Una amistad con mucho rock

El camionero se llamaba Richard. Iba hasta Belém de Pará, en el norte de Brasil. No podíamos creer nuestra suerte: en pocos días haríamos más de 2.000 kilómetros sin estar al lado de la ruta, bajo el sol, como unos tontos. 

Richard conducía un camión cisterna cargado con combustible. Por ley, no podía superar la velocidad de 70 kilómetros por hora, y lo ideal era que viajara a 60. Sería aburrido, pero cualquier cosa era mejor que estar haciendo dedo al costado del camino. Además, podíamos dormir siestas en la cabina cada vez que tuviéramos ganas. 

Aquello era el paraíso.

A Richard le gustaba mucho el rock y el heavy metal, y a mí también, así que fuimos todo el viaje escuchando Black Sabbath, Megadeth, Iron Maiden, Deep Purple, Rammstein, Metallica, Sepultura y otras bandas. Enseguida tomamos confianza. Richard nos contó que tenía una bella esposa, hijos y perros pitbull. 

—Solo yo puedo acercarme a ellos. El resto de mi familia lo tiene prohibido —aseguró. 

Hablando con Richard.

De a poco Richard se fue transformando en un hermano del camino. Una de las anécdotas nos partió de la risa. Uno de mis compañeros contó que una vez tuvo sexo con una prostituta tan gorda que parecía tener dos culos, uno gigante y uno más pequeño en el centro. Nos reímos mucho, porque era gracioso. También nos reímos de uno de los menúes que solía verse en los carteles junto a las carreteras: arroz, bife e ovo. 

Entre otras anécdotas, Richard comentó que algunos camioneros se vuelven salvajes del camino: ya no se lavan los dientes, no tienen casa, solo viven en el camión. Su vida es andar y andar. Son gente rara.

En esos tiempos, Richard ganaba menos de lo que se ganaba en Argentina por el mismo trabajo. Pocos años después, con la devaluación, eso cambió. 

En una de esas noches que viajamos con nuestro amigo, llegamos a un lugar llamado Paragominas y decidimos dormir en una estación de servicio. Richard descansaría en el camión y nosotros armaríamos la carpa en algún cuadrado de césped que encontráramos en el lugar. 

A la mañana siguiente, el calor me despertó temprano. Salí a tomar un café y escuché que una mujer se acercaba, llorando y a los gritos. Según contó, dos conocidos suyos se trenzaron en una pelea y uno acabó matando al otro a cuchillazos.

Con Alejandro nos miramos y comprendimos que aquella zona era bastante peligrosa. El sur de Brasil y el norte son dos mundos diferentes. Pero ya habría tiempo para comparar las ciudades de uno y otro lugar.

A bordo del camión de Richard cruzamos los estados de Goiás, Tocantins y Maranhão. Una noche nos sentamos en el típico restaurante de carretera, pensado para camioneros, y decidimos pedir un plato llamado «Dobradinhas». La dobradinha es una comida hecha con menudencias de vaca, incluyendo el estómago, cocido con vegetales y condimentos. En otras palabras: guiso de mondongo. Estaba bueno.

De a poco nos acercábamos a nuestro destino y a Richard lo asaltó un ataque de nostalgia. El hombre confesó que hacía mucho tiempo que no tenía amigos como nosotros con los que hablar de la vida, que la experiencia de conocernos lo conmovió y que siempre nos llevaría en el corazón. Las palabras de Richard me pegaron fuerte. Es lo que tienen los viajes: las cosas salen bien para aquellos que van por la vida con honestidad.

Lo mejor que podemos hacer con la gente que nos hace favores es retribuir ese favor, si no tenemos bienes, con compañía y escucha activa. La mayoría de las veces la gente solo quiere no sentirse tan sola.

Cuánta gente conocí en la ruta. Cuántos me ayudaron y a cuántos ayudé. Es lo que me llevo a la tumba: las historias y la amistad con otros seres humanos. Nada más.

Durante el resto del camino no me crucé ninguna menina de duas bundas, pero comí arroz, bife e ovo direto.

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