Sobre mi primer regreso a Argentina no tengo mucho para decir. Conseguà otro trabajo de mozo, primero, y en un kiosco después. Me pasé los dÃas pensando en lo que fue mi viaje. Sentà que cambié de algún modo, y que los precios subieron durante mi ausencia, pero lo demás se mantuvo igual. Me perdà el éxito de Maramba y Rombay durante el verano —lo que agradezco— pero poco más. Salà bastante, tratando de recuperar lo que yo pensaba era tiempo perdido.
Seguà perdiendo la batalla contra los vicios y la oscuridad que habitan en mi corazón. En cierto modo, me volvà un ser siniestro. Me volvà insolente e irrespetuoso, cuando en realidad solo era un pendejo de 25 años que se creÃa que, porque viajó un año de mochilero, sabÃa más que el resto. Y la vida siempre encuentra la forma de demostrarte que las cosas no son como uno cree. Que jamás se debe perder la humildad, que viajar no te hace mejor. Viajar te enseña y te abre la cabeza, sÃ, pero hay personas que viajan un montón y siguen siendo unos idiotas.
Sostengo que la sabidurÃa depende más de la relación que uno tenga con Dios, o lo que uno crea que es Dios, que del hecho de viajar como tal.
En definitiva, y aunque no lo sabÃa, seguÃa luchando contra el monstruo. Es como si cierta parte de mÃ, que no estaba bien, buscara excusas para escapar de la realidad. En el fondo, algo me faltaba. Quizás lo explique mejor este posteo que escribà entonces en Facebook:
Acá estoy, cortando 150 gramos de jamón con un dolor de cabeza insoportable, producto de una resaca mal curada. Hoy me levanté y rompà mis anteojos al pisarlos. Después me dormà en la bañera y desperté cuando se rebalsó. Me obligué a comer algo para sentirme mejor y darle guerra a las náuseas. Vine a trabajar y tuve que limpiar la mugre que dejaron unos tipos oriundos de otra provincia, que dicho sea de paso, hablaban una especie de dialecto, porque aquello español no era. Después otro flaco me preguntó si podÃa usar el baño y tomar afuera del negocio una cerveza que compró en otro lugar.
TodavÃa me quedan siete horas más y estoy tratando de equilibrar mis preocupaciones sobre el sentido de la vida y la consecución de mis objetivos con mis necesidades económicas. Solo pienso en llegar a mi casa y dormir sin reloj.
Por un rato pensé que serÃa un buen sábado para cabecear una bala después de tomar un batido de cicuta… pero por suerte existen las redes sociales que muestran lo rico que comen, lo mucho que entrenan y lo felices que son todos en Alegrilandia. No cambien.
Asà estamos. Tengo 25 años y no soy sino un borracho insolente. Por suerte el tiempo no te cambia; el tiempo te demuestra quién sos.
Y a mà me lo estaba por demostrar.
