El Emperador

Conseguí que una familia de Santo André me hospedara por unos días, y fui hacia allá en transporte público. En total, tardé dos horas y media en hacer 13 kilómetros. Moverse por São Paulo es agobiante.

Santo André es otra ciudad del conurbano paulista. La familia anfitriona me recibió con calidez. En pocos días tomé confianza y me enamoré de Kiara, la perra del hogar.

Lo cierto es que entendí la onda desde el principio. Poco después de llegar, la señora de la casa, una de las hijas y yo fuimos hasta una favela cercana a comprar marihuana. Unos bagayos. 

—Prefiero acompañarla yo, así la cuido, sé dónde está y me aseguro de que no le pase nada —aseguró la mujer, descartando por completo la posibilidad de que su hija no fumase. Como sucede en casi todo Brasil, la marihuana que se consume no es flor, ya que casi nadie cultiva, sino de paraguayo prensado. Al parecer, es peligroso tener plantas de marihuana y si te denuncian podrías terminar con graves problemas en la Justicia. 

Yendo a pegar faso a la favela.
Yendo a pegar faso a la favela.

Lança

En Santo André conocí a algunos jóvenes —amigos de las chicas— que consumían una droga llamada lança (se pronuncia ‘lánsa’). Era un inhalante: lo llevaban en una lata y lo aspiraban por turnos, como si fuera un juego.

Una noche la probé: me sacó de la realidad por unos segundos, los ojos se me nublaron y la música dejó de oírse para dar paso a un chirrido agudo. El mundo se volvió loco y sentí algo parecido a una euforia barata. Toda la sensación duró bastante menos de un minuto. Aquello me pareció una tremenda estupidez y no volví a consumir jamás. La curiosidad estaba satisfecha. 

Según supe, aquella droga puede contener una variedad de productos, pero por lo general se fabrica con éter, solventes y otros químicos. La lança puede provocar mareos, falta de coordinación, desorientación, náuseas, vómitos, convulsiones e incluso la pérdida del conocimiento. Y por supuesto, el uso prolongado puede causar daños neurológicos, problemas respiratorios y la muerte.

Pero yo no sabía todo esto. Hablando con uno de los amigos de las chicas —el que me ofreció probarla—, le confesé que no le veía ningún sentido a consumir aquello y le pregunté si era peligroso. 

—Sí, es peligroso. Tengo un amigo que murió por esto— respondió.

No estoy en contra de las drogas en general, y considero que es ridículo calificar como “buena” o “mala” a una sustancia química. Solo digo que la experimentación y las formas de estimular la conciencia deben ser parte de un propósito más profundo que inhalar el gas para quedar «loco». Soy consciente de que vengo de una sociedad en la que muchas vidas se arruinan por las drogas. Pero creo que es importante no adoptar una postura moralista que solo se limite a señalar a las drogas como negativas e indeseables, porque así era en el ambiente donde nací, y eso, en mi experiencia, solo despierta más curiosidad por probarlas.

Es de sensatos, en cambio, examinar de qué manera las drogas son utilizadas, en qué contextos y con qué propósitos. Durante toda la Historia, el hombre se ha drogado por diversos fines, ya sea medicinales, espirituales, religiosos o recreativos. Para mí, el potencial perjudicial o beneficioso de la mayoría de las drogas depende en gran medida del uso —y de la dosis— que se haga de la sustancia. Con esto no recomiendo a nadie que se drogue o deje de drogarse, porque no soy quién para decirle a los demás qué es lo que tienen que hacer. Pero drogarse con lança me parece una pelotudez sin sentido. Si van a consumir, que sea algo bueno y seguro.

Religión

La familia que me acogió en este lugar practicaba el espiritismo. Y esa fue otra de las cosas que me sorprendieron de Brasil: la diversidad religiosa. Las tradicionales iglesias católicas son de estilo colonial, a la portuguesa, y están desperdigadas por todo el país. Desde afuera uno las ve sencillas. Lo curioso es que con la misma frecuencia me topé además con templos y fieles de los cultos más diversos. Conocí cristianos, evangélicos, miembros de la Iglesia Universal del Reino de Dios, adventistas del séptimo día, testigos de Jehová, protestantes, judíos, umbandas, candomblecistas, musulmanes, budistas y espíritas. Muchos espíritas, de la rama kardecquiana, e incluso uno de ellos me regaló el «El Libro de los Espíritus». Los espíritas creen en que existe la posibilidad de comunicarte con los espíritus de los difuntos, en la reencarnación y en la evolución espiritual. 

Es común andar por Brasil y cruzarse con una iglesia de cualquier religión montada en un salón de diez metros por diez metros. El pastor y sus ovejas apenas necesitan unas cuantas sillas, un micrófono y la voluntad de hablar del Más Allá. 

Para ilustrar mi descripción contaré lo que me ocurrió un día en la casa de esta familia de Santo André. 

Uno de los amigos de las hijas se presentó como “brujo”.

—Soy brujo —dijo, y se ofreció a tirarme las cartas. 

No seré yo quien deseche una oportunidad como esta. No por el hecho de las cartas en sí, sino por la posibilidad de tener una nueva experiencia. A esto vine, señores. A ver qué me dice el «brujo»

Nos sentamos frente a frente. Mezcló las cartas y las puso sobre la mesa. No sonrió. Levantó la primera.

—Alguien se fue dejando un gran dolor —dijo con voz trémula—. Pero también dejó algo a cambio.

Luego me hizo escoger varias cartas y me explicó el significado de cada una de ellas. Al final, me instó a quedarme con una última y definitiva: una carta que, según sus palabras, marcaría mi destino. 

Elegí entre aquellos rectángulos de cartón colocados boca abajo. Conté de izquierda a derecha y toqué la carta número 13 con el dedo índice de la mano derecha. 

La dio vuelta.

Era “El Emperador”. Tenía la imagen de un hombre de barba sentado en un trono. Estaba vestido con ropas de la realeza y portaba un báculo de mando. Una corona adornaba su cabeza. Su expresión era firme y severa. 

Aquel jovencito de mirada perdida, modales afeminados y piercings en la cara me miró a los ojos, se puso muy serio y comenzó a hablar. 

—La Carta del Emperador es la carta del poder —dijo—. Es el que tiene que poner orden para sostener su imperio, el que dice “esto va acá, esto no”. Es el que tiene que hacerse cargo, aunque no quiera o no tenga ganas.

Se quedó callado mientras miraba a la carta. Yo no dije nada.

—Es la carta del padre. La autoridad. Del que se calla el dolor, del que no llora. Es el que sigue adelante. Te está diciendo que vas a tener que poner orden para sostener tu «imperio». Tendrás que hacerte fuerte y armar estructura en tu vida. No será lindo, ni fácil.

Me quedé quieto. Él siguió.

—Esta carta me habla de la disciplina, del deber, de la necesidad de construir algo que dure. Aunque al principio te cueste. Aunque te resistas. El Emperador no busca placer. Busca propósito.

—¿Algo más? —pregunté.

—Sí. Ya te lo dije, pero lo voy a repetir. La clave de esta carta es el poder, sobre todo el poder desde una forma constructiva. Tenés que adoptar una actitud más disciplinada y organizada. El Emperador te está diciendo que dejes de escaparte. Que tomes el mando. Que construyas algo firme. Que seas vos el que elige, el que aguanta, el que guía. Aunque no quieras. Aunque te tiemble el alma.

—¿Es una carta buena? —pregunté.

Me sostuvo la mirada.

—No es buena ni mala. Es pesada. Y es tuya. Todo dependerá de tus decisiones —concluyó, antes de arrojármela.

La atrapé con mis dedos mayor e índice de la mano derecha. Miré aquel viejo barbudo y me quedé pensando.

El brujo se fue. No volví a verlo jamás.

Visto a la distancia, aquella explicación no resultó tan descabellada. Tal vez esa carta no me decía quién era. Me decía en quién me iba a tener que convertir.

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