Caminar por Guayana Francesa me pareció alucinante. Era como «estar» en Francia, pero en medio de la selva. Los automóviles que encontrábamos eran Renault o Citroën. Intentamos intercambiar algunas palabras con los locales, pero nadie parecía hablar otro idioma que no fuera el francés.
De cualquier modo, el paisaje evidenciaba que no estábamos en Europa, sino en América del Sur. Hacía mucho calor, la humedad colmaba el ambiente y las pocas construcciones que se veían, si bien guardaban en su estructura un aire europeo —como los techos a dos aguas—, en su mayoría estaban hechas con chapas y otros materiales de baja calidad. Era un poco mejor que el norte de Brasil, pero tampoco era el paradigma del mantenimiento edilicio.
Costaba caminar en la selva tropical bajo aquel abrasante sol de enero. Sobre todo para Alejandro, cuya mochila era más pesada y menos apropiada para ese entorno. Tras algunos metros a pie, dimos con una canilla: bebimos y nos mojamos la cabeza. Temí que nos diera un golpe de calor. Un moreno de edad avanzada se quedó hablando un rato; no entendimos ni una palabra más allá del bonjour.

Nuestro destino era Cayena, la capital de la excolonia. Seguir caminando no era una opción. Optamos por pararnos en una rotonda a la salida del pueblo, a metros de una estación de servicio TotalEnergies, que también podía servirnos de baño. Ese era un lugar perfecto para hacer dedo: nos dispusimos a continuar la aventura con alegría y determinación. Metele onda, Sandro.
Pero, durante las tres horas siguientes, apenas se detuvieron cinco o seis automóviles. Todos nos pidieron plata para llevarnos hasta la capital. Nadie quería hacernos el favor solo por el hecho de ayudar a un viajero del camino. Y una mierda. Tal vez allí no se acostumbra a llevar gente por pura amabilidad, pero todos pretendieron cobrarnos para recorrer los 192 kilómetros que nos separaban de la capital. Incluso una pareja de brasileños en una Hilux tampoco nos quiso llevar gratis. Era plata o sol.
Tras debatirlo otra hora, decidimos pagarle al próximo que se detuviera. Estábamos cansados, el calor era insoportable y Alejandro se quejaba por el peso de la mochila.

Al final, una pareja se detuvo y accedió a llevarnos tras negociar la tarifa. En Guayana Francesa, la gran mayoría de la población es afrodescendiente. La región está marcada por su historia colonial: los franceses trajeron mano de obra esclava desde África para cultivar caña de azúcar. La esclavitud terminó con la abolición de 1848 y, más tarde, la zona fue usada como lugar de deportación de prisioneros. Hoy, además del oro, la región alberga el centro donde se lanzan satélites y misiones espaciales.
Pensaba en esa historia mientras viajábamos con la pareja. El hombre manejaba como alma que la lleva el diablo: demasiado rápido, clavando el freno a lo loco. Con Alejandro íbamos cortando clavos. Atravesar la selva siempre es un placer para mí —me encanta ver la vegetación, pasar entre los árboles y quedar momentáneamente de noche—, pero este tipo no nos dejó disfrutar. Lo peor ocurrió poco antes de llegar al puente que cruza el río Approuague: casi chocamos contra un camión detenido en la orilla. Con Alejandro nos encomendamos a Dios y rezamos. Pasamos el resto del viaje sin decir una palabra.

Llegamos a Cayena agradeciendo la posibilidad de volver a ver el amanecer. Le pagamos alrededor de 20 dólares a la pareja que nos llevó. En la ciudad entendimos por qué Guayana Francesa no es un destino turístico masivo.
Para aliviar el calor y disfrutar del sonido del mar, nos sentamos en un pequeño parque costero donde solo había tres adolescentes morenos que parecían haberse escapado del colegio.
Cayena es pequeña y tranquila. Se entrevera cierta arquitectura colonial, pero no hay grandes edificios; la mayoría de las construcciones son bajas. La playa está lejos de ser una postal: con arena marrón y aguas grises, el mar no cumple ni con las expectativas del turista promedio. No estábamos en un lugar de playas paradisíacas. Y eso se repetiría en Surinam y Guyana: no es el Caribe. El mar era normalito, tirando a flojo.

Vi un puesto de información y me dirigí hacia allí. Le pedí a la señora que atendía que por favor me dejara cargar el celular, pero no quiso. La insulté en español y ella me insultó en francés. No me enorgullece, pero estaba sin batería, transpirado y con hambre. Minutos después, la mujer abandonó el puesto y lo dejó solo, sin llave. Ya no me importaba nada: entré por la puerta principal y dejé mi teléfono cargando. De verdad lo necesitábamos.
Por una parte estábamos contentos de estar en Cayena, pero nos sorprendieron los precios. Todo es caro para un seco. La moneda en circulación era el euro. Cambiamos algunos dólares en la casa de cambio local, pero no era un buen negocio. Preguntamos en un hotel y la habitación para dos costaba más de 100 euros la noche. ¡¿Qué?! Veníamos a dormir en carpa por todo Brasil; no íbamos a gastar eso. Alejandro se enojó. Peleamos. No recuerdo por qué, pero estuvimos un par de horas sin hablarnos. Tal vez él pensó que el viaje sería un camino de rosas, pero me costaba verlo feliz incluso desde su llegada a Atibaia, meses atrás.

El hambre, sin embargo, obliga a la paz, por lo que entramos en un supermercado. Averiguando, entendí un poco por qué los precios son tan altos: muchos alimentos se importan de Francia; además, como departamento de ultramar, la región está relativamente aislada de los grandes centros productivos, lo que encarece el transporte y la logística. La economía depende en parte de subsidios franceses y la oferta local a veces no satisface la demanda. Resultado: todo es caro.
Terminamos comprando jamón y queso e hicimos sándwiches. También compramos cigarrillos, carísimos. El jamón era europeo y estaba buenísimo, quizás el mejor que comí en toda mi vida, o quizás fue por el hambre. Los paquetes de cigarrillos venían sin logos ni descripciones, solo el nombre de la marca escrito con letras negras sobre un fondo blanco.

Vaya, ese no era un lugar para quedarse mucho tiempo.
Hablando con la gente del lugar, conocimos a unos peruanos que trabajaban allí. Estaban desmotivados. Coincidieron en que todo era caro. «Se gana unos 400 euros al mes y los alquileres están por las nubes», aseguraron. «Váyanse a Surinam, que es más barato», sugirió uno. No sé si nos lo dijeron para que nos fuéramos o porque era verdad, pero no teníamos ganas de quedarnos más tiempo.
Uno de los peruanos accedió a acompañarnos hasta un lugar desde donde partían autos hacia la frontera oeste; si salíamos en ese momento, llegaríamos poco después del anochecer.
Sin discusión, acordamos irnos del territorio. No conocimos mucho, es cierto, pero el lugar no invitaba a quedarse. Intentamos conversar con la gente; algunos se acercaron, pero solo hablaban francés. Entonces, considerando todo, nos preguntamos: ¿qué vamos a hacer en un país donde no hablamos el idioma, donde todo es caro y donde no se aguanta el calor? Vámonos a Surinam; allí tampoco hablamos el idioma, pero al menos debe ser un poco más barato.
Salimos de Cayena en auto. Ya no teníamos batería en el celular. Tras algunas horas, por la noche llegamos hasta Saint-Laurent-du-Maroni, la localidad fronteriza.
Para llegar a Surinam hay que cruzar el río Maroni. El problema era que la oficina de Migraciones estaba cerrada, por lo que teníamos dos alternativas: la primera, quedarnos en Guayana Francesa por esa noche y esperar a la mañana siguiente para sellar el pasaporte. La segunda, cruzar la frontera de manera irregular y dormir en Surinam, para volver a realizar los trámites al día siguiente. Con Alejandro acordamos tomar la segunda opción, porque los hoteles en la Guayana Francesa eran carísimos.
Ya la noche era cerrada cuando cruzamos el río fronterizo de forma clandestina y pusimos los pies en Surinam, el siguiente país de esta aventura.
