La vida en broches

Avanzamos unos 300 kilómetros hasta un lugar llamado Colônia Johannesdorf. Por la noche dormimos en el acoplado de un camión que transportaba broches para la ropa. Aquello era incómodo, y hacía bastante frío, pero al menos teníamos un lugar seguro. Mientras estaba acostado, apoyé el peso de mi cuerpo sobre la mochila y en el movimiento rompí los anteojos.

Al despertar discutí con Odirlei porque no nos levantaba nadie. Yo quería caminar junto a la ruta para dar lástima, pero él se negaba y prefería quedarse en las estaciones de servicio por si teníamos que ir al baño, comprar algo y esas cosas. No, señor. Yo prefiero caminar. Con justa razón, Odirlei señaló que su mochila era mucho más pesada que la mía.

—Yo te llevo la tuya, vos llevá la mía —le respondí, cansado de las quejas.

Caminamos unos diez kilómetros junto a la ruta hasta que se detuvo el conductor de una Kangoo sin asientos detrás. Fantástico: Odirlei subiría adelante para hablar con el conductor, y yo podría recostarme y descansar la espalda tras el sueño entre broches y la caminata.

Cruzamos el límite del estado de São Paulo. Pocos kilómetros después, el conductor de la Kangoo nos dejó frente a un pequeño bar de pueblo. Entramos a tomar algo de agua y observé a los locales: todos llevaban botas y sombrero, e incluso algunos habían estacionado el caballo fuera del establecimiento. Nos miraban. No podíamos ser más diferentes, unos y otros.

—Pintoresco —pensé.

Seguimos haciendo dedo. Se nos venía la noche y teníamos que llegar hasta una ciudad llamada Registro. Allí podríamos tomar un colectivo hasta Pariquera-Açu, otra ciudad donde vivía la exmujer de Odirlei y madre de una de sus hijas. Danielle, pues así se llamaba, aceptó recibirnos durante algunos días.

Pero aún faltaba para eso, ya que nos topamos con otro obstáculo. El Parque Estadual Turístico Alto Ribeira se interponía en nuestro camino, y las autoridades no permitían el paso a peatones. La situación parecía complicarse, porque ya se estaba haciendo de noche, pero la fortuna nos sonrió cuando un conductor comprensivo decidió ayudarnos y sortear aquel escollo.

Abordamos el vehículo, como siempre, Odirlei adelante y yo detrás. El viaje fue una odisea: las curvas eran demasiado pronunciadas, y la serpenteante carretera hizo que mis entrañas se revolvieran. La amenaza de un posible vómito no quería dejarme en paz. Cerré los ojos, crucé los dedos y me encomendé a Dios.

Logramos atravesar el parque sin mayores inconvenientes, salvo el hecho de que durante todo el camino llevé mis tripas en la mano, mientras mi cabeza se bamboleaba sin control. Pero no vomité, y lo sentí como un triunfo.

Una vez en Registro, tomamos un colectivo para cubrir los últimos 27 kilómetros que nos separaban de Pariquera-Açu. Estábamos ansiosos por el encuentro y agradecidos por la generosidad de tener un lugar donde descansar. São Paulo quedaba cerca. El invierno brasilero es más suave que el argentino y un cálido clima nos abrazaba bajo las estrellas. Todo marchaba sobre ruedas.

Caminamos unos cinco kilómetros desde la terminal de Pariquera-Açu hasta la casa de Danielle. El cansancio del viaje se disipó al ser recibidos con calidez por la mujer. Decidimos disfrutar de la hospitalidad (vaya palabra recurrente, pero es que es verdad) que nos esperaba en aquel pueblo paulista: comida recién hecha, un baño caliente y una cama cómoda. Cervezas en la heladera. Tras andar tanto en la ruta, aquello no era una pausa reconfortante sino la gloria misma.

Estuvimos algunos días en Pariquera-Açu, comiendo, bebiendo y conociendo a los amigos de Danielle. En este lugar me llamó la atención cómo los muchachos brasileros todavía juegan con barriletes, que en portugués reciben el curioso nombre de “pipa”. Observando a los niños del barrio jugar con sus pipas, me comentaron que algunos ladrones recubren la soga de vidrio molido para robar a motociclistas desprevenidos. Me pareció horroroso.

En aquella ciudad, el padre de Danielle me hizo probar el cuscús brasileño, un plato hecho con harina de maíz. No me gustó mucho, me pareció una polenta algo seca y desabrida, pero no quise decepcionar a aquel hombre orgulloso de su gastronomía. El hombre me comentó que era parte de la Iglesia de los Santos de los Últimos días, es decir, mormón.

También en esta ciudad aprendí que El Chavo es famoso en Brasil, y recibe el nombre de Chaves. Doña Florinda es Dona Florinda, Quico es Quico y Doña Clotilde es Dona Clotilde; pero el señor Barriga es Seu Barriga, la Chilindrina es Chiquinha, y Ñoño es Nhonho. No sería tan polémico si no fuese porque a Don Ramón le dicen “Seu Madruga”, una de las cosas más ridículas y graciosas que escuché en mi vida. Durante todo aquel día estuve pensando en Seu Madruga.

De a poco aprendía el portugués. Daphne, la hija de Odirlei, peleaba con su hermano Breno por una “brincadeira” (broma) que éste le había hecho, pero de acuerdo con Daphne aquello era una “brincadeira sem graça”, es decir, una broma sin gracia.

No nos quedamos mucho tiempo, apenas el suficiente para reponer energías. Una mañana soleada, armamos nuestras mochilas y continuamos con nuestro camino a São Paulo, otra vez a dedo.

Esta vez fue rápido: todos los camiones que vienen del sur de Brasil se dirigen hacia la capital del Estado, que también es el centro industrial de la nación. Es común que personas de todas partes del país, sobre todo del nordeste, decidan ir a São Paulo en busca de mejores oportunidades.

Hacia allá vamos.

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