En Macapá conocimos a un chileno que trabajaba reparando barcos en Guayana Francesa. El hombre tenía un tic que lo hacía chasquear los labios todo el tiempo. Entre esos extraños ruidos, nos contó que ganaba en euros pero vivía de ilegal. Volvió a Brasil para intentar regularizar su situación, pero no consiguió nada concreto.
El amigo chileno durmió aquella noche con nosotros en la habitación de un hostal barato y durante la madrugada partió hacia la excolonia francesa a bordo de un barco que lo llevaría de manera clandestina.

En aquella parte del viaje, no podía dejar de pensar si la decisión de volver a Argentina era correcta. No lo sé. Trato de seguir a mi corazón, aunque a veces me equivoque. Creo que sí, que regresar estuvo bien, más allá de que a partir de ese momento se sucedieron casi seis años sin viajes largos. Volví al país, trabajé en un periódico. Podría haber aprovechado esos años para viajar, y seguramente hoy estaría en otro espacio, de otra manera. Pero no me arrepiento. Tenía que ser así. Al final, soy el responsable de mis decisiones.
Escribo esto durante otro viaje, años después de aquella travesía por el Amazonas, y pienso en lo que ha sido mi vida durante todo este tiempo. Siempre con más corazón que razón, pero siempre adelante. No te detengas. Tu destino es rodar y rodar. Cada vez que volvés a casa y te quedás un tiempo largo, de alguna manera te apagás. Estás cómodo, pero marchito.
Pero volvamos a 2018. Macapá es una típica ciudad del norte brasileño, bastante parecida a Belém en arquitectura, clima e infraestructura. Hacía mucho calor, la humedad era agobiante, las construcciones parecían algo viejas y deterioradas. Se notaba que el lugar era pobre.

Tal vez no lo dije antes, pero la cantidad de indigentes que hay en Brasil es impactante: mucha gente vive en las calles y consume drogas duras, sobre todo, crack.
Una vez, trabajando en el restaurante de Ubatuba, nos robaron. Una mañana llegué y faltaba la computadora que usábamos para hacer caja. El tipo que nos robó vivía en la vereda del frente. A veces le dábamos comida. Aquel elemento consumía crack, a veces a plena luz del día. Parece que para entrar al restaurante saltó la tapia y se golpeó el pie, porque dejó un reguero de sangre en el patio del local.
Nos dimos cuenta de que había sido él porque esa mañana no apareció, y al día siguiente lo vimos con el pie vendado. En Argentina nos quejamos de la inseguridad, pero en Brasil es peor. Las estadísticas lo demuestran.

En Amapá se veían bastantes indigentes y el lugar se me antojó algo oscuro, con energía pesada. No se nos cruzó por la cabeza quedarnos allí más de lo estrictamente necesario. Tras dormir una noche en una cama, sin el ruido del motor del barco, nos dirigimos hacia la terminal y compramos un boleto de colectivo que nos llevaría hasta Saint-Georges-de-l’Oyapock, la primera ciudad de Guyana Francesa.
Para llegar a Saint-Georges era necesario, además, atravesar el río Oiapoque en una lancha que demoró algunos minutos. Alejandro y yo cruzamos la frontera entre Brasil y Guayana Francesa a las 9 de la mañana. El calor era agobiante.

El oficial de inmigración, prácticamente la única persona blanca que encontré en la excolonia, solamente hablaba francés. Intenté hablarle en portugués, en español y en inglés, pero no pudimos comunicarnos.
El término «Guayana» proviene del arawak y significa «tierra de muchas aguas» o «tierra de agua». Incluso antes de entrar al territorio, entendimos por qué: la región está inmersa en la selva y atravesada por caudalosos ríos.
La bandera que ondeaba fuera de la oficina de Migraciones era la francesa: técnicamente, estábamos en Francia. La Guayana Francesa es un departamento de ultramar, parte integral de la República de Francia. Esto quiere decir que está integrada en el sistema administrativo, legal y político francés, y por lo tanto, sujeta a las leyes y regulaciones del país galo.
Los habitantes de ese lugar, entonces, ahora son ciudadanos franceses, con los mismos derechos y deberes que los ciudadanos de Francia continental.
Años después, tras vivir unos meses en Francia, puedo decir que la Guayana no tiene nada que ver con Europa, pero qué iba a saber yo en aquel entonces.
Por lo pronto, estaba en otro país. Y aquella sensación siempre se me antojó reconfortante.
