Compartiendo el aura

Partimos de Uruguaiana con la mochila al hombro, la mirada fija en el horizonte y los pulgares listos para una nueva jornada de carona, pues tal es el nombre que los brasileros asignan al acto de hacer dedo. Bernardo nos llevó hasta una estación de servicio en las afueras de la ciudad. Gran tipo. Me dejó esta referencia:

Fede é muy buena onda!
Ficou por uma noite em minha casa, primeira cidade no Brasil depois de deixar seu país e tivemos um tempo muito bacana juntos!
Um jovem escritor muito talentoso, muito viajado e que troca muita ideia sobre qualquer assunto!

Gracias, amigo.

Mientras esperábamos que algún vehículo nos llevara, miré alrededor y caí en la cuenta de que allí solo estábamos Odirlei y yo entre la vastedad de los campos y la inmensidad del cielo.

Apenas cruzamos la frontera percibí que las inmensas planicies argentinas quedaron atrás y que ahora el terreno era más ondulado, con colinas que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Pensé que tal vez, siglos antes, españoles y portugueses habrían tomado la geografía del terreno como referencia para delimitar sus respectivos imperios.

En Brasil es más fácil hacer dedo, incluso por una cuestión de estadística: como hay más personas, hay más vehículos, lo que incrementa la posibilidad de que alguien te lleve. Los conductores también parecían ser un poco más propensos a detenerse. Las grandes estaciones de servicio brasileñas son el lugar ideal para pedir carona cara a cara, sin necesidad de estar en la ruta bajo el sol.

Hacemos dedo, se detiene un conductor, contamos nuestra historia. La secuencia se repite. Al principio entiendo poco. Con el paso de los días, voy aprendiendo más. Casi siempre el que habla es Odirlei, yo viajo callado, observo el paisaje y escucho las conversaciones con atención.

Percibo, además, la inmensa riqueza natural de Brasil. El sol gaúcho revela haciendas interminables, y tanto las grandes ciudades como los pequeños pueblos son postales de la vida brasileña en esta parte del país.

Aquella noche conseguimos que un joven nos hospedara en São Luiz Gonzaga, una ciudad de 35 mil habitantes ubicada a 287 kilómetros de la frontera con Argentina. No es mucho, pero insisto: solo moverse y no estar quieto da la sensación de progreso.

Muchas de las calles de São Luiz Gonzaga eran de tierra. Noté que algunas personas criaban pollos en sus jardines. Ya en la casa de nuestro anfitrión, encontré un disco de folklore brasilero. Los hombres de la tapa usan sombrero, botas y pañuelos, y enseñan sus guitarras con una sonrisa. Siento que son la versión lusoparlante de Los Chalchaleros.

Con Juliano y su madre.

Puse el disco en el reproductor. La primera canción era una zamba. Si cierro los ojos, podía imaginar sin problemas que estaba medio borracho en el festival de Jesús María, sin entender del todo la letra, pero cuyo ritmo me era familiar.

Escucho hablar a Juliano, pues tal es el nombre de nuestro anfitrión, y el acento de su portugués me suena como a un gaucho de La Pampa. No somos tan distintos: nos cuenta que está escribiendo su tesis y hablamos de genealogía y sus ancestros. Juliano estaba preocupado por saber quiénes eran sus antepasados y de dónde venían. Uno de sus maestros le había dicho que aflojara con eso, que no se obsesione, que buscar raíces en el pasado era como cavar en tierra seca.

Era curioso. Él buscaba a sus antepasados; yo, a mí mismo.

Nos cocinó la madre del gaúcho. Antes de dormir, bebimos algunas cervezas. Nada más, nada menos.

Partimos al día siguiente. Juliano me dejó esta reseña:

GRANDE ALMA EM BUSCA DE CRESCIMENTO PESSOAL NO CAMINHO DA VIDA, PARTILHANDO SUA AURA.
(gran alma en busca del crecimiento personal en el camino de la vida, compartiendo su aura)

Tal vez no sé bien qué significa compartir el aura. Pero la amabilidad y generosidad de esta gente son conmovedoras. Nos abrieron la puerta, nos dieron de comer, nos escucharon. Sin pedir nada a cambio. De buena onda, nomás. En un mundo dominado por el interés, esos actos de solidaridad le dieron sentido a mi presencia en aquellos lares.

Aquella noche, otra vez, dormí sin sueños. Como quien está donde debe estar, y en ningún otro lugar.

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