Hacia las estrellas

Pasan los días y debo seguir con mi viaje. A través de Couchsurfing, encontré una joven que estuvo dispuesta a recibirme: Valentina, de Atibaia.

Ubicada a unos 80 kilómetros de São Paulo, Atibaia tiene alrededor de 200.000 habitantes. En Brasil, una ciudad así es considerada pequeña. Lo sé porque pregunté en una estación de servicio.

—Esta ciudad es chica —dijo el playero.

Para mí, una ciudad de 200.000 habitantes es grande, pero los brasileros tienen su propia forma de catalogar las cosas, y allá ellos.

Pasé una semana en la casa de Valentina, que vivía con su tía, y pronto me hice amigo de toda la familia. Todos me trataron muy bien. Para esta época, ya llevaba dos meses en Brasil y mi nivel de portugués comenzaba a ser un poco más decente.

Una noche Valentina me invitó a salir, y una de sus amigas me ofreció un vaso de catuaba. La catuaba es una bebida de la que ya hablé, pero di pocos detalles. Consumida sobre todo por jóvenes de clase media y baja, su color es violeta oscuro, parecida al vino tinto. Es barata y se toma muy fría, solo con hielo. Su sabor es dulce. El mito urbano dice que posee propiedades afrodisíacas, y tanto el tigre como la mujer de la etiqueta parecen ser un símbolo de la activa vida sexual de los brasileros.

A mí la catuaba no me gustó mucho, pero para tomar a las siete de la mañana en un after, va como trompada.

Valentina fuma marihuana, al igual que su hermano y su padre, y los tres me enseñaron una nueva forma de consumir THC, el compuesto psicoactivo del cannabis. Un amigo de la familia trajo un líquido transparente que se coloca sobre un plato. A su lado hay una vela que se enciende y se tapa todo con un vaso. El fuego consume el oxígeno que queda dentro y todo se llena de humo. Para consumir el THC, hay que levantar un poco el vaso y aspirar con la boca.

Pruebo aquello. Siento que mis pulmones van a estallar. Largo el humo, y pronto mi cabeza comienza a dar vueltas.

—Esto es THC puro —me dice el joven amigo de Valentina, fascinado—. Nunca estarás tan cerca de las estrellas como con esto. 

El humo me dio un sacudón que me dejó pedaleando en el aire. Jamás fui un fumador experto, y el efecto no tardó en hacerse sentir. Me invadió un sentimiento de pesadumbre en el cerebro: era demasiado para mí. Los demás, capaces de fumarse seis o siete porros de paraguayo prensado por día, encontraban aquel líquido de lo más agradable.

Más allá de esta experiencia, que pronto me mandó a dormir, debo decir que Valentina y su familia eran gente cálida. Me sentí muy bien junto a ellos. A la distancia, solo puedo agradecerles por tanta hospitalidad.

También hubo otra cosa.

Una noche, Valentina me dijo que yo le parecía lindo. Me preguntó si podía darme un beso y le dije que sí. Diez minutos después, los dos estábamos desnudos.

Al sexo lo manejó ella y me guió desde el principio. Había algo raro y a la vez excitante en cómo lo hacía. Parecía que el deseo fuera suyo, y yo solo tuviera que seguirla. Como si me estuviera usando, pero no en el mal sentido.

No hubo titubeo, culpa ni apuro. Hubo deseo. Sin vueltas.

Recuerdo un momento en particular en el que se apoyó contra la pared y la vi sonreír de placer. Esa sonrisa se quedó grabada en mi mente. No era una sonrisa cualquiera. Era una sonrisa de alguien que de verdad está disfrutando, y te lo hace saber.

En Brasil me pasó algo extraño: las mujeres me elegían. No era yo el que encaraba, eran ellas. Me pasó con Valentina y con otras. No es mi intención jactarme de mis conquistas. Realmente no es el objetivo de este blog. Pero si tengo que compartir mi experiencia, es necesario contar que fueron ellas las que tomaron la iniciativa.

Y yo me dejé llevar. Obvio. 

Nunca me pasó algo así, ni me volvió a pasar. Era como si en Brasil tuviera algo que en otros lugares pasa desapercibido. No fue amor, ni siquiera afecto. Fue una forma distinta de vincularme. Y me gustó.

Estando en Atibaia, escuché que Valentina y sus amigos hablaban de Ubatuba, una ciudad con playa que quedaba cerca, y decidí ir hacia allá. Al mismo tiempo, un amigo de Argentina decidió viajar conmigo y me avisó que llegaría en esos días.

Antes de continuar nuestro viaje, llevamos a la tía de Valentina hasta São Paulo, ya que debía participar del 7º Seminario Internacional de Lingüística, parte del III Congreso Interdisciplinar Cortesía del II Simposio de Lingüística Textual. Norma, pues así se llamaba la mujer, tenía automóvil pero no se animaba a manejar. Alejandro, mi amigo que llegó en esos días, fue el conductor designado para dicho viaje.

A veces no entiendo cómo acabo en ciertos lugares. Pero tampoco me interesa entender demasiado. No seré yo quien rehúse la posibilidad de vivir nuevas experiencias. 

Y con respecto a las mujeres, para cerrar: no me enamoré de ninguna. Pero me acuerdo de todas.

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