El río Maroni mide cerca de un kilómetro de ancho. Hay barcos que te cruzan por algunas monedas, y vas acompañado de todo tipo de gente: comerciantes, familias, trabajadores.
Llegamos a Surinam de noche y el cansancio no evitó que nos sorprendiéramos por el lugar. Las calles eran de tierra, pero los autos se veían modernos. Se manejaba por la izquierda, al estilo inglés. Un surinamés que deambulaba por el muelle —como en Guayana Francesa, casi todos de piel negra— se ofreció a llevarnos hasta un hotel barato. Como no conocíamos nada, no teníamos batería y era de noche, aceptamos.

El taxista era joven y, según él, era dueño del Toyota Corolla en el que nos desplazábamos. El coche contrastaba con lo polvoriento del entorno. El volante —para nosotros— se ubicaba del lado equivocado. Verlo manejar así resultaba curioso.
El dueño del hotel aceptó nuestros dólares norteamericanos, que cada vez eran menos. La habitación tenía una sola cama doble, pero eso ya era un lujo comparado con la carpa que nos cobijó hasta entonces. Me lavé un poco, cargué el celular y me tiré en la cama. Merecía un descanso.
—¿Qué hacemos en Surinam, loco? —me preguntó Alejandro, con una mezcla de cansancio e incredulidad.
—Ni idea, pero acá estamos —le respondí.

No había mucho más para decir. No tenía idea de qué hacíamos en Surinam, pero estábamos ahí. Yo quería conocer esos tres países, y acá estoy. Punto.
Aquella noche pasó algo que todavía me hace reír. Tal vez soñando con otros tiempos, mientras dormía y sin querer, abracé a Alejandro de frente. Me despertó de un empujón.
—¿Qué hacés? —preguntó.
Le pedí disculpas y me di vuelta. Y esa fue la única vez que estuvimos cerca de la homosexualidad. Dormimos en carpa decenas de veces y, gracias a Dios, ningún culo sangró. Ni de un lado ni del otro. Y menos mal, porque habría llevado las de perder.
Al día siguiente tuvimos que volver a Guayana Francesa en barco, sellar el pasaporte y cruzar otra vez. Luego registramos la entrada a Surinam y seguimos rumbo a Paramaribo, la capital. Un chino de supermercado nos cambió nuestros dólares por la moneda local.
A diferencia de Guayana Francesa, en Surinam hay colectivos interurbanos. La garita tenía el piso de tierra y el precio del boleto figuraba en un tosco afiche pegado en la pared, escrito a mano con letra temblorosa. No recuerdo cuánto pagamos, pero no era caro.

Paramaribo está a 150 kilómetros de la frontera, lo que sumaba unas tres horas de viaje en total. Respecto a Guayana Francesa, el paisaje era similar. La selva rodea todo el camino y el calor es infernal. La tierra es colorada y por todas partes se ven sapos e insectos.
Llegamos a Paramaribo, y la ciudad nos sorprendió por varios motivos. Por un lado, su cosmopolitismo: en pocos días vimos chinos, indios, haitianos, tailandeses, indonesios, dominicanos y personas de otras nacionalidades. El centro de la ciudad está salpicado de casas y edificios coloniales neerlandeses que reflejan el pasado, y esa arquitectura se mezcla con negocios, casas y templos de las más diversas religiones.

Un poco de historia: los Países Bajos colonizaron la zona en el siglo XVII. Cultivaban azúcar, café y cacao con mano de obra esclava. La abolición llegó en 1863, pero los antiguos esclavos siguieron trabajando por contrato. Más tarde trajeron obreros de la India, y recién en 1975 el país se independizó.
La influencia neerlandesa es evidente tanto en la arquitectura (el centro histórico de Paramaribo fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2002) como en el idioma. En Surinam se habla «Taki Taki», también conocido como «Sranan Tongo» o «Tongo». Es una lengua criolla basada en el neerlandés, el inglés, el portugués y lenguas africanas. También tiene expresiones de pueblos indígenas y asiáticos. El Taki Taki es la lengua franca, hablada por la mayoría de la población, que se utiliza en la vida cotidiana.

Vale decir que estuvimos una semana en Surinam y no aprendimos ni una palabra de Taki Taki. Aquello era una empresa perdida de antemano.
Apenas llegamos a la ciudad caímos en la cuenta de que teníamos hambre. Tras recorrer el centro, encontramos un pequeño local donde vendían comida, pero no conseguíamos hacernos entender con la mujer que atendía. Por suerte había unos haitianos que sabían inglés y nos dieron una mano. Rápido nos hicimos amigos y les preguntamos dónde podíamos conseguir un hostal barato para pasar la noche.

Nuestros nuevos simpáticos amigos nos llevaron a un hotel que estaba cerca, pero nos pareció demasiado caro. Tomamos un taxi y fuimos a otro hotel, más alejado del centro, pero limpio y barato. Decidimos quedarnos una semana para conocer mejor el lugar y descansar de tanta mochila: prácticamente no habíamos parado desde nuestra salida de Ubatuba, que ya quedaba miles de kilómetros atrás.
Surinam constituyó una experiencia de lo más curiosa. En el hotel vivían personas de otros lugares, en particular, de República Dominicana. No faltaron las cariñosas que nos pidieron que les compráramos tragos a cambio de favores sexuales. No señor, no estamos en esa. Gracias pero no.

Todos los supermercados que vimos eran chinos. «Los chinos están dominando el mundo», me dijo Alejandro al pasar por otro local asiático, y no pude darle argumentos en contra. En uno de esos supermercados, por no entender el idioma, compré un shampoo que resultó ser para perros —y por eso era el más barato—.
Quienes viajan con poco dinero tienen que acostumbrarse a que la vida también está llena de días donde estar tirados en una cama de hotel es el mejor plan posible. Alejandro seguía sin entender qué hacíamos en Surinam, y yo la verdad es que tampoco tenía muchas respuestas para darle. Pensé en todo esto mientras miraba a los rastafaris locales pasar fumando frente al hotel: en este país, el reggae es religión. Y todo está bien.
«Estoy acá solo para decir que estuve acá», pensé. Y nada más.

