí. Solo conocía a un chileno: Mario. Años atrás, un amigo de la facultad me enseñó un documental chileno en el que aparecía él. La explicación de aquel hombre me pareció tan elocuente que lo busqué en Facebook, lo agregué y lo felicité. El tipo me agradeció. Quedó ahí, como tantas cosas que uno hace por impulso. Tres años después, volví a escribirle.

—¿Conocés algún hospedaje barato por Santiago? Voy a estar uno o dos días.

—Lo más barato que puedo ofrecerte es el sofá de mi casa —respondió.

Chile.
Chile.

Excelente.

Debo reconocer que, antes de viajar a Santiago, me asaltaron los prejuicios. Siempre nos enseñaron a despreciar a los chilenos. Un poco en la escuela, un poco en la calle, otro poco en la televisión, en los chistes, en las sobremesas. Que eran unos traidores, que no saben hablar, que nos odian. Así crecimos. Cada vez que por algún motivo algo de Chile se nos aparecía en nuestras vidas, nos limitábamos a maldecirlos y a acusarlos de traición por haber apoyado al Reino Unido en la Guerra de Malvinas. 

Otra vez, la vida me sorprendería y viajar me curaría la xenofobia. Tan humana y nuestra como inútil y estúpida.

Partí desde Medellín, hice escala en Panamá y aterricé en Santiago de Chile. Dormí en el aeropuerto, uno de los más tranquilos que conocí. Apenas amaneció, tomé un colectivo hasta La Moneda, la sede del Presidente de la República de Chile. Recuerdo que entré al Palacio y pregunté cómo llegar hasta Macul: lo que en realidad yo estaba buscando era la estación de Metro que se llama La Moneda, y no el Palacio Presidencial. Imagínense a un extranjero preguntando en la Casa Rosada cómo llegar hasta Retiro. Así de absurdo, pero bueno, nadie nace sabiendo.

Metro de Chile.
Metro de Santiago.

Una mujer me indicó la estación de Metro (frente al Palacio) y tomé un transporte hacia Macul. Luego debía tomar otro colectivo, pero ya me pareció muy complicado y decidí ir caminando. Tras varios kilómetros a pie, llegué a casa de Mario. Pero el amigo chileno no estaba, así que tiré la mochila por encima de la reja y me fui a caminar por la ciudad.

Santiago me pareció limpia, ordenada, más silenciosa que otras urbes de Sudamérica. Era evidente que aquella ciudad estaba más desarrollada y era más moderna que otras capitales. Recorrí la Plaza de Armas y subí al cerro Santa Lucía donde pude ver a Santiago en vista panorámica. También me crucé con la tumba de Benjamín Vicuña Mackenna, y me pareció curioso que una ciudad cordobesa tenga el nombre de un prócer chileno. Probé los calzones rotos, solo porque me dio gracia el nombre. Son una especie de masa frita con azúcar que venden en las panaderías.

Calzones rotos.
Comida callejera de Chile.

Me moví por la ciudad como si la conociera. Volví a la casa de Mario recién por la noche. El chileno estaba con sus amigos. Me saludó con un abrazo, me presentó al resto de los contertulios y me ofreció picada y cerveza. Después otra. Y otra. Fumamos. Mario me hizo lugar en su casa y en su vida. Poco después llegaron su hija y su novia, ambas con una sonrisa. Aquello era un hogar, cálido y reconfortante.

En esa casa de la calle Los Espinos aprendí que en Chile a los panchos les dicen completos y al papel higiénico, confort. Probé la palta chilena, que desde entonces se convirtió en parte de mi dieta diaria. Conocí a Pablo, un amigo de Mario que me enseñó a colarme en los colectivos y me advirtió, con una seriedad desconcertante, que jamás probara la pasta base.

«No pruebes la pastabase», dijo Pablo.

Mi idea era quedarme dos noches. Me terminé quedando trece.

Una tarde, viajando con Mario, tuvimos un accidente. Nada grave, pero el otro conductor, que venía con su familia, quiso boxear a mi amigo. Me metí en el medio y lo amenacé. Porque si estás conmigo, te voy a defender a muerte. Se calmó. Días después, los tres nos dimos la mano. Mario pagó el arreglo del auto del tipo, porque la verdad es que tenía la culpa. Pero bueno, esas cosas pasan. Por suerte, nadie salió lastimado. El tipo iba con la madre.

También visité la casa de una familia de clase alta. Eran los padres de una compañerita de Josefa, la hija de Mario. Jugamos al fútbol en el parque. Uno de los hijos de los dueños, León, tenía Síndrome de Down. Me puse a jugar con él. Mientras corría detrás de la pelota, me acordé de Ángeles.

Otra vez, el tiempo se detuvo. Oí un grito de León, que me decía que iba a patear, pero ya no lo escuchaba. Una lágrima sola se escapó de mi ojo derecho, rodó por la cara y aterrizó en el pasto de aquella casa gigante, más grande que una manzana completa. Pero yo ya no estaba ahí. Estaba con ella.

Otro grito de León me sacó del sueño. Lo abracé y rodamos por el suelo. El niño rió.

El patio de León.

—Gracias por jugar con mi hijo —me dijo el dueño de casa minutos después.

—Gracias a él por jugar conmigo —respondí.

Volví a Argentina. Estuve con los míos. Dos meses después, regresé a Chile, por invitación de Mario. Viajamos juntos, él, yo, su novia y su hija. Conocí Lican Ray, Viña del Mar, Valparaíso y otros pueblos con nombres rarísimos como Pueblecillo, Las Coimas y Peor es Nada.

Pero lo más memorable de esos días fueron mis momentos con la pequeña Josefa, la hija de Mario, que en ese entonces tenía siete años. La magia de la infancia, señores. Pensé en Ángeles y en la vida que habría podido tener si hubiera sido sana. Y en lo profundo de mi corazón pensé que ojalá algún día, si Dios quiere, pueda tener la oportunidad de ser padre. Disfrutar de la alegría de jugar con mi propia hija, como lo hacía con mi hermana o con Josefa en aquella casa de madera en el sur de Chile. Nada más. Eso debe ser la felicidad.

Y pensar que yo tenía mal concepto de Chile. Pero qué pedazo de imbécil.

Mario y su familia me dieron más que un lugar donde dormir. Me abrieron las puertas de su casa y de su corazón. Me enseñaron que la amistad también puede ser un hogar. Un hogar del otro lado de la cordillera.

Gracias, Mario.
Gracias, Josefa.
Gracias, Chile.

Los llevaré conmigo para siempre.

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