El gusto está en la variedad 

Esto lo escribí en ese momento. Y lo dejo tal cual, para ser fiel a lo que sentí.

Una de las cosas que más me gustan de Brasil es la concepción que sus habitantes tienen de la sexualidad y la forma en que la manifiestan. El calor, la playa, los cuerpos desnudos, las cirugías estéticas, la tolerancia hacia la diversidad y la mezcla de razas calentaron al país hasta llegar a un punto de ebullición casi pornográfico.

Todo el mundo se besa con todo el mundo. Por la calle circulan tomados de las manos y dándose muestras de cariño los putos, los travas, las lesbianas, los heteros, los lindos, los gordos, los feos, los negros, los asiáticos, los blancos, los pelados, los transexuales y demás géneros. Nadie se escandaliza. ¿Por qué habrían de hacerlo?

Hombres y mujeres no dan muchas vueltas. Si otra persona les parece atractiva, accederán (y querrán) tener relaciones con esa persona. No es raro que incluso las damas te aborden con fines sexuales. El acto se disfruta sin culpas. El instante de orgasmo pesa más que el celibato y la abstinencia no es una opción a considerar: hay tantas personas tan diferentes que privarse de disfrutar los placeres de la carne parece casi un sacrilegio.

Por algún motivo que no termino de comprender, a los brasileros les gustan más los culos que las tetas y eso está fuera de discusión. Yo no estoy tan seguro. Lo cierto es que el clímax de toda esta efervescencia se produce en carnaval, donde —según ellos— nadie es de nadie y las calles quedan liberadas para calmar la sed que produce el instinto.

Yo sé por qué dicen que la alegría es solo brasilera. 

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