La comida de Surinam era más picante que calzoncillo de lana. Me resultaba difícil elegir la comida, porque en cualquier local encontraba carteles así:

Más tarde aprendí que vis es pescado y kip es pollo, pero eso sucedió años después, durante mi estancia en Países Bajos. Por ahora, seguimos en Surinam. Durante una de las noches que pasamos allí, un tipo nos quiso estafar. Intentó vendernos un collar de “oro”, pero no era de oro. Yo no soy un experto, pero si quisiera comprar un collar de oro no lo haría a través de un tipo que caminaba por las calles con actitud sospechosa a las dos de la mañana, que todo el tiempo miró alrededor, nervioso, y que estuvo dispuesto a reducir hasta un 90% del precio inicial.

De cualquier modo, mi amigo decidió comprar el collar, solo para decepcionarse el día después al cotizarlo en una joyería autorizada.
Lo bueno es que en Surinam comimos mamón chino, aquella maravillosa fruta que conocí en Costa Rica, aunque éstos no estaban tan buenos.

Surinam me pareció un lugar curioso. Lo disfruté. ¡Fue tan diferente a todo lo que había conocido hasta el momento! Me pareció bastante seguro, nadie nos gritó nada inapropiado (aunque lo más probable es que no le hubiéramos entendido), nadie nos molestó (más allá del estafador) y la verdad es que pudimos descansar y nos sentimos tranquilos.
En realidad el país no es muy impresionante, porque —para ser sincero— tampoco hicimos mucho, pero eso no le quita que haya sido una buena experiencia.
Otra de las cosas que me sorprendió de Surinam es la diversidad religiosa. En pleno centro nos topamos con un monasterio budista, y a pocas cuadras divisamos una mezquita emplazada junto a una sinagoga, por lo que estimo que en Surinam se manejan altos niveles de tolerancia religiosa.

Y si de religión hablamos, es preciso mencionar a los rastafari. En Surinam está lleno: el estilo jamaiquino se ve, se escucha y se huele por las calles. Pareciera que al menos una de cada dos personas tiene rastas y es normal escuchar reggae todo el día en las radios locales. La onda del lugar es así: tranquila, buena onda, sin estrés. Como si nadie laburara. Como si el secreto de la vida fuera fumar porro, no bañarse y estar todo el día al pedo. ¿Quién soy yo para juzgarlos? ¿Cuál es la manera correcta de vivir? Yo no tengo esas respuestas. Viví y dejá vivir.
Paramaribo también está cerca del mar, pero no es un lugar que invite a entrar en sus aguas. Como en Guayana Francesa. Las playas no son paradisíacas. El mar parecía barro; el aire, pesado. Estuve siete meses viviendo en las playas de Ubatuba y aquello no movía la aguja. Por mi estilo de vida me hice insorprendible.

Después de estar unos días en Surinam, decidimos seguir el viaje hacia el país que nos quedaba, Guyana. El conductor que nos llevó hasta la frontera era un rastafari, que también manejaba desde el lado derecho. Yo pensé que nos quiso estafar. Porque primero nos dijo un precio; antes de llegar, otro. Pero ahora que lo pienso, no estoy tan seguro, porque en realidad el puesto fronterizo South Drain queda a 36 kilómetros del último pueblo surinamés, Nieuw Nickerie. Creo que esa fue la diferencia. No lo sé. Es complicado manejarse en un país donde el idioma parece sacado de un cuento de ciencia ficción.

Tuve una breve discusión con el taxista, decidimos bajarnos en Nieuw Nickerie. Eran las tres de la tarde. Preguntamos precio en un hotel del lugar, porque ya era tarde, pero nos pareció caro. Pensé que lo mejor sería ver qué pasaba del otro lado de la frontera.
Conseguimos llegar hasta South Drain con otro automovilista, pero el paso estaba cerrado hasta el día siguiente. Había que pasar la noche allí, a la intemperie, sin negocios ni comodidades que hicieran más fácil la espera. Eran las cinco de la tarde: nos quedaban al menos 14 horas de espera.

Pero ya estábamos acostumbrados.
El problema fue que no teníamos cigarrillos. Ya bien entrada la noche, con muchas ganas de fumar, decidí golpear las puertas de algunas de las casas desparramadas por la zona, pero nadie quiso darme tabaco.

Poco después entendí que, más grave que la falta de cigarrillos, era olvidar que estaba en la selva. Y en la selva mandan los mosquitos.
Hice el truco que aprendí en Belice: enrosqué papel y lo coloqué en el pico de una botella de vidrio. El humo ahuyenta a los insectos, pero no a los sapos. Alejandro le teme a los sapos, por lo que para él fue una noche tensa.

Nos pasamos la noche con ganas de fumar, solo interrumpidas por ocasionales batallas contra sapos y mosquitos, estos últimos, mis enemigos declarados.
Me senté a tomar mates contra una pared y miré a mi alrededor. Aquella noche quedó para siempre guardada en mi memoria.
—Mirá dónde estamos, amigo —le dije a Alejandro. Creo que él nunca entendió el lugar ni lo que hacíamos allí. Y yo tampoco.
Tuve la certeza de que jamás volvería a estar en ese lugar y que, por eso mismo, debía recordar todo. Cada detalle, cada sonido, cada cartel escrito en neerlandés. No había nadie alrededor. Solo Alejandro, yo, los sapos y los mosquitos. Las estrellas y la noche. Nada más. Había un baño, es cierto, pero tampoco invitaba mucho a usarlo.

Agradecí la posibilidad, por lo menos, de tener yerba mate. Tomé decenas de mates esa noche. Poco antes del amanecer, pude conciliar el sueño durante un par de horas. Al otro día debía cruzar la frontera entre Surinam y Guyana, el último de los tres países de esta pequeña aventura.
