Me despedí de Valentina y de su familia, y dejé aquella casa con el corazón hinchado de tanta generosidad (y tanto se me hinchó que se me bajó a la panza).
A partir de ese momento, Alejandro se sumó al viaje. Todavía en Atibaia, decidimos que lo mejor que podíamos hacer para llegar a Ubatuba era viajar a dedo. Ubatuba es una ciudad turística del litoral paulista, con playas paradisíacas.
Salimos temprano una mañana y nos paramos al costado del camino que baja hacia la costa. A los pocos minutos de agitar los pulgares, un auto se detuvo. Era una pareja de adultos mayores, a bordo de un coche viejo. Nos pidieron ayuda porque tenían una rueda pinchada. Alejandro, con su pasado de camionero, cambió la cubierta con una maestría digna de admiración.

Una vez solucionado el problema mecánico, nos dimos cuenta de que el auto era muy pequeño para nosotros dos y nuestras cosas. Les pedí a los viejitos que llevaran nuestros bártulos hasta la estación de servicio más cercana, a pocos kilómetros. Así matábamos dos pájaros de un tiro: nos ubicábamos en una mejor posición para hacer dedo y evitábamos caminar con las mochilas en la espalda. Accedieron.
Alejandro temió que nos robaran, pero los simpáticos y agradecidos brasileros nos esperaron estacionados junto a un surtidor, sonrientes. Todo tranquilo.

En Taubaté nos levantó otra pareja, en una 4×4: él brasilero, ella alemana. Charlamos todo el viaje. El camino era una maravilla. La ruta serpenteaba entre la floresta, mientras la mata atlántica nos abrazaba con todo su verde esplendor.
Para llegar desde el interior del estado de São Paulo hasta la costa es necesario bajar por la sierra. En los últimos veinte kilómetros, la pendiente tiene más de mil metros de desnivel. Según supe, muchos autos se rompen bajando la sierra, porque los conductores van pisando el freno. Tanto lo pisan que el mecanismo se recalienta y el auto acaba por incendiarse. Lo correcto es bajar en segunda y regulando con el acelerador.
Al final, la camioneta no se incendió y conseguimos llegar enteros a la ciudad ese mismo día. Como dije en otra oportunidad, hacer dedo en Brasil me funcionó bastante bien.
Ya en Ubatuba, caminamos con nuestras mochilas por la costanera y me sentí feliz. Mis penas se desvanecieron. «Cuántas veces nos preocupamos por tonterías», pensé, mirando hacia el infinito. Toda la angustia del pasado se borró cuando estuve frente al mar. La típica.

Lo siguiente era buscar un alojamiento. No tardamos en encontrarlo: el Hostel Dona Benedita parecía decente y estaba frente al mar. El edificio era una casa vieja reconvertida en hostel. Podías escuchar el sonido de las olas desde el interior. Pintoresco.
Ese mismo día conocimos a una pareja de argentinos voluntarios. Con el correr de las horas entendimos que el lugar, lleno de gente joven y divertida, era ideal para nosotros. Las playas cercanas invitaban al esparcimiento. Al día siguiente hablé con los dueños y me ofrecí para quedarme allí, también como voluntario.
Jorge y Valeria, los propietarios, aceptaron.
Mi vida en Dona Benedita
Mis actividades consistían en limpiar los baños, doblar sábanas y hacer las camas a cambio de alojamiento y desayuno. A los pocos días, los dueños vieron que me llevaba bien con la gente y me ofrecieron ocupar un puesto en la recepción. Entre limpiar baños o atender a los recién llegados, la decisión era simple, y acepté.
Eso generó malestar en la pareja argentina: llevaban un mes y medio de voluntariado y jamás lograron convencer a Valeria para ocupar la recepción. Lo lamenté por ellos, porque eran muy piolas, pero Valeria decidía quién estaba en recepción y quién no.
Era injusto. Sí. El mundo es así.
El trabajo se me daba bien. Tenía que mostrarles el hostel a los recién llegados, explicarles cómo era el sistema de check-in y dónde estaban la cocina, los baños y las salas comunes. También les daba indicaciones turísticas de la zona. Me gustaba hablar con los huéspedes.

Pero no todo era color —ni olor— de rosas. Jorge, el dueño, no usaba desodorante. Su agrio olor a chivo lo perseguía dondequiera que fuese. Era persistente, aquella baranda nauseabunda. Penetrante. Tan fuerte que mantenía alejados a los insectos. Con los otros voluntarios solíamos burlarnos de su hedor.
Otro episodio incómodo sucedió cuando un joven polaco hizo el check-in en el hostel junto a su novia brasilera. El muchacho habló conmigo en inglés frente a Jorge, y luego le preguntó en portugués qué tal eran los argentinos. Jorge respondió: “Los argentinos bien, pero sería mejor si se murieran todos”.
Yo no le presté mucha atención porque lo tomé como lo que era: una broma de mal gusto de un idiota. Pero el polaco se enojó y me preguntó en inglés por qué no le daba un puñetazo en la cara. Al irse, dejó una pésima reseña.
A veces también me tocaba ayudar a preparar el desayuno y colaborar con los demás voluntarios. Como ya había trabajado en otro hostel en Costa Rica, tenía cierta experiencia. Me convertí en una pieza más o menos importante de aquel sistema, o al menos cumplidora.

A veces, los fines de semana, había hasta 90 huéspedes. Con 90 personas hospedadas a 10 dólares por día, Dona Benedita generaba 900 dólares diarios. Y ellos no tenían muchos gastos, salvo el desayuno y el alquiler del lugar, porque casi todos los que trabajábamos allí lo hacíamos a cambio de hospedaje.
Es un buen momento para hacer una breve descripción de los voluntarios de Dona Benedita.
- Luanna, una escritora de unos 25 años oriunda del estado de Tocantins, al norte de Brasil. Era súper amable y dispuesta a conversar. Me gustaba hablar con ella porque entendía su portugués sin esfuerzo. Me invitó a la presentación de su libro. Volví a verla cuando regresé a Ubatuba, años después.
- Solange, una mujer de unos 50 años, agradable y voluntariosa, que después se marchó a Portugal.
- Lucas, de unos 25 años, skater y surfista, generoso y divertido. Brasilero. Tuvo un hijo mientras era voluntario.
- Iván, pelado dibujante, callado e introvertido. No tuve mucha relación con él. Hacía dibujos con carbón. No era muy bueno, pero se notaba que mejoraba la técnica respecto a dibujos anteriores.
- La pareja de argentinos. Eran muy buena onda. Ella no se afeitaba los sobacos y a mí me costó un día dejar de mirarlos como si fueran noticia. Después supe por Facebook que la pareja se separó, porque la chica subió fotos con otro guaso. Tiempo después, él también compartió imágenes con otra piba. La dueña no quiso que estuvieran en recepción.
- Diego, voluntario uruguayo. Orejudo. Al principio me pareció simpático, pero con el correr de los días mostró su verdadera cara. Era celoso con las clientas mujeres. Incluso se dedicaba a hablarme mal de algunas chicas que frecuentaban el lugar. “Aquella se vio con tal y tal”, decía. A mí el lleva y trae no me gusta. Haga la suya, mi hermano. Hay para todos y para elegir. Una vez, casi lo cago a trompadas. Cuando me fui, nunca más volví a verlo.
- Cibele. Trabajaba por dinero, sin ser voluntaria. Solía compartir recepción conmigo. Estaba embarazada del Bruxo, un tipo grandote y con rastas. Amable hasta cierto punto. A veces se reía de mi forma de hablar y de los errores que cometía.
- Joao, guardia nocturno, moreno. Durante la noche de Halloween salió de joda conmigo vestido con máscara y túnica para que su novia no lo reconociera.

- Danilo y su novia, Jessica, ambos muy simpáticos. Trabajaban en la cocina, y la comida era excelente. Compartíamos gustos musicales. Él era mitad japonés. Con ellos, de edad más avanzada, pude tener charlas más interesantes y profundas. Tiempo después, también se separaron, y Danilo tuvo una hija con otra mujer.
- Franco, uruguayo, malabarista, adicto al LSD. No era voluntario, pero vivía en el hostel. Hacía malabares en las esquinas. Estuvo preso por drogas, fabricaba alcohol casero. Era un problema para los dueños, pero Jorge lo quería. Una vez llegó sin dientes por una pelea. No podía tomar más cocaína ni pastillas, por eso se drogaba con marihuana y LSD. Encontró a su novia muerta, ahogada en la costa de Montevideo. Tenía el alma rota.
Estuve tres meses como voluntario en ese lugar. Allí empecé a formarme la idea del estilo de vida de los jóvenes brasileros. Pareciera que siempre están de vacaciones. Su vida es el skate, el surf, la cerveza, las mujeres, el funk y la playa. Al brasilero promedio, con esas cosas, lo tenés contento.
Mirándolo en retrospectiva, ese fue uno de los períodos más felices de mi vida. Conocí gente, escribí, trabajé tranquilo. La habitación de los voluntarios era siempre un quilombo, con olor a pata como marca registrada, pero no me importaba. El hostel tenía un bar y, cuando salía de trabajar, podía tomarme una cerveza sin pensar en nada. Corría el año 2017.
No sé por qué me fui. La vida tiene estas cosas. A veces uno es feliz y no lo sabe.
Seis años después, perseguido por la nostalgia, volví a Ubatuba. El hostel ya no existía. Lo derrumbaron para construir un edificio horrible, cuadrado, sin alma. Quise vengar la memoria de Dona Benedita a pedradas contra los cristales, pero me contuvo la razón.
El lugar era perfecto: no había necesidad de arruinarlo de esa manera. Ya no está, pero existió.
Sé que no lo soñé. Era un pueblo con mar.
