Mi errante andar

Salimos desde Córdoba bien temprano y llegamos a Monte Cristo una hora después. Odirlei planificó todo: en esa ciudad nos recibirían Bera y su familia. El brasilero los contactó a través de Couchsurfing, una plataforma que conecta a viajeros con anfitriones locales dispuestos a ofrecer alojamiento gratuito.

Una vez en casa de Bera, comimos tortas fritas con mate y fuimos a recorrer la ciudad. Caminamos por las vías del tren y tomamos algunas fotos, mientras nuestra anfitriona nos contaba la historia de las industrias locales. A la noche compartimos un gran asado con mucho vino junto a uno de los yernos de Bera y sus amigos.

Aquel asado fue el último en mucho tiempo. 

A la mañana siguiente nos despedimos de nuestros buenos anfitriones y salimos a la ruta a hacer dedo, el plan que teníamos desde el principio. 

Bera nos dejó una reseña en Couchsurfing: “Fede y su amigo Odi se alojaron en nuestra casa. Pasamos buen tiempo juntos. Son personas muy amigables y respetuosas. Ambos tienen mucha experiencia como viajeros. Tienen muchas anécdotas para contar. Además están dispuestos a realizar las tareas del hogar. Fue muy divertido recibirlos en casa. ¡Mucha suerte en el viaje chicos!”

¡Gracias Bera! Fue un placer haberme quedado en tu casa y conocer a tu hermosa familia. 

Pero volvamos a la realidad: otra vez era tiempo de andar por la ruta. Había que llegar a Brasil, así que nos ubicamos en un costado y levantamos el brazo, con el pulgar señalando hacia el este.

No esperamos ni un minuto. El segundo automóvil que pasó se detuvo pocos metros más adelante. El conductor se ofreció a llevarnos hasta San Francisco, la última ciudad de Córdoba antes de la provincia de Santa Fe. Eran 150 kilómetros. Vaya, eso era suerte. 

Me senté adelante. Hablamos con el amable conductor durante todo el viaje y comimos unas naranjas que nos regaló. Un campeón, el amigo. Una vez en San Francisco, le agradecimos el favor. 

Ya en la ciudad del este cordobés, caminamos hacia Santa Fe para ubicarnos sobre la ruta 19, a la salida de la ciudad. Aún era temprano, y Odirlei deslizó la posibilidad de llegar a Paraná ese mismo día. 

Pero la fortuna no nos sonrió esa vez. Estuvimos haciendo dedo durante más de tres horas. Nadie se frenó. Decidimos cambiar de estrategia, volver hacia la estación de servicio y hablar amablemente con los conductores, a ver si alguien nos daba una mano. Abordamos a más de cincuenta personas. Nada. Parece que no inspirábamos confianza con nuestra pinta.

Decidimos volver a la ruta 19. Estuvimos haciendo dedo por cuatro horas más, pero no hubo caso. Aquello era desolador. Volvimos a la estación para hacer un último intento. 

Aunque sin esperanza, no pude evitar admirar la determinación de Odirlei para hablar con los recelosos sanfrancisqueños. Había que verlo al brasilero, tartamudo como era, hablar con todos y cada uno de los automovilistas que se detenían en la Shell a cargar combustible. ¿Cuántos “no” puede recibir una persona y aun así seguir adelante en su brutal empeño? Aquella fue una tarde de negativas. Nada funcionó, pero el simpático mochilero paulista no cesaba en su empeño. Daba gusto verlo acercarse a cada uno de los conductores, sin dejarse desmotivar por las negativas, haciendo un esfuerzo casi sobrehumano para hablar y que las porfiadas sílabas no insistieran en repetirse.

Escuchando la accidentada melodía que brotaba por entre los dientes de Odirlei, el Astro Rey continuó con su eterna danza por los cielos en su camino al horizonte. El ocaso me hizo caer en la cuenta de nuestra dura realidad. Aquello era un fracaso, y ahora teníamos que buscar un lugar para dormir. Era invierno. Hacía frío. De acuerdo con mi experiencia, la posibilidad más realista consistía en pasar la noche en la terminal de colectivos y volver a intentarlo al día siguiente. 

—Yo no me voy a quedar en la calle —dijo Odirlei, firme. Lo dijo en portugués: Eu não vou ficar na rua.

De cualquier modo, sugerí que comenzáramos a caminar hacia la terminal en busca de refugio. Al menos no estaríamos a la intemperie. En mi interior me preparé para pasar la noche en aquel lugar. 

Llegamos a la estación, dejamos nuestras cosas en el piso y nos sentamos sobre los bancos de la sala de espera. Odirlei se conectó a WiFi. Tras algunos minutos, la diosa de los mochileros hizo su magia: el pelado amigo logró contactar a una chica por Couchsurfing, Antonella, que dijo conocer a una pareja dispuesta a recibirnos en su casa por aquella noche.

Bingo. 

Caminamos unas cuadras y nos encontramos con Antonella, que nos saludó y se ofreció a acompañarnos hasta nuestro alojamiento temporal. 

Nos recibió una pareja de jóvenes, de no más de 22 o 23 años. Él tocaba la guitarra y ella cantaba. Ambos eran buena gente, sencillos, genuinos. Usaban piercings, tenían tatuajes y un bebé pequeño.

Les agradeceré por siempre. 

Tras escuchar algunas canciones, fuimos a dormir. O mejor dicho, a intentar dormir, porque lo cierto es que no conseguí descansar. Un perro ladró toda la noche junto a la puerta de la casa, y los ladridos se volvieron insoportables. Para colmo, el viento se colaba por las hendijas de las ventanas, lo que nos hacía temblar.

Los ladridos y el frío fueron protagonistas estelares de aquella gélida noche de julio.

Pero no importaba, hermano. Somos mochileros. Un colchón donde tirarse y una frazada con la que taparse son mejores que cualquier terminal de colectivos, sin importar las circunstancias. Esa noche dormí mal, pero era como si el mundo todavía tuviera lugar para nosotros.

Al otro día nos levantamos temprano, tomamos una taza de café y regresamos a la ruta. Anto, la chica que nos consiguió el hospedaje, me dejó la siguiente reseña:

10 puntos!!! Fede es re copado muy atento, sabe mucho y es interesante conversar con él. Me hubiese gustado compartir más tiempo. Fue una muy buena experiencia 😀

Llegamos otra vez a la fatídica ruta 19 cuando el tímido sol decidió asomarse entre esas nubes de invierno y calentar un poco el asfalto. Pasamos frente a la estación de servicio del fracaso y caminamos junto a los moteles de la zona.

Con esperanza, nos pusimos a hacer dedo en el mismo lugar donde el día anterior fallamos de forma miserable. Todavía no pensábamos en rendirnos. ¿Cómo me iba a rendir? Estaba viajando con un brasilero que, a pesar de su tartamudez, su acento cortado y su castellano roto, era capaz de acercarse una y otra vez a hablarle a desconocidos con una fe inquebrantable.

Como mi hermana.

Las actitudes dicen más que las palabras.

Hasta San Pablo no paramos, pelado.

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