En la frontera esperamos varias horas hasta que nos sellaron el pasaporte. Tomamos el ferry, cruzamos el río Courantyne y pusimos los pies en Guyana. Estábamos cansados de nuestra lucha con los mosquitos de la noche anterior. Casi no habíamos dormido, y la burocracia no colaboró. Una vez en tierra firme, tomamos un transporte que nos llevó hasta Georgetown, la capital.

A simple vista, Guyana nos pareció el país menos avanzado de los tres. Los buses eran viejos, a la ruta le faltaba mantenimiento, algunas casas se caían a pedazos. Sentí un retroceso viniendo de Surinam.
La historia de Guyana se parece a la de sus vecinos: el país era una excolonia azucarera mantenida por trabajo esclavo africano e indio.
Algunos dicen que los ingleses —y no los españoles— deberían haber colonizado Sudamérica y entonces Argentina sería como Australia. Pienso que en este continente hay un ejemplo de lo contrario. Guyana fue parte del Reino Unido hasta 1966 y se convirtió en república en 1970. Ese día vi pobreza y sentí la inseguridad que provoca visitar un país subdesarrollado. En algunos lugares pude ver que ni siquiera hay inodoros. Y es anécdota: en Guyana hice mis necesidades en una letrina, que no es sino un agujero en el piso dentro de una destartalada y pequeña habitación de madera.

Para evacuar hay que bajarse los pantalones, poner un pie de cada lado del hoyo, agacharse y hacer fuerza. Las heces caen en el pozo. En medio del trámite, miré hacia abajo y pude ver desechos de otras personas rodeados por una parva de moscas. Es bastante asqueroso, y no pude quitarme de la cabeza la posibilidad de que alguna de esas moscas, que antes se posó en la mierda de otra persona, decidiera apoyarse en mí. Ni hablar del hedor que uno debe aguantar mientras acude al llamado de la naturaleza.
Experiencia desagradable, 0 de 5 estrellas, no recomiendo.

Georgetown tiene un tamaño similar al de Paramaribo, pero el ambiente se nos hizo menos amigable. Nos bajamos en el centro. Teníamos que cambiar dinero, y por las miradas que recibimos, dedujimos que allí no había mucho por hacer. Lo bueno: se hablaba inglés. Costaba entender el acento, pero viniendo de Guayana Francesa y Surinam, aquello era un avance en la comunicación.
La costanera de Georgetown parecía un descampado. La calle que pasa frente al mar suele ser la más cotizada en el mercado inmobiliario, pero acá abundaban los sitios baldíos, las carpas y construcciones de chapa.

Nada ni nadie nos inspiraba confianza. ¿Cansancio del viajero? ¿Paranoia acumulada? Lo más probable es que haya sido un poco de todo. Tras una breve charla, con Alejandro acordamos lo siguiente: vinimos porque teníamos que venir y conocimos estos tres países. Y todo bien, ya está. Las playas no están buenas. ¡Mirá la cara que tenemos! Lo más seguro es que acá nos choreen. Y además, estamos gastando plata que no tenemos.
—Ah, esto es Georgetown, bueno. Vámonos a la mierda, no tenemos nada que hacer acá.
Entonces, sin pensarlo demasiado, nos fuimos. Así fue.
En el fondo creo que estábamos cansados de andar así, tirados. De dormir en cualquier lado. De no tener una cama cómoda. De comer cualquier cosa, siempre lo más barato. Compramos un pasaje en una empresa de transporte. Una pequeña trafic sería la encargada de llevarnos hasta Boa Vista, en la frontera con Brasil.

Tras caminar por las calles de Georgetown, regresamos a la improvisada terminal y nos subimos a la trafic, abarrotada de personas. El vehículo tenía 12 asientos, y en total subieron 19 personas.
El viaje duró 18 horas en las que atravesamos la selva por caminos de tierra. Con nosotros viajaban guyaneses y tres cubanos: un hombre y dos mujeres. Charlamos durante todo el camino y me contaron una historia similar a la de los cubanos de Puerto Obaldía: escapaban del régimen de los Castro. En ese momento había un acuerdo entre Georgetown y La Habana, y algunos aviones cubrían esa ruta. Muchos aprovechaban los vuelos para escapar de la isla. Estos cubanos en particular viajaban a Chile, donde vivían familiares que los ayudaron con los pasajes. «En cualquier lugar vamos a estar mejor que en Cuba», aseguró mi compañero de trafic, esperanzado.
Esa noche, mientras el vehículo sorteaba los sinuosos caminos de la selva, miré hacia atrás y vi al cubano besándose con una de sus compatriotas. Más tarde, me dijo que la mujer tenía un esposo que la estaba esperando en Chile. —Esta es la fidelidad de la mujer cubana, chico —dijo. Y rió.

Yo no dije nada. Porque mujeres infieles hay en todos lados. Tal vez él lo dijo porque no conocía otra cosa.
Después del amanecer, pude ver a mi amigo besándose con otra pasajera. Creo que era guyanesa, pero no sé. Tampoco sé cómo la conquistó, porque Alejandro no hablaba el idioma local, pero ahí estaban, entregados a la pasión.
Curioso ejemplar, el ser humano, que no necesita traducción para comunicarse en el lenguaje del amor.
Otro de los pasajeros era rastafari. En una de las paradas, fumando, le ofrecí un pedazo de sándwich, pero lo negó: era vegano. En cambio, me convidó una seca de su porro, lo que cambió mi experiencia sensorial durante el resto de aquella travesía.

Cruzar la selva fue una experiencia extraordinaria tanto en lo visual como lo auditivo. La mañana siguiente, cuando la trafic se detuvo y bajamos a estirar las piernas, pude escuchar el canto de los pájaros, el chirriar de los insectos y el silbido del viento entre las hojas de la verde y tupida floresta. A pesar de viajar en aquel abarrotado e incómodo vehículo, miré al cielo y agradecí por estar ahí. Por estar.
Estos son los tiempos de mi vida.

Hay países que uno visita para conocer y otros donde uno existe. En Guayana Francesa, en Surinam y en Guyana no hice nada en particular. Y, sin embargo, me acuerdo de todo. Viví. Existí. Luché contra sapos y mosquitos. Hablé con haitianos. Caminé por la selva. Comí comida picante. En este tramo del viaje no pasó “nada”, porque el sentido no estuvo afuera, sino adentro. De a poco, me estaba encontrando. Entendí que lo importante ahora, tras conocer casi toda América, era centrarme en mi carrera profesional. Tenía 26 años. El reloj nunca se para. Cada nuevo amanecer es una nueva oportunidad para vivir, y también un día menos de existencia.
Pensé en mi hermana. Llevaba más de tres años sin ella. Y yo llevaba más de tres años roto, tres años que pasaron en un abrir y cerrar de ojos. Jamás imaginé todo lo que iba a vivir después de su muerte.
Tomé aire en medio de la selva y volví a subirme a la trafic. No quiero pensar, solo seguir adelante.