El mar verde

Tras la espantosa noche que pasamos en Petrópolis, volvimos a la ruta. Como ya dije antes, hacer dedo en Brasil es sencillo. Minutos después de colocarnos en posición de carona, se detuvo una mujer. Al rato pasamos frente a la fábrica de cerveza Itaipava, ubicada a las afueras de la ciudad homónima. 

Ese día viajamos mucho, un poco en camión, otro poco en camioneta, a veces en auto. Ingresamos al estado de Minas Gerais y uno de los que nos levantó era iraní. Al contarles que éramos argentinos, recordó el partido entre Argentina e Irán en el Mundial 2014. 

—Estuvo parejo, hasta que en la última jugada, Messi sacó un zapatazo y la clavó en el ángulo. Aquello fue todo —dijo.

El iraní adelantaba a todo el mundo y viajaba en promedio a 160 kilómetros por hora. 

—Quédense tranquilos, no los voy a matar —aseguró. 

Finalmente nos dejó al costado de la ruta y se fue. Hicimos unos 500 kilómetros con él. 

Aquel día llegamos hasta la ciudad de Belo Horizonte. En el mapa me figuraba un parque donde tal vez podríamos armar la carpa, y caminamos hasta allá, pero al llegar nos pareció que ahí habían asaltado a Rambo. No había luz y las caras que nos cruzamos no fueron del todo amigables.

Decidimos dormir en una estación de servicio, donde nos sentimos más seguros. Cenamos en el restaurante del lugar y nos bañamos en las duchas que suelen utilizar los camioneros. 

Al otro día seguimos el viaje. Estábamos cruzando Brasil por el centro, y el paisaje era fantástico. No sé por qué en mi imaginación aquello era más seco, pero lo cierto es que el verde intenso parecía no tener fin.

«Brasil tiene problemas más grandes que Argentina, pero a la vez, el potencial es muchísimo mayor», pensé. 

Hice una publicación en Instagram.  

Voy corriendo una carrera contra el tiempo: el 22 de enero se cumplen 180 días desde que estoy en Brasil y tengo que salir del país. Decidí cruzar este gigante por el centro y hacia el norte, a dedo y en verano. Me encuentro en João Pinheiro, cerca del límite entre Minas Gerais y Goiás. Acá no hay turistas, solo mar verde y estrellas. Me siento muy libre y feliz, en el medio de la inmensidad del centro del continente. Vuelvo a ser yo, una vez más. Gracias, Dios. Gracias, flaca.

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