Un nuevo comienzo

Es mayo de 2017. Sigo trabajando en un kiosco al lado de mi edificio. El dueño es un desastre: toma merca en el local, no limpia, hace ruido que molesta a los vecinos y el negocio está por fundirse. Pero necesito plata y no tengo otra opción.

Uno de esos días, mirando un grupo de mochileros en Facebook, conocí a un tal Odirlei Alves Barbosa. Es de São Paulo, Brasil. Los videos que subía al grupo me causaron auténtico regocijo. Hacía dedo y laburaba de lo que fuera para poder seguir viajando. Como yo. Me sentí identificado y le escribí. “Si necesitás alojamiento en Córdoba, avisame”.

Como buen mochilero, Odirlei aceptó al instante. Aquella sería la primera vez que yo recibiría a alguien en mi casa sin conocerlo. Lo hice por varias razones, pero por sobre todo, me vi reflejado en él: un mochilero que viaja solo, con poco dinero y confiando en su buena estrella y en la bondad de los demás. Eso me bastó.

Mario, el chileno, había hecho lo mismo conmigo. Me recibió en su casa sin conocerme. Una cama y una ducha pueden parecer poco para alguien que vive siempre en el mismo lugar, pero para un mochilero son todo. Ahora Mario sabe que tiene un amigo en el mundo, y yo estaré agradecido para siempre.

Invité a Odirlei porque quise devolverle a este hermoso mundo algo de todo lo que me dio. Quería estar a la altura.

Recuerdo que en dicho grupo de Facebook, para la misma época, un belga bien parecido subió una foto suya pidiendo colaboración. Más de 200 personas se ofrecieron para hospedarlo, mostrarle el lugar, cocinarle y acompañarlo. Odirlei subió una foto suya pidiendo lo mismo y nadie le respondió. ¿Por qué ignorar a Odirlei? ¿Porque es brasilero? ¿Porque es pelado? ¿Por qué todo tiene que estar motivado por el interés?

Unas semanas después, Odirlei llegó a Córdoba. Ya en mi departamento, me contó que había salido de su hogar el 31 de enero de ese año con 150 reales en el bolsillo, unos 30 dólares. También me contó que le robaron en Posadas. Estaba pidiendo WiFi en un local cuando la policía lo detuvo y le sacó lo poco que había juntado pintando casas. Lo escuché y le creí. No me dio la sensación de que estuviera mintiendo.

No estaba del todo seguro de recibirlo. Me dio ese miedo lógico de abrirle la puerta a un desconocido. Pero lo hice. Hoy sé que fue una de las mejores decisiones que tomé ese año.

Con Odirlei volví a encontrarme conmigo mismo. Hablamos de viajes, de personas, de lugares. De cómo vemos la vida: que si sembrás algo bueno, algo bueno vuelve.

Su historia me pegó fuerte. Igual que yo, tuvo que conocer la muerte para empezar a vivir. En mi caso, la de mi hermana. En el suyo, la de su madre.

Odirlei ama a la Argentina. Dijo que la gente le pareció educada y amable, que los lugares están limpios, que el país es organizado. No todos los argentinos pensamos así, pero él viene de San Pablo, una ciudad con más de veinte millones de personas. Más de la mitad de toda la Argentina metida en un solo lugar.

Algún día iría a São Paulo para sacar mis propias conclusiones.

Con él también me acordé de lo fácil que es discriminar al que no nos conviene. Y de lo raro que es: venimos de un país hecho a fuerza de gente que llegó de afuera. La Constitución lo dice sin vueltas: ‘todos los hombres del mundo…’. Migrar es de lo más natural que hay. Incluso algunos animales migran.

Por mi parte, las puertas de mi país están abiertas para cualquiera que venga con buenas intenciones y ganas de laburar. No importa la raza, el idioma, la religión. El mundo no necesita más fronteras: necesita más amor. Aunque suene a frase de taza, es lo que pienso.

Dicho esto, Odirlei me invitó a viajar con él hasta São Paulo. A dedo. Acepté.

En julio de 2017 comenzó mi segundo viaje, esta vez hacia el este.

No sabía que ese viaje sería también el principio de otra cosa: la reconstrucción de mí mismo.

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