Después de una hora sin resultados positivos, esta vez fui yo el que tomó el toro por las astas.
—Sigamos, amigo —le dije al brasilero.
Bajo el sol de julio, caminamos junto a la autopista durante una hora y media. Aquello era cansador, sobre todo por el peso de las mochilas. Tratábamos de ver lo positivo: al menos ya estábamos en la provincia de Santa Fe. andar junto a la ruta es incómodo y peligroso, pero al menos teníamos la sensación de que estábamos avanzando y que la pesadilla de San Francisco quedaba atrás.
Perdido en mis pensamientos, miraba el asfalto de reojo cuando un camionero se detuvo a algunos metros. Corrimos. El hombre aceptó llevarnos hasta la entrada de una localidad vecina, Zenón Pereyra. Eran menos de 20 kilómetros, pero al menos saldríamos de allí, donde solo se veía la ruta y los campos aledaños. Aceptamos el viaje.
Pocos minutos después, agradecimos al generoso conductor y descendimos del vehículo justo frente a la entrada del pueblo santafesino. En estos lugares no es necesario ingresar al ejido urbano, sino que la autopista pasa a algunos kilómetros de distancia. Aquel era un buen lugar para hacer dedo. En pocos minutos, otro camionero se detuvo y se ofreció a llevarnos hasta Clucellas, a unos 15 kilómetros. Siempre es mejor avanzar que no avanzar, incluso por una cuestión de motivación. Subimos.

Aquel día fue así, lento pero con avances constantes. Atravesamos un pueblo tras otro: Angélica, Sa Pereira, San Jerónimo del Sauce, Franck. No pudimos realizar largos trayectos de un solo tirón, pero de algún modo Brasil estaba más cerca. Tras varios viajes cortos, el conductor de un Audi reluciente se detuvo frente a nosotros y estuvo de acuerdo en llevarnos hasta el puente que une la ciudad de Santa Fe con Paraná. Aquello era una bendición: nuestro próximo anfitrión de Couchsurfing nos esperaba en la capital entrerriana.
El conductor del Audi nos contó que era gitano y que tenía 23 hijos con 22 mujeres diferentes. Con una de las mujeres tenía dos hijos, por lo que intuyo que aquella debía ser el amor de su vida. El hombre portaba varios anillos y cadenas de oro que brillaban tanto como su automóvil, silencioso e inmaculado. Todo en el gitaano desentonaba con nuestro aspecto desmejorado por andar en la ruta y por el polvo del camino.
Y sin embargo, se notaba que aquel hombre callaba algo. No sé qué, pero algo.
Al llegar al puente agradecimos al gitano y nos bajamos del vehículo. Trescientos cincuenta kilómetros no era mucha distancia para hacer en dos días, pero al menos teníamos dónde dormir.
Caminamos durante una hora, recorrimos la ciudad de Paraná y llegamos a la casa de Mariano, otro couchsurfer que de buena gana nos dejó quedarnos todo el fin de semana.
Lo curioso es que Mariano tenía que irse aquel día, que era viernes, y recién volvería el lunes. Pero aseguró que no habría problemas, que podríamos quedarnos en su casa el tiempo que nos hiciera falta. Sin intercambiar muchas palabras, el confiado entrerriano nos dejó la llave y se fue.
Pasamos el fin de semana en la casa de Mariano y recorrimos la ciudad de Paraná. Una de aquellas noches tuve que ducharme con agua helada entre aullidos de dolor. Odirlei, más pillo, decidió calentar agua en la cocina hasta llenar un bidón de veinte litros, lo que haría que el baño fuese más placentero. Disconforme con mi decisión —y con mi falta de planeamiento—, decidí cargar un balde con agua fría y arrojarla sobre la humanidad de Odirlei mientras se lavaba.
—¡No, Fred, no! —atinó a decir el brasilero con los ojos muy abiertos, intentando cubrirse el cuerpo con las manos, como si aquello pudiera impedir que el agua impactara sobre él. Vale mencionar que los brasileros tienen ciertas dificultades para pronunciar mi nombre “Federico”, y en cambio ellos utilizan la variante “Frederico”. “Fede”, en portugués, significa “apesta”, por lo que decidí adoptar el nombre de Fred (y presentarme como tal) para simplificar las cosas para todos, incluso a mí mismo.
¡Cómo me reí cuando Odirlei me puteaba por el agua fría! A veces me gusta hacer bromas, sobre todo cuando siento que mi honor se ve mancillado, como en aquella ocasión.
El lunes continuamos nuestro viaje, bien temprano, y le agradecimos a Mariano por su gesto desinteresado. El joven dejó la siguiente reseña:
Fede es una masa, un tipo que ha viajado bastante y se nota, compartimos anécdotas locas de viajeros y hablamos de todo en verdad; él y Odirlei se quedaron en casa unos días y la verdad que disfruté mucho el hospedarlos.
Boa viagem Fede, abraço!
Y así seguimos viaje: pasados por agua fría, una casa prestada y la bendición de un corazón gitano. De 23 hijos con 22 mujeres distintas.
La ruta te muestra personajes que no te inventa ni un guionista.