La vida del mochilero

Al otro día viajamos un poco más, pero las quejas de mi amigo comenzaron a ser más frecuentes. Se quejaba porque avanzábamos poco, por el calor y porque las mochilas hacían que todo aquello se volviera más incómodo. Lo cierto es que, como ya dije en otras oportunidades, mochilear no es una experiencia para hombres con poca testosterona ni para personas con espíritu débil. Estás al rayo del sol, al lado de la ruta, sucio, esperando. Así es el mundo en que vivimos: si no querés gastar dinero en transporte, hay que soportar las incomodidades. A mí no se me escuchó una queja. Yo estaba acostumbrado a todo aquello. Ya pertenecía al camino.

Me gusta esa vida. La incertidumbre, no saber cuándo voy a comer, dónde voy a dormir o en qué lugar estoy. Son esos momentos en los que siento que estoy vivo. Que avanzo. Que cumplo mis sueños. Es lo que soñé desde pequeño y lo siento mi responsabilidad, como si mi yo del presente tuviera que hacerse cargo de aquel niño que se imaginaba recorriendo el mundo. Al mismo tiempo, entiendo que esa vida no es para todos. Soy mochilero, por el amor de Dios. Si querés dormir en hoteles y viajar en transportes privados, usá tu dinero y viajá como quieras. Esas son vacaciones. Y yo no estaba de vacaciones. 

De algún modo nos las ingeniamos para llegar hasta Brasilia. Mi amigo ya no quería dormir en carpa, por lo que insistió en que, al menos por aquella noche, pagáramos un hotel. Está bien, es justo. A veces es necesario dormir en una cama de verdad. 

A la madrugada siguiente vimos el despliegue de las fuerzas especiales brasileñas. Buscaban a un delincuente que estaba alojado en el mismo lugar que nosotros. Me acuerdo de que me paré al lado de uno de los oficiales de policía y lo miré desde abajo: aquel tipo era atlético y enorme, al menos quince centímetros más alto que yo. Estaba vestido con casco, chaleco antibalas y portaba un rifle AR-10 A4. 

Seguimos avanzando y atravesando Brasil por el centro. Hacía calor. No nos movíamos muy rápido, pero los paisajes eran increíbles. A veces los conductores nos dejaban al lado de la ruta, en medio de la nada, y teníamos que caminar al rayo del sol. Caminábamos, y yo sacaba fotos. Mi amigo seguía quejándose. 

En un momento, después de oír sus reclamos por más de una hora —y sus amenazas de que tomaría un colectivo ni bien llegáramos al próximo pueblo— vimos a un camión detenido algunos metros frente a nosotros. 

Sin perder el tiempo, fui a hablar con el camionero y le solté el clásico discurso: «Disculpe, señor: soy argentino, estoy viajando». El hombre, un pelado con cara de pocos amigos, me miró de arriba a abajo por unos segundos y aceptó llevarnos hasta Belém. «Bora», dijo. Solo una palabra.

Gracias, Dios. No tener que escuchar más quejas era una bendición.

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