Pasaportes, pastillas y pasajes

Para continuar con el relato, tengo que hablar de un tipo que conocí en la terminal de buses de Santiago de Chile.

Fue poco después de que Argentina perdiera la segunda Copa América contra los chilenos. Yo venía del sur, con los ojos colmados de volcanes y lagos y con la espalda llena de abrazos, pero con poco dinero. Pregunté el precio del pasaje desde Santiago de Chile hasta Mendoza en todas las empresas que ofrecían el servicio. Me alcanzaba para ir hasta la capital cuyana y para comer algo, pero nada más. A Córdoba debería regresar con ayuda del gordo, mi fiel pulgar derecho.

Formé fila detrás del mostrador de la empresa más barata. Delante de mí compraba su pasaje el señor de la foto. Casi no hablaba español. Observé en silencio cómo pagaba más del triple del precio que a mí me habían querido cobrar cuando pregunté. Esperé mi turno, compré un pasaje al mismo destino y decidí abordar al señor:

—Te está cobrando veinte dólares de más —le dije en inglés, y le pedí que me mostrara su boleto. —Y te lo está facturando por el mismo dinero que a mí.

Le enseñé el ticket: el precio era el mismo, pero él había pagado de más.

Me miró a los ojos y me sonrió con sinceridad:

—Well, thank you very much, buddy.

El empleado de la empresa de colectivos me miró con una mezcla de rabia y vergüenza, y le devolvió el dinero tras el reclamo.

—A veces hay que hacer negocios —me dijo en español, intentando justificarse.

—Pero esta vez no —espeté, y me giré para tenderle la mano al señor de la foto.

—Thank you very much, amigo. ¿What’s your name? Really, thank you.

Hablando con él, me contó que era originario de Texas, Estados Unidos, y que tenía cincuenta y cinco años. Hablaba casi a los gritos. Estaba aliviado por encontrar a alguien de confianza en este mundo casi nuevo: era su primer día en Santiago de Chile tras vivir tres años en Ucrania.

A los pocos segundos de haber comenzado la charla, percibí un leve movimiento de su cabeza hacia los costados, como negando: “No, no, no”. Temblaba. Al instante me di cuenta de que aquel hombre tenía la enfermedad de Parkinson.

Richard, pues así creo que se llamaba, me invitó a almorzar y accedí de buena gana, en un gesto que de por sí ya compensaba la buena acción. Un almuerzo gratis era precisamente lo que necesitaba mi estómago mezquino de flacos bolsillos. Fuimos a un restaurante de comida china, a pocas cuadras de la terminal, ya que aún quedaban algunas horas para nuestro viaje. Pedimos comida y la acompañamos con una tradicional cerveza Escudo.

Averiguando más detalles de su vida, me contó que su esposa era mendocina y que llevaba tres años sin verla. En Ucrania se quedó como ilegal durante dos años y seis meses. Para salir, sobornó con cuarenta dólares a un oficial de migraciones. Sobornar al oficial era mucho más barato y más fácil que hacer el trámite legal correspondiente.

También me confesó que estaba enamorado de una ucraniana de 23 años. Narró, sin alardear demasiado, detalles sobre su vida y sus experiencias en Estados Unidos y en el mundo, refiriéndose a mujeres hermosas y a diferentes tipos de placeres. Me preguntó si tenía algo para fumar y me regaló una etiqueta de cigarrillos.

El colectivo partió a las seis de la tarde. En el viaje, socializamos con los demás pasajeros y hablamos en inglés en voz muy alta. Me ofreció la mitad de una pastilla rosa que por un tiempo lo hizo dejar de temblar.

Las bellezas naturales nos distrajeron hasta el anochecer, pero al llegar a la frontera, la marcha se detuvo. El camino estuvo cerrado durante varios días a causa de la nieve y aquel día era el primero de la reapertura, por lo que debimos enfrentarnos a una larga fila de autos en el frío Paso Internacional Los Libertadores. Eran las nueve de la noche. Tuvimos que esperar más de tres horas para que nos sellaran el pasaporte.

En ese lugar filmé un video caminando por la nieve y lo subí a mi Instagram. En el video se escucha la voz del yanqui: “C’mon, baby. The snow gets deeper out there. And it’s going right here. Hey, fuck you!”. Parece que en poco tiempo desarrollamos la confianza suficiente como para putearnos, como si fuéramos amigos de toda la vida.

Cuando llegó nuestro turno, el oficial argentino le preguntó algunas cosas en español y le reclamó por el vencimiento de un viejo permiso. El estadounidense no entendía o se hacía el que no entendía, por lo que intercedí. Le dije que el señor estaba casado con una mujer argentina, que lo esperaba en Mendoza, en la calle San Martín al 1500, cerca de la plaza que lleva el mismo nombre. La dirección era inventada, pero no había tiempo ni voluntad para investigar aquello.

Tal vez por el frío, o tal vez por la hora, nos dejaron pasar. El resto de los pasajeros nos agradeció. Era más de medianoche y en la helada frontera del Cristo Redentor el termómetro registraba trece grados bajo cero.

Sabiendo que yo estaba sin efectivo, el señor compró sándwiches, galletas y gaseosas en una estación de servicio cerca de Uspallata. Llegamos a la terminal de ómnibus de Mendoza a las cuatro de la mañana. El frío penetraba sin piedad. Algunas personas esperaban, otras deambulaban y unas pocas dormían en el piso. No se veían muchas caras amigables.

Nos despedimos en la parada de taxis. Me agradeció lo que hice por él e hice lo mismo: entre los dos formamos un buen equipo. Me pasó su supuesto Facebook, porque según él, no tenía número de teléfono.

Antes de irse me preguntó qué haría. Le dije que esperaría hasta el amanecer, cuando saliera el sol, para hacer dedo hasta mi ciudad.

Me tendió un fajo de billetes.

—Imposible —le dije. —Ya hiciste bastante por mí.

—No te preocupes, tengo más… compra un pasaje directamente hasta Córdoba. Has sido un amigo para mí, y eso es mucho más de lo que puedo decir de la mayoría de las personas de este mundo. No me queda mucho tiempo. Cuídate mucho.

Me tendió la mano, se fue y nunca más lo volví a ver.

Su taxi se perdió en la oscuridad, y me quedé tiritando en la helada parada de taxis de la terminal de ómnibus de Mendoza, con un fajo de billetes en la mano. En vez de dormir en el gélido piso y levantarme para hacer dedo, compré un pasaje a Córdoba en un colectivo que partió al amanecer.

Recuerdo sonreír mientras el tibio sol me calentaba la cara en aquella mañana mendocina de invierno. Dormí en paz y desperté de ese sueño al escribir esto.

Nunca hablamos de su enfermedad. No lo encontré en Facebook. Creo que se llamaba Richard, pero ya no estoy seguro.

Esta es mi forma de agradecerte, Richard. Gracias por la comida, por el pasaje a Córdoba y por ser parte de esta historia.

Donde sea que estés: gracias.

Y el primer viaje terminó acá. Todo lo que vino después fue otra cosa. Para saber qué, tendrán que seguir leyendo. Si llegaste hasta acá, me encantaría que dejes un comentario. O no. En fin: Brasil nos espera. No te lo pierdas: hace calor y hay fiesta.

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