La selva de piedra

Nacer y vivir hasta los diecisiete años en un pueblo de siete mil habitantes me dio una particular visión del mundo. Por ese motivo, mi asombro fue mayúsculo al llegar a São Paulo, en Brasil. Yo era un pibe del interior, casi del campo, y llegaba a una ciudad de más de veinte millones de personas. Como si fueran la mitad de todos los argentinos en un solo lugar, dentro de un estado de 45 millones de habitantes. Toda la población de mi país viviendo en una superficie del tamaño de la provincia de Santa Cruz.

Desde el principio, el choque cultural me impactó. Llegamos a dedo con Odirlei, arriba de un camión que se metió en una autopista de ocho carriles. Miles de vehículos y construcciones nos rodeaban hasta donde llegaba la vista. Navegamos a través de un mar gris formado por autos, camiones, motos, casas, edificios, grafitis, tiendas y shoppings. Descendimos del vehículo donde el gentil camionero quiso dejarnos y caminamos un kilómetro y medio hacia la estación del metro más cercana, llamada Jundiaí. Todo parecía abrumador e imponente. Aquella parte de la ciudad me resultó demasiado poblada, caótica y gris. 

En el vagón vi a una señora de unos cincuenta años bebiendo una lata de cerveza Skol. No eran ni las once de la mañana. 

Una vez llegamos a la estación Jabaquara, tomamos otro colectivo que nos llevó por calles angostas que se retorcían entre edificaciones cada vez más pequeñas y superpuestas. Las paredes seguían cubiertas de grafitis, que en portugués reciben el curioso nombre de pichações.

El flujo de vehículos y el paisaje urbano parecían no tener fin.

Ya en la casa de mi amigo, caí en la cuenta de algo simple: como cordobés y argentino, las chances que yo tenía de conocer ese lugar eran muy bajas. Pero en ese momento, nada importó: la primera parte del recorrido estaba completa, y a partir de allí, yo podía hacer lo que quisiera.

Días después, me sorprendió una fiesta.

El centro de la ciudad de São Paulo está compuesto por cientos de manzanas y de edificios con más de cuarenta o cincuenta pisos. Todos están separados y enfrentados por la legendaria Avenida Paulista. Tal vez por casualidad, aquel día cerraron el paso de vehículos y los ocho carriles se convirtieron en el escenario de una celebración que ocupaba toda la calle. Salí del metro y ante mis ojos comenzaron a desfilar cientos de miles de cuerpos y de almas: mujeres, hombres, personas de todos los colores de piel, ojos y cabellos. Vi blancos, blancas, negros, negras, chinos, japoneses, árabes, jóvenes, viejos, grupos de amigos, familias con hijos, extranjeros, malabaristas. Peatones de toda clase caminaban de forma desordenada en las cuatro direcciones. Vi una pelirroja de la mano con un negro y su hija mestiza de no más de dos años de edad. Una mujer americana se reía junto a un japonés y su hijo, que heredó lo más bello de los dos. Todos con todos: se me antojaban hermosos, exóticos, diferentes.

Ver fiesta aquí

También vi a borrachos, drogados, gays, lesbianas, travestis, prostitutas, gente comprando y vendiendo cosas, cócteles, escotes perfumados, abdominales, puestos de comida. Olí cachaça derramada en el piso y el humo de los fogones. Me crucé con gente bailando música electrónica y con tipos de actitud sospechosa. Mujeres y hombres se besaban en la calle a plena luz del sol, también mujeres con mujeres y hombres con hombres. Pensé que nunca había visto tantas parejas diferentes en un solo lugar.

La excitación sexual flotaba en el aire, la idea del sexo libre, del amor interracial, de los besos regalados. Y vi a hombres y mujeres aspirando algo de unas latas, otros metiendo pastillas azules para diluirlas en poca agua dentro de botellas de plástico. Colores, sonidos y formas se mezclaban entre la música y el sabor de la catuaba, una bebida muy dulce del color del vino. Humo de sustancias diversas, todo al alcance de todos. Y el mundo bailaba con la música, y volví a sentir el sabor de la cachaça, la catuaba y la música electrónica. 

La luz del sol se reflejaba en los vidrios de los edificios. Caminé a través de miles de personas de todas las edades, géneros, colores de piel, religiones, orientación sexual y política. Hasta el momento, no era consciente de que aquello existía. Me impresionó la variedad, para ser sincero, y pensé que aquello alteraría mi concepción de lo aburrido y de lo divertido. La gente mostraba sus culos y sus tetas y sus bultos y otras personas estaban en cuero, algunas vestidas. No faltaron los miles de tatuajes y de piercings y los cabellos de cientos de formas y colores diferentes. Y no vi ningún zapato de plataforma, pero sí miradas curiosas de desconocidos, personas que hablaban en portugués y bailaban a mi alrededor empujando, a veces sin querer y otras queriendo. Divisé a otro dealer entre la multitud, con los brazos cruzados en el bajo vientre y relojeando la esquina.

Con tantas personas, a nadie parecía importarle especialmente nada. Entonces daba la sensación de que uno podía hacer lo que quisiera. Percibí que estaba en una joda impresionante a las cinco de la tarde y que había de todo en todos lados, todo el mundo estaba de fiesta y besándose y la música electrónica y el funky nos divertían. Y yo no había pagado absolutamente nada.

En medio de esa locura, oí la voz de Facundo Cabral saliendo de los parlantes.

Dejé de bailar y quedé petrificado, escuchando a Facundo, en español clarito, inconfundible, en una de sus inclasificables obras. Me sentí exultante, un argentino escuchando a otro argentino entre brasileros, con una alegría que pocas veces fui capaz de sentir estando lejos de las personas que amo. ¿Qué posibilidades había de que un cordobés estuviese en una calle del centro de São Paulo entre aquella concentración masiva de personas, a un nivel que no había vivido jamás, donde nadie hablaba español y que justo ese DJ pusiera un recitado de Facundo? Sonreí mientras el momento se tornaba inolvidable. Terminó de hablar Facundo y lloré, lloré de pura emoción, alegría y nostalgia. Lloré y agradecí… y agradezco ahora el tiempo para contarlo.

São Paulo es una ciudad que no duerme jamás, donde uno puede hacer y conseguir lo que quiera durante las veinticuatro horas del día. El precio es el tiempo: tres horas y media para llegar en transporte público a cualquier lugar, o dos horas en auto a una velocidad promedio de ocho kilómetros por hora. El anillo urbano de São Paulo —es decir, la circunvalación— mide doscientos cincuenta kilómetros. Son millones de personas hablando portugués al mismo tiempo en la ciudad lusófona más importante e influyente del mundo.

Pienso en el chico argentino del interior, casi del campo, dando testimonio de que existe una ciudad así a dos mil kilómetros de casa. Tantas personas tan diferentes, tantas posibilidades. En São Paulo me sentí feliz y conocí gente maravillosa, pero la lección más importante que aprendí es a ser un poco más consciente del tamaño del mundo y de las distancias, de la cantidad de cosas y personas que existen, y de que la gran mayoría es indiferente a lo que uno haga.

No tengas vergüenza, hermano. Sé vos. El mundo es demasiado grande. A nadie le importa.

Me sentí insignificante, apenas un átomo. Más insignificante y más libre.

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