El día que me robaron el alma (y decidí recuperarla)

Pasaron los meses. Un amigo me invitó a Brasil de vacaciones. Esto es todo lo que escribí en esas semanas:

Estoy en Itapema, el sur de Brasil. Este viaje está siendo una prueba piloto en lo que a acomodación se refiere. Decidí prescindir no solo de la carpa, sino también de mi fiel compañera la bolsa de dormir. Solo traje una hamaca con dos sogas de doce milímetros de espesor por dos metros de largo que utilicé para asegurar cada uno de los extremos.

Ventajas: comparada con el bolso y la carpa, la hamaca ocupa menos espacio, es más liviana y mucho más fácil de armar y desarmar. Solo se necesitan dos árboles o soportes y en treinta segundos tenemos una cama lista. Llama menos la atención y puede desarmarse más rápido en caso de urgencia. Mantiene alejados a los insectos del suelo y es relativamente cómoda. Los empleados de las estaciones de servicio no tuvieron ningún inconveniente en cederme el espacio.

Desventajas: en Porto Alegre la armé en una estación de servicio y tuve frío. No voy a decir que me congelé, pero el rocío de la noche me mojó la ropa y el cuerpo. Bastó una leve brisa para despertarme y levantarme a buscar abrigo. Si no pude soportar el «frío» de una noche de verano en Brasil, ni hablar de climas templados. Tampoco estuve a salvo de los mosquitos. Debería haber traído una manta, pero eso significaría más peso, algo que queríamos evitar.

Esta foto la saqué en una estación de servicio en Uruguaiana, poco después de cruzar la frontera. Debo agregar que pasé unos días fantásticos en compañía de gente increíble. Viajar me hace muy feliz. Ahora me voy a dormir porque el mar cansa mucho. Boa noite.

A la vuelta me bajé en Entre Ríos con el objetivo de visitar Paraguay. Y en la terminal de Posadas me robaron la mochila con todas mis cosas mientras dormía en un banco.

Aquello fue una puñalada al corazón, pero viéndolo en retrospectiva, me lo merecía. No porque me hayan robado, pues nadie merece que le roben, sino porque seguía sin comprender cuál era mi objetivo en la vida. Y aunque a veces siento que pago muy caro mis errores, no reniego por ello. Es la forma que Dios tiene de mostrarme el camino. A los golpes. Con puñaladas en el corazón y flechazos en la espalda.

Esto lo publiqué en Facebook ese día. Lo dejo tal cual, sin reescribirlo:

El viernes 3 de febrero (como una ironía del destino, 204° aniversario de la Batalla de San Lorenzo) llegué a Yapeyú desde Paso de los Libres, tras cruzar la frontera entre Argentina y Brasil. Caminé por el pueblo, saludé y hablé con la gente, conocí las ruinas jesuíticas, el río Uruguay. No me permitieron entrar a la casa natal de San Martín porque estaba en refacciones. Fui a la comisaría a avisarles que andaría por el pueblo y estuve más de dos horas contándole mis aventuras y mi vida a los policías del lugar, que me preguntaron todo.

A la noche se celebraban los 390 años de la primera fundación de Yapeyú. Fui al festival a escuchar y mirar cómo bailaban chamamé. Después me dormí junto al río, en mi hamaca, entre dos árboles.

Al otro día caminé de nuevo por el pueblo. Mi inquietud periodística me llevó a realizar tareas de inteligencia. Esperé que los albañiles que trabajaban en la refacción de la casa del Libertador se fueran a descansar. Luego, bajo un sol abrasante y realizando un trabajo de hormiga, abrí uno de los portones y me colé furtivamente en el lugar. Tomé fotos y me dejé atrapar por la historia. No me iba a ir de allí sin visitar la casa.

Tomé una ducha en el baño municipal de Yapeyú. Temí que me diera un golpe de calor. El lugar estaba muy sucio y un olor insoportable invadía cada rincón, pero una ducha es una ducha. Lavé la ropa que traía puesta, una malla y la remera del Cerro Chirripó de Costa Rica, y me volví a vestir con dichas prendas, aún mojadas. No tardaron en secarse al sol. Después me senté en la plaza y escribí en la tablet mis impresiones sobre el lugar, en un texto que pensaba publicar en estos días.

Luego, muy cansado y hambriento —porque trataba de comer poco para gastar poco caminé hasta la ruta, hice dedo y un camionero santafesino me llevó hasta un lugar que se llama Gobernador Virasoro. En la terminal saqué un pasaje a Posadas. Me quedaba cerca, no era caro y estaba muy cansado. En todo el día había comido un pedazo de pan con queso, una lata de atún, unas galletas y una naranja.

Al llegar a Posadas, caminé por la zona de la terminal y compré un choripán a veinte pesos. Comí la mitad y guardé la otra mitad en la mochila para el desayuno. Hablé con la señora que me vendió el chori, con un taxista cordobés y con otros mochileros en la terminal. Todos coincidieron en que el lugar era muy tranquilo. Vi mujeres mochileras que andaban solas, otras que andaban de a dos, europeos y gringos. El lugar era tranquilo. Al otro día conocería Posadas y después cruzaría al Paraguay.

Me sentía muy cansado. Se me cerraban los ojos. Eran las once y media de la noche y mucha gente —mochileros incluidos— dormía a mí alrededor, algunos en el piso, algunos en bancos de madera. Comenzó a llover. Me recosté en un banco, puse mi mochila como almohada y la abracé. No tardé en conciliar el sueño.

Sin embargo, no pude descansar bien. Di vueltas toda la noche y me desperté varias veces. Estaba incómodo. La tormenta rugía furiosa afuera y el viento se colaba por todos lados. Busqué abrigo en mi mochila y volví a dormirme.

Cuando desperté, la mochila no estaba.

«¿La mochila?», se preguntó mi cerebro. Pegué un salto y salí corriendo a buscarla. No había pasado media hora desde que había despertado para abrigarme, y la mochila aún estaba. Fue en esos minutos cuando desapareció.

La noche anterior, mientras dormía en el monte, recordé meterme en el bolsillo tanto el celular como el dinero que traía, por si pasaba algo. Esa noche no. Esa noche se me pasó. Quizás por el cansancio, quizás por exceso de confianza.

Eran las cinco de la mañana y todos aún dormían. Con sus mochilas al lado, desordenados. Tenía que ser un error. Seguro estaba soñando.

Le podrían haber robado a cualquiera, pero me robaron a mí. Sabía que no la recuperaría. Venderían las cosas de valor y quemarían mis documentos.

En total, me robaron:

Las fotos de mi hermana, la cartera de mi abuelo en la que guardaba todos los documentos, mi pasaporte con los sellos de todos los países que visité, la mochila, el DNI, la tarjeta de débito, el carnet de conducir, el certificado de vacunación contra la fiebre amarilla, el celular y el cargador, la tablet y el cargador, todo el dinero, mis dos jeans favoritos, mis dos camisas favoritas, la remera nueva y original de San Lorenzo, otra camiseta gris y otra rosa. Un pantalón corto, shampoo, jabón, desodorante, cepillo de dientes y pasta dental, la guía Lonely Planet y un libro de filosofía, una libreta con lapicera incluida, un spray antialergia, mis anteojos para ver, mis lentes de sol, las zapatillas, la ropa interior y las medias.

Me quedó lo que estaba utilizando de cama y de almohada: la hamaca paraguaya, dos sogas de dos metros de largo por doce milímetros de espesor y una manta, la remera de Costa Rica Chirripó, un pantalón que me prestó un amigo y tengo que devolver. La ropa interior que traía, una toalla azul, una camiseta y las crocs.

Como verán, no me quedó mucho. Ni siquiera un mísero peso, porque a última hora guardé todo en la mochila. Olvidándome de mis propios consejos, de repartir el dinero en varios lugares. Me confié. Me olvidé. Se me pasó.

«Me dejaron con lo puesto» es una frase que puede aplicarse a esta situación.

Hablé con la seguridad del lugar, me tomaron los datos y me prestaron el teléfono y la computadora para comunicarme con mi madre. Por suerte ella me compró un pasaje y pude volver a Córdoba, con una mano adelante y otra atrás.

Ese día, después de que me robaran, una chica de la nada me invitó a tomar unos mates, por lo que desayuné. Dos mochileros cordobeses me dieron charla, galletas y gaseosas. Se hacían llamar «La Banda del Canasto» porque vivían con lo que sacaban de los tachos de la basura. Conocí a otro tipo de unos cincuenta años, también viajero, que me contó que en su vida le robaron la mochila completa un total de tres veces. «Si elegiste esta vida, no tenés idea todo lo que te queda por vivir y pasar. Esto no es nada, amigo», aseguró. Tal vez me quiso hacer sentir mejor, no sé. Pero sus palabras me reconfortaron.

Me hice amigo de otro misionero que iba a Córdoba a estudiar. La chica que vendía diarios en la terminal me regaló una revista. Todo estaba bien… salvo porque me habían dejado sin nada.

En la empresa que me vendió el pasaje había chipa y café, por lo que comí. También dieron cena en el colectivo. Fui todo el viaje charlando con una mujer de Jesús María que me prestó el celular un rato y unos chicos que estuvieron de vacaciones en Misiones y en Brasil, por lo que el trayecto se hizo mucho más ameno.

Quizás algunos piensen que estoy triste, que me da vergüenza reconocer que esta vez perdí, que se acabaron mis tiempos de andar. Bueno, mentiría si no dijera que tengo un poco de bronca. Sin embargo, no estoy triste. Al contrario: estoy motivado. Cuando todo marchaba bien en mi vida, subo una foto haciéndome el bonito, y casi que explotaba de felicidad por estar haciendo lo que me gusta, me pasa esto.

¿Saben qué? No me importa. No estuve triste ni desanimado ni por una fracción de segundo. Ya está. Ya aprendí a desprenderme de las cosas. Me dolieron las fotos de la flaca, la cartera de mi abuelo, los sellos del pasaporte. Pero no me importa. Me voy a recuperar. Voy a trabajar, ahorrar plata, comprar otra mochila mejor que la que tenía y todas mis cosas de nuevo, y saldré otra vez. Al primer lugar que iré será Misiones, y recorreré la provincia de punta a punta.

Tengo el orgullo herido. Soy un mochilero sin mochila. Quizás fui muy ambicioso y egocéntrico: me arrogué el derecho de darle consejos al resto y me olvidé de asegurar mi mochila a mi cuerpo con una soga, una cadena o algo. No lo sé, y ya no importa. No tiene caso llorar sobre la leche derramada.

Esto también me sirvió para darme cuenta de que estoy bien psicológicamente. Soy un hombre de principios y convicciones fuertes, sano, feliz, que sabe lo que quiere, seguro de sí mismo. Un tropezón no es caída. No culpo a nadie. Me hago cargo. Después de todo lo que me pasó en la vida (y de lo que me falta), esto no es nada.

Si mi vida fuese una película, esta parte sería otro nudo en la trama. Voy a resolverlo yo y no quiero que nadie me regale nada. Yo puedo solo. Tengo brazos, piernas, salud y cerebro. Hoy es el día uno de mi nueva vida.

Recorrí 16 países, incluyendo El Salvador y Honduras. Me robaron todo en la tranquila Posadas. Qué país hermoso.

El universo va a tener que matarme si quiere que deje mi sueño de conocer el mundo, escribir cosas y vivir de eso. No pienso en nada más desde que me levanto hasta que me acuesto. Repito: van a tener que matarme si quieren que deje mis sueños de lado. Prefiero morir a ser infeliz. Prefiero morir a vivir una vida vacía, llena de nada. No tengo miedo. Ya estuve en el infierno. Esto es un paseo por el parque. A ver qué trae el sol de mañana.

He dicho.

PD: Adiós, compañera de aventuras. Perdoná si al evocarte se me pianta un lagrimón.

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(Me quedé sin mochila. Pero no me quedé sin rumbo)

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