Atravesar los amplios llanos

Cuando no podemos pararnos en una estación de servicio, nos colocamos a la orilla de la ruta y procuramos hacerles señas a los automovilistas. Agitamos los brazos, bailamos, hacemos la grulla: cualquier cosa vale para llamar su atención. Algunos (la mayoría) nos ignoran por completo. Otros responden con una sonrisa o un gesto de aprobación, y apenas uno entre decenas decide frenar para llevarnos.

Hacer dedo es un juego de paciencia, aburrimiento y creatividad. Ver desde atrás las luces de freno de un automóvil es una pequeña victoria. La ruta es así: estar al costado del camino es esperar, y también vivir momentos impredecibles. Pero es evidente que tanto Odirlei como yo tenemos experiencia. Somos persistentes y nos adaptamos. Comemos poco, caminamos mucho. Y fumamos cigarrillos, vaya si fumamos.

—¡Você, você, você, você, você, você, você! —grita Odirlei mientras se aproxima un conductor de bigotes que ni siquiera nos mira. El brasilero a veces baila y se ríe. Me cae simpático. Tenemos poca plata, pero risas no nos faltan.

La ruta por hoy es nuestro hogar, y ambos lo sabemos. No tenemos mucho, pero mucho no hace falta. Cada vez que alguien para y nos lleva, yo vuelvo a creer en la gente. Hay hijos de puta, sí, pero también hay una mayoría silenciosa que ayuda sin pedir nada a cambio.

Aquel día atravesamos algunos pueblos con nombres graciosos como Cerrito o El Pingo. Por la noche llegamos a Paso de los Libres, ya en la frontera con Brasil. En total hicimos más de 400 kilómetros, nada despreciable. Decidimos dormir en un hostal barato y cruzar el límite al día siguiente.

En ese lugar, Odirlei me ofreció comprar un cartón de cigarrillos paraguayos por dos dólares. Esos diez paquetes fueron de lo peor que fumé en toda mi vida, y eso que he fumado tabaco de mala calidad. Estoy seguro de que mi esperanza de vida se reducía una semana cada vez que encendía uno de esos puchos venenosos.

Al día siguiente cruzamos la frontera, caminamos por Uruguaiana y nos alojamos en la casa de Bernardo, otro couchsurfer que nos recibió como si fuéramos de la familia, nos presentó a su abuela y nos puso en la mesa un montón de comida que no vacilamos en devorar.

Bernardo no dejaba de hablar de su experiencia en Tailandia, otro de los países que deseo conocer. A la tarde, el simpático brasilero nos llevó al río Uruguay, donde escuché que un niño le decía a otro, mientras jugaban en el barro, que aquello era una “porcaría”. Qué idioma tan bello, el portugués.

Vimos el atardecer junto al río. El sol caía en el horizonte, como acariciando la orilla de mi patria con sus últimos rayos. De este lado era Brasil; del otro, Argentina.

Emocionado por aquella vista, me despedí de mi tierra con un nudo en el pecho. Dejé atrás mi país como quien deja una casa, en silencio. Sin hacer ruido, pero sintiendo todo.

No lloré, pero no hizo falta.

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