Seguimos adelante. Nos subíamos a un automóvil tras otro, a veces un camión. Como desde el principio, avanzamos despacio pero firmes. Las curvas seguían las ondulaciones del terreno y cada tanto la cima de una cuesta nos regalaba vistas panorámicas de la región. Brasil tiene miles de ciudades y pueblos desperdigados por todo su vasto territorio, y para ellos una ciudad pequeña puede ser del tamaño de Villa María o Río Cuarto, lo que para nosotros, los argentinos, ya es “grande”.
Odirlei filma partes del trayecto mientras habla con los conductores. Después sube los videos a Facebook. Aquello me parece de lo más divertido. Sigo sin entender mucho del idioma, pero estoy feliz. Pienso en el año que pasó, el año de mi regreso a Argentina. En una de esas noches, salí con algunos amigos. Al día siguiente, uno de ellos me preguntó si yo era consciente de la cantidad de alcohol que había consumido. Aquello me dio vergüenza y traté de no pensar más en ese tema.
Aquel día de viaje por Brasil se nos presentó una experiencia singular. Caía el atardecer y no teníamos dónde dormir, por lo que un conductor que acababa de conocernos nos invitó a cenar en su casa en Antonio Prado, el pueblo donde vivía junto a su familia. Sin otra opción mejor, aceptamos al instante.
Llegamos bien entrada la noche. La esposa de nuestro nuevo amigo nos ofreció arroz, feijão, pollo, ensalada y jugo. Cenamos mientras los hijos de la pareja jugaban en el living. El hombre nos dijo que podíamos pasar la noche ahí, y continuar con nuestro viaje a la mañana siguiente.
Gracias, Brasil. Gracias por cuidarme tanto.
La situación me parecía de lo más sorprendente, pero a Odirlei no tanto. Él sabía que los brasileños son así de generosos, incluso con desconocidos.
—Te dije que la gente aquí es hospitalaria —dijo, con una sonrisa y un cigarrillo entre los dientes.
No obstante la amabilidad de los hermanos, ese día tuvimos una pequeña charla. Calculamos que, en ocho días de viaje, llevábamos recorridos unos 1.500 kilómetros. No era para alarmarse, pero la realidad se imponía: debíamos ir más rápido. Los mochileros calculan que una buena distancia son 500 kilómetros por día, considerando que estás en la ruta desde que sale el sol hasta el anochecer. Nuestro promedio era de 200, menos de la mitad. También era cierto que descansamos en varios lugares. Todavía nos quedaban más de 1.000 kilómetros, y a este ritmo íbamos a tardar más de la cuenta. Había que redoblar el esfuerzo, y tal vez una buena idea sería dejar pasar algunos autos e intentar viajes más largos, de 400 o 500 kilómetros de una sola vez.
Continuamos el camino, y el primer conductor que nos levantó ese día empezó a hablar de Dios y de la Biblia. Nos recordó que, aunque los caminos pueden ser inciertos, siempre hay una guía que viene del cielo.
—Si usted escribe, debe escribir sobre Dios —me aconsejó.
Sus palabras quedaron resonando en mi cabeza mientras avanzábamos por la ruta. Aquel viaje tal vez necesitaba adquirir un matiz espiritual.
Poco después, haciendo dedo frente a un restaurante de carretera, paró un camionero que aceptó llevarnos hasta Lages. Era perfecto: una amiga de Odirlei y su esposo nos recibirían en la ciudad. Podíamos comer algo, bañarnos, descansar. En la ruta se camina mucho, se come poco y la mochila en la espalda se siente cada vez más pesada.

Llegamos a Lages poco después de que el sol cayera por el horizonte. El camionero nos dejó en las afueras y tuvimos que caminar casi dos horas hasta el centro. No importaba. La bienvenida de Vanessa y su novio fue un bálsamo para el cansancio. Otra amiga de la pareja vino a comer con nosotros, y terminamos la noche bebiendo cerveza entre risas y jugando al Uno.
Ganó la amiga de Vanessa. Yo salí segundo.
Al día siguiente conocimos la ciudad. La arquitectura y las calles empedradas me gustaron mucho. Visitamos el mercado, la plaza principal, y subimos a un mirador desde donde se veía la vastedad de la región.
A la mañana siguiente bajé a comprar el pan y me choqué contra un cartel colgado a baja altura. Cuando volví, me recibieron con caras de horror: un chorro de sangre se escurría desde mi cabeza por la frente y bajaba por el rostro hasta perderse en el cuello y el mentón. Pensaron que me habían asaltado, pero la realidad era mucho más indigna.
Nuestra estancia en Lages fue un capítulo cómodo. Mientras estuve allí, no recordé el pasado. Disfruté estar en una nueva ciudad, con nuevos amigos. Y fui feliz, porque me dediqué a vivir sin pensar en el ayer ni en el mañana.
Dormimos dos noches en lo de Vanessa. Al día siguiente seguimos hacia São Paulo. Otra vez con la mochila al hombro y el recuerdo de quienes nos abrieron la puerta sin pedir nada. Jamás olvidaré aquella partida de Uno, pero no soy capaz de recordar alguna de las miles de partidas de truco que jugué en el bar de mi pueblo.
Eso es viajar.
